5 · Noah
L o primero que siento es el aire. Limpio, real. Y con olor a algo que no viene en botes de hospital.
Después de tantos días respirando desinfectante, mascarillas y sopa insípida, este aire —mezcla de campo, gasolina y algo que huele vagamente a pino artificial— me parece gloria bendita.
La puerta de la camioneta se cierra con un golpe metálico y me dejo caer en el asiento del copiloto con una lentitud que no es por estilo, sino por dolor.
—¿Todo bien? —pregunta Wes, abrochándose el cinturón.
—Si ignoras que mi cuerpo cruje como una puerta oxidada, sí. Fantástico.
Wes suelta una risa corta y arranca el motor.
La Ford F-150 negra —que por cierto, parece tener más años que mis muelas de juicio— ruge como si acabara de salir de una persecución por el desierto.
Miro alrededor: hay una gorra del ejército en el salpicadero, un llavero con forma de lobo con un fondo azul que ha visto mejores tiempos y una taza metálica que pone «Propiedad de Nadie ».
—¿Esta era mía? —pregunto, señalando la taza.
—No. Esa es mía. La tuya dice «Mejor jugador del mundo » , pero está en casa.
Jugador. Eso me llama la atención. Pero antes de poder preguntar, ya estoy soltando otra duda:
—Entonces… ¿Dónde vamos?
Wes ajusta los retrovisores como si fuera una forma de evitar mirarme.
—A Crescent Hollow. Es un pueblo pequeño. Al norte. Entre bosques, montañas y mucho cotilleo. Nacimos y nos criamos allí. Aunque tú te mudaste hace unos años a Seattle y no ibas mucho últimamente.
No iba mucho por allí… ¿Qué significa eso?
—¿Y yo? ¿Qué hacía antes de… esto?
Silencio. No incómodo, pero sí cuidado.
—Jugabas al fútbol americano. Quarterback. A nivel profesional, hasta hace unos años. Luego te lesionaste. Y… todo cambió.
—No me jodas. ¿Profesional? ¿Y soy bueno?
—No tanto como tú te crees. —Se ríe y, por algún motivo que desconozco, yo sonrío con él—. Pero sí, siempre has sido muy bueno.
—¿Y qué he estado haciendo desde que me retiré?
—Asistir a actos benéficos y publicitar marcas de calzoncillos caros —añade, guiñándome un ojo—. También fundaste y eres el benefactor principal de una fundación de apoyo a veteranos y a sus familias.
Me apoyo en la ventanilla. No por dramatismo, sino porque la cabeza me pesa.
—¿Y tú?
—Ejército. Fuerzas aéreas. Soy instructor en la base Beale Air Force, en Marysville. Ahora estoy de permiso. —Pausa—. Hasta que te estabilices un poco.
—Guay. ¿Tenemos una lista de normas en la nevera?
—No, pero si dejas los platos sin fregar, te hago hacer cincuenta flexiones.
Vuelvo a reírme. No sé si por la broma o porque, por primera vez, todo esto no me parece un mal chiste.
El paisaje se ha ido transformando: menos autopista, más árboles. Campos que parecen sacados de una postal americana. Una estación de servicio con un cartel que pone: «Bienvenidos a Crescent Hollow. Desde 1896» y un dibujo de un lobo con pinta de hambriento.
Las ruedas de la camioneta crujen contra el asfalto mientras dejamos atrás la gasolinera y nos adentramos en lo que Wes llama «el centro del pueblo», aunque más bien parece un decorado: las casas tienen porches amplios, con banderas ondeando en las barandillas.
Sigo mirando por la ventanilla. Hay una barbería con cortinas rojas y blancas, una floristería con un cartel que pone Ivy & Bloom — ¿será casualidad ese nombre? — y una cafetería con terraza donde un grupo de señoras mayores juega al bingo con vasos de batido a medio terminar.
—¿Y esa?
—The Hollow Bean, es de la señora Morrison. Fue muy amiga de mamá. Sigue tratándome como si tuviera diez años. Y a ti te adora. O te adoraba. No sé cómo va eso ahora.
A un lado, una panadería con toldo blanco y flores secas en la entrada: Foxglove.
Una señora sale con una bolsa de papel repleta y cara de felicidad.
El olor a mantequilla se cuela por la rendija de la ventanilla y me golpea en el estómago.
Por un momento, tengo la sensación de haber estado allí. Pero se va. Como todo lo demás.
Me apoyo en la ventanilla, dejando que el aire me revuelva el pelo.
Hay una librería con un cartel artesanal que pone Chapter & Hollow.
La «o» final es una luna creciente. Apunto mentalmente volver, aunque no sé si soy de leer novelas o manuales de instrucciones.
Luego cruzamos junto a un edificio más grande, de ladrillo rojo: el instituto.
La banderola de «¡Vamos, Lobos !» ondea al viento con el lobo gris con el que ya me estoy familiarizando.
—¿Jugaba ahí?
—Sí. Ahí empezó todo.
En la esquina siguiente, justo frente al semáforo, hay una tienda general con una fachada antigua, de esas que parece que se sostienen más por historia que por ladrillos.
El letrero dice Dawson’s General Store. Por la puerta entra una mujer con un carrito lleno de bolsas y una niña de trenzas que se le escapa corriendo.
—Esa es la tienda de la familia de Ivy —dice Wes, sin que yo pregunte esta vez—. Su madre es la gerente.
Todo el pueblo parece moverse despacio, con ese tipo de calma que solo existe cuando todo el mundo se conoce por el nombre, por el coche y por las desgracias familiares.
Y entonces, mientras cruzamos la calle principal, un hombre mayor con un perro salchicha y una camiseta con el mismo lobo de la entrada, levanta la mano y nos saluda sonriente desde la acera.
Instintivamente, yo también levanto la mano y sonrío. Como si supiera quién es.
Pero no lo sé.
Ni idea.
—¿Quién era ese?
—El Dr. Jenkins. Será quien supervise tu rehabilitación aquí.
« Genial ». Me saluda un tipo que me va a mandar hacer estiramientos de rana y yo le he sonreído como si fuéramos colegas del alma.
La camioneta gira a la derecha y salimos del centro. Las casas ahora están más separadas, más grandes, rodeadas de árboles altos. Jardines cuidados. Porches con mecedoras. Faroles que cuelgan de ramas.
Todo es precioso.
Y completamente ajeno.
—Estamos llegando —dice Wes, como si eso significara algo para mí.
Pero para mí, todo sigue oliendo a nuevo.
La camioneta se detiene frente a una casa de dos plantas con porche, contraventanas blancas y un árbol enorme que extiende su sombra sobre parte del jardín. No reconozco nada. No me dice nada. Pero tampoco me incomoda. Tiene algo… tranquilo. Como si supiera que puede esperar a que yo lo recuerde.
Wes apaga el motor, pero no se baja enseguida. Yo tampoco.
—¿Esta es nuestra casa?
—Sí, aquí nos criamos. Yo vivo aquí cuando tengo permiso o vacaciones.
Me bajo despacio, sintiendo el tirón en la cadera y el vendaje apretándome la frente. El porche cruje bajo mis pies. Wes abre la puerta sin pensárselo. Yo me quedo un segundo en el umbral. Porque sé que voy a entrar en mi vida. O al menos en una que supuestamente lo fue.
El interior huele a madera y lavanda. Una combinación curiosamente acogedora.
Hay una alfombra con dibujos geométricos, una chimenea con leña sin usar y un sofá enorme lleno de cojines que no pegan entre sí.
La cocina está al fondo, con imanes de nevera de todos los estados del país, y una pizarra que dice: “Comprar más cereales. Y cerveza”.
El salón tiene fotos por todas partes. Me acerco.
Una pareja joven, sonriente. Él con uniforme de policía.
Ella con un vestido de flores y el pelo recogido.
Papá y mamá, supongo. Ella es preciosa. Tiene una sonrisa que me da paz y, supongo, que me la daba también antes.
Él es una versión de Wes, o Wes es una versión de él, no lo sé.
Al lado, en otro marco, dos niños en un lago.
Uno más mayor, con cara de travieso. Otro más pequeño con una sonrisa desdentada y un flotador de tiburón.
Algo en la postura de los dos me hace sonreír sin entender por qué.
—¿Ese soy yo? —pregunto.
—Sí. Tendrías seis o siete años. Te pasaste todo ese verano gritando que ibas a domar al monstruo del lago.
—¿Y lo logré?
—No. Pero casi ahogas a un pato.
Sonrío. Otra vez. Empiezo a pensar que mi cuerpo recuerda cómo se hace, incluso si mi cerebro aún no ha vuelto del todo.
—¿Puedo dormir aquí abajo? —pregunto, señalando el sofá.
—Sí, claro. Aunque tu cuarto sigue arriba. Pero haz lo que necesites.
Entonces suena un portazo.
—¡¿Dónde está mi niño sin memoria?!
Una voz femenina irrumpe en el pasillo con la energía de un tornado y olor a perfume floral.
Aparece una mujer bajita, de piel oscura y con el pelo blanco corto recogido en una coleta, con zapatillas de deporte y una camiseta de los Lobos de Crescent Hollow remangada por los codos.
En la espalda lleva el número 12 y mi apellido.
Supongo que ese era mi número. Ella entra en la cocina como si fuera la dueña de la casa y lleva las dos bolsas térmicas que sostiene bajo el brazo a la cocina.
—¡Mira qué cara de guapo tiene! ¡Si no te acuerdas de mí, no pasa nada, cariño!
—Eh… ¿hola? —digo, mientras doy un paso atrás por pura supervivencia instintiva.
—Soy Dar. Darlene, pero tú me llamas tía Dar. Siempre. Aunque un día me llamaste “Capitana Túper” y me pareció ofensivamente adecuado.
Wes ni se inmuta. Está ya rebuscando entre las bolsas.
—Ha traído chili, pollo con mostaza dulce, y esas galletas raras de avena y jengibre que te gustan.
—Porque sois unos hombres desamparados —dice Dar, con las manos en la cintura—. Y porque si dejo que cocinéis, acabáis envenenando hasta al gato de la señora Anderson. ¿Qué tal, Noah? ¿Te acuerdas al menos de lo que es un tenedor?
—Pues creo que sí. Estoy redescubriendo todo de nuevo —respondo.
—Pues redescubre esto —dice, lanzándome una galleta con puntería militar—. Mañana vendré a ver cómo estáis. Y si os apetece, pasaros por la pastelería. Mañana voy a hacer rollos de canela con glaseado de pistacho.
Me río. Ella me guiña un ojo. Se acerca a mí y me abraza.
Su metro cincuenta de estatura me queda a la altura del pecho y no sé qué hacer.
Respiro profundo y su olor me resulta extrañamente familiar: una mezcla de azúcar, harina y complicidad.
Mi cuerpo reacciona antes de que mi mente pueda hacerlo e instintivamente la abrazo y aprieto un poco.
Y, por primera vez desde que desperté, me permito imaginar que esto —esta casa, esta gente, esta galleta rara— podría ser un comienzo.
Wes y yo cenamos en la isla de la cocina lo que nos ha traído Dar. Me duele mucho la cabeza y los últimos días han sido demasiado intensos, así que le pido a mi hermano que me cuente anécdotas divertidas de la familia.
Cuando terminamos, mientras recogemos los platos:
— ¿Estás seguro de que quieres dormir en el sofá?
Le digo que sí, que lo prefiero. Me cuesta decirle que por hoy he tenido suficiente.
No creo que pueda gestionar lo que supondría entrar de lleno en un cuarto lleno de cosas que se supone que son mías pero que no recuerdo.
Wes asiente y me da las buenas noches mientras sube las escaleras sin hacer ruido. Yo me quedo abajo.
En la estantería veo la foto. Me acerco y la cojo con cuidado. La de ellos. Mamá y papá.
Papá con su sonrisa torcida y un gesto protector que reconozco en los de Wes. Mamá con ojos que parecen saberlo todo. Que, aunque no la recuerde, me dan ganas de portarme bien.
Me la llevo al sofá y la coloco frente a mí, en la mesa de centro. Dejo que me miren mientras me tumbo. Como si, de algún modo, ellos también estuvieran cuidándome en este proceso.
Me pregunto cuál sería mi relación con ellos. ¿Me querrían? ¿Sería un buen hijo? ¿Quién de los dos me enseñó a montar en bici?
Cierro los ojos. No sé quién soy. Pero no me siento solo.