Después de olvidarte 6 · Ivy
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6 · Ivy

E l instituto huele a rutina, pero yo no. Yo huelo a desastre emocional con café y corrector de ojeras. Y ya ningún día es normal desde que me llamaron del Hospital de Eureka y Noah reapareció como un fantasma amnésico para desestabilizar mi tan cuidada —y frágil— estabilidad mental.

Camino con decisión hacia la sala de profesores para preparar mi próxima clase.

Los jueves no tengo clase a primera hora y normalmente aprovecho para adelantar trabajo en casa o hacer gestiones que no puedo hacer por las tardes.

Pero desde hace exactamente ocho días, nueve horas y veintitrés minutos no soporto quedarme sola en casa con mis pensamientos ni que nadie en el pueblo me pille por banda y me pregunte por Noah.

Por eso intento pasar en el instituto el máximo tiempo posible.

A este paso, lo mismo Eli me da el premio a la mejor profesora del año.

En la sala de profesores solo está Turner, el profesor de gimnasia y de economía doméstica —extraña combinación—, y me saluda con su energía de siempre.

Yo lo saludo con un gruñido y recargo mi taza térmica de «Shakespeare te odia», que me regaló mi prima Amy en mi último cumpleaños.

Turner, que tiene instinto de supervivencia, capta el ambiente y huye como alma que lleva el diablo.

Estoy a punto de seguir fingiendo que soy una profesora ejemplar cuando el móvil vibra sobre la mesa.

Es un mensaje de Eli: «Ya he preparado tu rincón de negación emocional.

Hay dónuts. Ven a mi despacho. Y sí, es una orden».

No sé si es su tono de dictadora o la promesa de dónuts, pero desisto de mantener la fachada de profesora ejemplar y voy a su despacho.

Cuando entro, lo primero que veo es que Eli lleva un vestido color verde menta, lo que hace que el tono de su pelo resulte aún más llamativo.

Me espera apoyada en su escritorio con los brazos cruzados y yo ignoro su mirada.

Paso por delante de ella y voy directa a por el dónut relleno de mermelada de arándanos.

—¿Qué? —digo con la boca llena y los labios manchados de azúcar glas.

—No, nada… Solo que te veo muy bien, ¿no? Nada histérica ni ansiosa, qué va…

Le saco el «dedo de la palabrota», como dice Maisie, su hija, y me dejo caer en uno de los sillones frente al escritorio.

—¿No lo tenías superadísimo? —pregunta, con una media sonrisa.

—Lo tengo. Súper. Superadísimo. Mega-ultra-superado. Es solo que… es raro, ¿vale? Pero no es nada relevante. No me ha afectado en nada.

—Claro. Porque no es rarísimo que tu ex reaparezca con amnesia y que te llamen a ti para que vayas al hospital, y que, además, él no sepa ni tu nombre y que piense que eres su hermana. Totalmente poco relevante.

Resoplo y me hundo un poco más en la silla. A lo lejos se oye el timbre de la primera hora y una ristra de adolescentes medio dormidos pasa como zombis por el pasillo.

—¿Y qué se supone que tenía que hacer? ¿No ir? ¿Ignorar la llamada de un hospital? ¿Poner excusas y desaparecer?

—No, claro que no. Lo que se supone que debías hacer era esto exactamente. Y luego volver al instituto, fingir que no estás en espiral y mencionarlo cada cinco frases con cara de persona equilibrada.

Le lanzo una servilleta y la muy asquerosa la coge sin despeinarse. Maldito equipo de softball.

—Bueno, ¿y qué vas a hacer? ¿Vas a dejar de ignorar los mensajes de Wes y vas a ir a la casa? Llevan ya tres días aquí y no has pasado, y si Wes te insiste es por algo, y lo sabes.

Me quedo pensando en los mensajes de Wes: «Enana, ya estamos en casa. Noah ha preguntado por su amiga Ivy. Si te apetece, puedes venir» / «Ivy, si quieres pásate esta tarde; Dar va a traer rollos de canela. Dice que va a traer para ti también» / «Necesito hablar contigo. Es importante».

—En el último mensaje ya me dijo que necesitaba hablar conmigo… Y bueno, si Wes me necesita… pues tendré que ir. Iré esta tarde al salir. ¡Pero pienso pasarle la factura de la psicóloga para superar todo esto!

Eli estalla en carcajadas.

—Estás fatal. Pero estás guapa. ¿Te has puesto rímel?

—¡No! Bueno… sí. Pero no por él. Es jueves. Me respeto.

—Ajá. Claro, querida, claro. Llámame cuando salgas y dile a Wes que, como siga dando rodeos para contestarme, lo convoco a un juicio de guerra.

—Señor, sí señor —digo, cuadrándome delante de ella.

✽✽✽

Paso el día como buenamente puedo. No tengo muy claro si he corregido bien los exámenes o si Mary Ann Johnson ha conseguido convencerme para que «porfi, porfi, porfi» sea una de las profesoras supervisoras de la excursión a Lake Willow.

Llega el temido timbre que anuncia el final del día y me armo de valor para cumplir lo que le he dicho a Eli que haría.

Total, es solo ir a casa de los Carter y hablar con Wes.

Y bueno, ver a Noah, claro. Porque ahora no hace más que estar pegado a Wes.

Pero es normal, ¿no? No tiene ni idea de quién es y Wes es su único referente.

Bueno, y yo. Porque claro, soy su «amiga Ivy».

Se me revuelve el estómago. Pero puedo hacerlo.

Sí. Puedo. No soy una cobarde. Soy una adulta responsable.

Una tía hecha a sí misma y que superó hace muchos, muchísimos años —bueno, quizá no tantos— su ruptura con Noah Carter.

Aparco a una distancia prudencial. Ni muy cerca como para que vean cómo aparco ni tan lejos como para llegar chorreando y que se me marque el sudor en la chaqueta.

La casa está como siempre. O al menos como creo que siempre ha estado.

El árbol del jardín sigue teniendo esa rama torcida que Noah decía que parecía un brazo marcando bíceps.

Me río yo sola. Genial, ahora vuelvo a tener presentes recuerdos suyos que me hacen gracia.

¿Eso se considera karma? ¿Qué te he hecho yo, universo?

Atravieso la acera con el corazón en la garganta y una bolsa con las magdalenas preferidas de Noah, que no son nada importante; es solo que está pasando una época mala, conozco sus gustos y listo. Como haría cualquier persona madura y completamente desenamorada.

Llamo al timbre. Unos segundos después, abre la puerta un cansado y ojeroso Wes que me mira como si fuese una aparición mariana.

—Pero bueeeenooooooo, si es mi querida «amiga Ivy»… Qué gusto me da verte. Pensaba que te habías mudado, o peor, que ya no te acordabas de dónde estaba la casa. Pero no, eso no puede ser, porque en esta casa perd…

—¡Calla! Te odio, Wes Carter. Ahora mismo estás en mi lista negra.

Wes se echa a reír y me abraza.

—Gracias, Ivy. De verdad.

—Así soy yo, tú me llamas y yo respondo. Tres días después, claro.

Entramos y noto una sensación extraña. Me siento muy rara en esta casa ahora mismo, y es raro porque hubo épocas de mi vida en las que estaba más tiempo aquí que en la mía.

Voy hacia el salón y veo a Noah leyendo en el sofá, con varias tazas encima de la mesa.

—¿Habéis organizado una cata y nadie me ha invitado? —digo, señalando las tazas.

Noah da un respingo tan brusco que casi lanza el libro como si fuera una trucha resbaladiza.

—Vaya susto me has dado… Pues en realidad es que aún no sé cómo me gusta el café. Así que estoy probando, pero no ha sido ninguno de estos.

—Con leche, sin azúcar y canela espolvoreada.

Él me mira con una mezcla entre admiración y desconcierto que me parte un poco. Lo he dicho sin pensar. Me ha salido solo. Mierda, tengo el tacto de una lija. Nos dijeron que fuéramos cuidadosos. Estoy a punto de pedirle perdón cuando Noah grita:

—¡WEEEEEEEEESSSSSS! ¿Tenemos canela?

—Sí, creo que sí —dice la cabeza flotante de mi amigo asomando por la puerta del salón—. ¿Por qué?

Noah se levanta de un salto y va directo a la cocina. Enciende la cafetera. Prepara el filtro y el café. Busca la canela como un loco en el armario y yo estoy sufriendo porque estoy segura de que puede darle un infarto ahora mismo.

La cocina empieza a oler a café recién hecho y él se pone a espumar la leche con el mini batidor que le regalé a Abigail cuando estaba en el tercer ciclo de quimio.

Sigue con su propósito: vierte la leche en la taza donde está el café, añade la espuma con una cuchara y coge la canela.

Da unos toquecitos hasta que decide que le ha quedado bien y me mira para que le dé mi visto bueno.

Coge la taza con las dos manos, da un sorbo y… joder, es que todo pasa tan rápido que no sé cómo ha podido dejar la taza en la barra y, al medio microsegundo, estar abrazándome. ¡Abrazándome! ¡A mí! ¡Noah Carter abrazándome a mí! Y yo sin haberme puesto el desodorante antitrauma.

—¡ES ESTE! ¡Es este! ¡Este es el café! —grita, levantando la taza de nuevo como si fuera el Santo Grial.

Wes aparece por la puerta de la cocina con cara de susto.

—¿Qué ha pasado? ¿Se ha incendiado la cafetera?

—¡No! —dice Noah, al borde de la epifanía—. Ivy ha acertado. Con leche, sin azúcar y canela espolvoreada. ¡Lo sabía! ¡Éste es! ¡Éste es el mío!

Me llevo una mano a la nuca, sin saber muy bien qué hacer con la otra. Wes me lanza una mirada fugaz que no sé si significa «gracias» o «te has metido en un jardín precioso».

Y entonces Noah se gira hacia mí, desbordado de ilusión.

—Tenemos que ser súper buenos amigos para que sepas exactamente cómo me gusta el café.

Y se ríe. De verdad. Con el cuerpo, con los hombros, con los ojos.

Y yo sonrío también. Porque no hay otra cosa que pueda hacer. Porque no le puedo decir que no, que no solo fuimos buenos amigos. Fuimos mucho más que eso. Porque no puedo decirle que me aprendí su café, su risa y sus silencios. Y que he intentado olvidarlos todos.

Wes se aclara la garganta.

—Ivy, ¿puedes venir un momento? Al porche. Tengo que hablar contigo.

Noah sigue hablando solo con su taza, tan contento como un niño que ha encontrado el regalo que pidió la mañana de Navidad. No se entera. No tiene ni idea de que me ha desmontado en dos frases.

Y ahora tengo que salir y escuchar a su hermano, que probablemente vaya a rematarme.

El porche está bañado por la luz suave del atardecer. La madera cruje bajo mis pies cuando salgo y cierro la puerta detrás de mí. Wes está apoyado en la barandilla, con los brazos cruzados y cara de quien lleva ensayando lo que va a decir desde hace horas.

—Vale, suéltalo —digo, apoyándome en el poste más cercano—. ¿Es una intervención? ¿Me vas a decir que deje el rímel para los días no catastróficos?

Wes suelta una risa floja, sin girarse del todo.

—No, pero gracias por venir. En serio.

—Me has dicho que era importante. Así que dime qué pasa.

Wes se pasa una mano por la nuca, ese gesto que hace cuando está nervioso pero no quiere parecerlo.

—Tengo que volver a la base. Ya me han dado fecha.

Lo esperaba. No se puede tener a un instructor del ejército colgado indefinidamente en un sofá con mantita y atiborrándose de chili con carne de Dar.

—¿Cuándo?

—El domingo por la noche. Pero he conseguido un acuerdo con mi superior: solo me pone un fin de semana de guardia al mes. El resto podré venir. Así que los fines de semana estaré aquí. Pero entre semana... Noah va a estar solo.

—Bueno, solo no. Está a Dar.

Wes se ríe, una risa suave y sin muchas ganas.

—Dar tiene una prótesis de cadera y dos rodillas que suenan como una bolsa de patatas cada vez que se levanta. Además, entre tú y yo, ya le cuesta subir las escaleras sin lanzarse un sermón motivacional a sí misma.

—Pero es capaz de encestar una piedra en un jarrón a tres metros.

—Sin duda. Pero no para controlar a un exjugador de fútbol americano de casi uno noventa y cien kilos de músculo que tiene la manía de levantarse a las seis de la mañana a «entrenar su memoria muscular», como él dice.

Me río, pero me cruzo de brazos. Porque sé lo que viene. Y quiero resistirme. Pero también sé que no voy a poder.

—Wes…

—Escúchame. No te estoy pidiendo que te conviertas en su enfermera. Ni en su sombra. Ni en nada que no quieras ser. Solo… que le eches un ojo. Que le ayudes con lo básico: hacer la compra, recordarle que lave la ropa, ir al banco a abrir una cuenta. Cosas así.

—¿Y si recuerda algo?

—Entonces me llamas. O te vas. Lo que necesites. Pero mientras tanto… eres la única persona de menos de setenta años en este pueblo que Noah reconoce, aunque no sepa por qué.

Guardo silencio. Porque lo sé. Porque me mira como si no supiera quién soy, pero aun así quiere quedarse. Como si mi voz hiciera eco en algún rincón al que él aún no ha llegado.

Wes se gira por fin hacia mí y me mira con esa cara suya, mezcla de soldado y hermano mayor, que no deja espacio para tonterías.

—No confío esto a cualquiera, Ivy. Confío en ti porque... porque tú siempre has estado. Incluso cuando él no lo merecía.

Y eso duele más de lo que quiero admitir.

—Está bien —digo por fin, bajando la mirada—. Le echaré un ojo. Pero si me hace limpiar los cristales de la camioneta o salir a entrenar con él, lo dejo tirado en medio del bosque.

—Es un trato justo —responde él con una sonrisa cansada.

Nos quedamos ahí un momento más, mirando cómo el sol empieza a esconderse entre los árboles. Sé que esta conversación acaba de cambiar algo. Y que, aunque finja lo contrario, me va a costar. Mucho. Pero ya lo volveré a pensar mañana.

Hoy solo soy Ivy. La amiga. La que sabe cómo le gusta el café. La que no sabe cómo protegerse de lo que viene.