4 · Noah
S igo mirando el techo en la misma posición en la que me ha dejado la enfermera tras ayudarme a tumbarme de nuevo. Hay una mancha de humedad en la esquina. Parece un dinosaurio aplastado.
Oigo pasos. Dos pares. Uno más firme que el otro. Luego, una voz. La de la doctora. Después, otra.
Más baja. Más cálida. Más… ¿familiar? El vello se me eriza un poco.
Me incorporo, o lo intento. El gotero protesta, la cabeza también.
La puerta se abre y entonces entra una chica.
Pelo castaño claro, liso, con la ropa arrugada por el viaje o por el caos. Lleva unas Converse desgastadas y unas gafas negras de pasta y se abraza los codos mientras camina hacia mí.
Me mira, pero no como lo hace la doctora, ni como la enfermera.
Me mira de una forma extraña, una mezcla entre compasión, familiaridad y algo que no logro descifrar.
Me mira como si ya lo hubiera hecho así muchas veces antes.
Pero yo la estoy viendo por primera vez, y no puedo dejar de fijarme en sus ojos, tan azules que parecen de cristal con el reflejo de los tubos led del techo.
—¿Hola? —digo, con la voz aún más seca que antes.
—Hola, Noah.
Pausa. Suelta el aire por la nariz. No se acerca mucho. Está de pie, como si el suelo entre nosotros pudiera romperse si se moviera demasiado.
—Soy Ivy.
Ese nombre. No lo recuerdo, no sé quién es. Pero mi cuerpo reacciona de una manera que no sé cómo interpretar. Es mi contacto de emergencia. ¿Emergencia de qué? ¿De vida? ¿De muerte? ¿De amor?
No sé por qué pienso eso. Es ridículo. Ni siquiera sé quién soy.
—Me han dicho que iba a venir mi familia —respondo—. ¿Eres mi hermana?
Ella se muerde el labio inferior. Niega suavemente con la cabeza.
—No... No soy tu hermana. Soy… eh… una amiga.
Lo dice como si tuviera que masticarlo antes de tragarlo. Como si le costara reducirlo a eso.
Una amiga.
No sé qué tipo de amiga es esta. Pero sé —o más bien noto— que no es solo eso.
—Hola, amiga Ivy —digo. Me señalo a mí mismo con una ceja levantada—. Yo soy Noah. Aunque tú sí lo sabes. El que no lo sabe soy yo.
Ella sonríe un poco. Es una sonrisa que parece caída por accidente, como si no tuviera fuerzas para mantenerse entera, pero que, aun así, activa algo dentro de mí.
Me mira de esa forma y yo no sé qué he hecho para merecer que me mire así. Como si la rompiera solo por respirar.
Oigo pasos en el pasillo. Luego, una voz grave. Firme. Con autoridad.
—Perdone, ¿la habitación 308?
No la reconozco. Pero algo en mi cuerpo sí. Es una reacción automática: me enderezo un poco, como si alguien me hubiera llamado la atención en clase. O en una conversación importante. O en casa. No lo sé. Pero me enderezo.
La puerta se abre unos segundos después y entra un hombre con ropa de calle, aunque todo en su forma de moverse grita «militar». Tiene el gesto tenso, las ojeras marcadas y un tipo de cansancio que parece más mental que físico.
Me mira. Me analiza. No dice nada en los primeros segundos, pero noto como los hombros se le han relajado un poco.
—Ey… ¿Estás bien?
—¿Quién es? —pregunto mirando a Ivy.
El tipo me clava los ojos, como si le costara procesar que yo no sepa la respuesta.
—Soy Wes. Tu hermano.
—¿Mi hermano? Joder.
Me empieza a doler la cabeza de nuevo. Solo escucho el pitido de la máquina. Y esa palabra rebotando en mi cabeza.
Hermano.
Hermano.
Hermano.
No sé qué estoy sintiendo. Si alegría porque tengo un hermano o tristeza porque es un desconocido. No puedo hablar. Él nota que soy incapaz de gestionar todo esto.
—No pasa nada, ¿vale? Estate tranquilo. No vas a estar solo en esto.
No sé por qué, pero le creo. No por las palabras, sino por cómo las dice o por cómo mi cuerpo se despereza cuando las oye. Por cómo no necesita tocarme para que se note que está intentando sostenerme.
«No sé quién eres, Wes. Pero, por alguna razón, me hace sentir un poco menos perdido que estés aquí»
Un par de golpes suaves en la puerta me sacan de mis pensamientos. La misma voz amable de antes se asoma:
—Perdonad, vamos a hacerle unas pruebas a Noah y a sacarle sangre. ¿Os importaría salir un momento?
Ivy y Wes se levantan enseguida. Ivy me lanza una última mirada que no sé cómo descifrar. No parece de despedida, pero sí de esas que pesan. Como si quisiera quedarse, pero no pudiera.
—Volvemos enseguida, ¿vale? —dice Wes, tocándome el borde de la mano con los dedos, sin presionar.
Asiento. Solo otra vez. Más solo que antes, incluso.
Después de las pruebas —pinchazos, preguntas, un electro que tiene tantos cables que parece sacado de una peli de ciencia ficción— me tumban de nuevo en la cama. No tengo fuerzas ni para pensar. Pero entonces veo movimiento detrás del cristal.
Ivy, Wes y la doctora Monroe están hablando fuera. No oigo nada, pero puedo leer algunas cosas en sus expresiones. Ivy frunce el ceño. Wes asiente, serio. La doctora señala algo en una carpeta. Hablan de mí, claro. ¿Qué otra cosa iban a hacer?
Minutos después, los tres entran en la habitación.
—Noah —empieza la doctora—, vamos a hacerte algunas pruebas más específicas. Queremos comprobar el alcance real del traumatismo y descartar cualquier tipo de daño estructural, aunque por ahora las resonancias no muestran lesiones evidentes. Aun así, necesitamos tener un control más detallado.
—¿Eso significa…?
—Que vas a tener que quedarte con nosotros unos días. No podemos darte el alta aún. Queremos observar cómo evolucionas.
Miro a Ivy. No sé por qué. Supongo que quiero leer algo en su cara. Algo que me diga si esto es grave. O si me voy a quedar así para siempre. Después miro a Wes. Él asiente, lento. Con esa cara que dice «todo va a ir bien» aunque no se lo cree del todo.
✽✽✽
La comida del hospital sabe a cartón mojado, aunque no sé si he probado el cartón mojado como para poder hacer esa comparación tan rigurosa.
Después de cenar, Ivy se despide y promete llamar para ver cómo estoy. Wes se queda.
El silencio entre nosotros al principio pesa. Pero no es incómodo. Es más bien… raro. Como si estuviéramos reconstruyendo algo que no sé si existía.
Lo observo un rato mientras revisa el historial colgado a los pies de la cama. Mismo color de ojos, aunque los suyos son más verdes. Mismo tono de piel. Mismo gesto de arquear la ceja cuando lee algo que no le gusta demasiado, igual que el que he visto mío cuando me he mirado en el espejo.
—¿De dónde viene tu nombre? —pregunto.
Wes levanta una ceja.
—¿Cómo?
—Wes. ¿Es de Wesley? ¿Weston? ¿Westfalia? ¿Wesperado? ¿Wes… café con leche?
Me mira como si dudara entre reírse o tirarme la almohada. Pero entonces suelta una carcajada real.
—Weston —responde, negando con la cabeza—. Mamá tenía una obsesión con los nombres de novelas del siglo XIX. Gracias a Dios no eligió Heathcliff.
—Heathcliff Carter suena bastante amenazante —respondo, imitando una voz grave—. Podría haber sido líder de una banda de atracadores del Oeste.
Wes sonríe. Una sonrisa cansada, pero real. Y verla me tranquiliza.
—Y… ¿dónde están? —pregunto en voz baja—. Nuestros padres, ¿dónde están?
Su gesto se tensa. Los hombros también.
—Papá y mamá no están, Noah. Papá murió cuando tenías trece años, de un infarto. Y mamá, hace ocho años. Cáncer de mama.
Noto cómo el aire se me escapa de los pulmones. Tenía unos padres, pero no los recuerdo. Y ahora no tengo la oportunidad de verlos. Ni de conocerlos de nuevo, como a Wes. Noto un picor en los ojos y las mejillas se me humedecen al instante.
Wes se acerca y apoya una mano en mi hombro, suave. Como dándome fuerzas.
En realidad no sé quién debería darle ánimos a quién.
Yo no recuerdo nada: ni el dolor, ni la alegría de tenerlos.
Pero Wes sí. Y la expresión de su cara me dice que no fue fácil.
Que no es fácil. Y encima ahora tiene un hermano de treinta y cinco años sin recuerdos al que tiene que contarle todo lo que se ha perdido .
✽✽✽
Llevo aquí… ¿tres días? ¿Cuatro? Puede que cinco.
El primer día conté las comidas. El segundo día conté los pinchazos.
El tercero, las veces que Wes dijo «ya verás como todo mejora».
Ahora marco los días en mi cabeza según el tipo de zumo que traen con el desayuno.
Hoy ha tocado manzana. Ayer fue naranja.
El martes… creo que fue piña, pero no me fío de mis recuerdos. Qué ironía.
Me hacen pruebas todos los días. Algunas muy técnicas, con máquinas que suenan como si estuvieran descifrando secretos del Pentágono.
Otras son cosas absurdas: «Diga tres palabras que empiecen por “M”.
Ahora repítalas dentro de cinco minutos».
Me esfuerzo por recordar y, a veces, las repito bien.
Otras veces me las invento. Una enfermera se rió cuando dije «morsa, malabar y megáfono» y luego le añadí «mermelada», por si acaso.
Hoy me han hecho un test en el que tenía que mirar fotos y decir si reconocía a alguien.
Spoiler: no reconocí a nadie. Pero en una de las imágenes había un perro con cara de tostada aplastada y por un momento creí que me estaba mirando con compasión.
Como si supiera más de mí que yo mismo. No sé si me están evaluando o entreteniendo para que no me desespere mientras estoy aquí, la verdad.
La doctora Monroe viene cada mañana y me pregunta cómo he dormido, si he notado algo diferente, si he soñado algo.
Yo le contesto que he soñado con no estar en el hospital.
Creo que eso cuenta como progreso. Me ha dicho que van a hacerme más pruebas cognitivas y un TAC en unos días.
Según ella, «hay que ver cómo responde el cerebro al shock inicial».
Yo solo quiero saber si volveré a tener recuerdos o si me quedaré así, como un disco duro vacío pero con el sistema operativo intacto.
Wes me ha traído un libro: El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
—Este era uno de tus libros favoritos. No sé si por lo del mar, por lo del orgullo estúpido del viejo o porque tú también eras un cabezón que no sabía cuándo rendirse.
He leído la primera página cinco veces ya.
No me suena nada. No me lleva a ninguna parte de mi pasado.
Como si me hubieran arrancado el enchufe.
Al menos he aprendido una cosa nueva: cuando estás en blanco, cada día está lleno de primeras veces y hasta lo más insignificante parece importante: el sabor del yogur, el tono de voz de la enfermera.
Hasta el crujido del sillón del acompañante cuando Wes se mueve mientras duerme.
Cada día, un pequeño descubrimiento. Cada día, una esperanza diminuta.
✽✽✽
Las horas pasan lento en el hospital. O rápido. No lo sé. El tiempo aquí tiene la textura del arroz hervido: blando, sin forma, y con tendencia a pegarse.
Cada día es parecido. Me hacen pruebas, me sacan sangre, me enseñan dibujos del cerebro para que entienda lo que le pasa al mío. Y luego me dejan solo.
Wes está siempre cerca. No me agobia, pero tampoco desaparece. Habla por teléfono muchas veces. A veces sale al pasillo, otras no.
—No, Dar, no te preocupes. Estamos bien.
—Sí, he dormido algo.
—Noah está bien. Sigue dolorido pero físicamente está bien. Ya camina más rápido y las heridas están cicatrizando bien.
—No, aún no ha preguntado por ti. No sabe... nada.
«¿Dar? ¿Quién es Dar?»
Otro día:
—Ray, en serio, si me mandas una camiseta del equipo, te la devuelvo con el sudor de todos los del hospital.
—No, todavía no. No he querido decirle nada. Bastante tiene.
—Ya, pero no puedo bombardearlo a información. Si lo lanzo de golpe, puede bloquearse.
Esa misma noche:
—Sí, entrenador. Él está bien. Tendrá que hacer rehabilitación y venir periódicamente al hospital cuando le den el alta, pero está bien.
—Sí, yo tengo permiso en la base.
—No, aún no sé nada más, no hemos salido de aquí todavía, cuando llegue el momento lo planificaré todo bien.
Ray. Dar. Entrenador. Incluso lo escuché decir «señor», o algo así. Pero nunca me da contexto. Y yo no pregunto. Tal vez porque no sé si quiero las respuestas.
Lo que sí noto es que hay una llamada que se repite todos los días. Él responde con voz más baja, casi templada:
—Hola.
—Sí, está aquí.
—No, no te recuerda, Ivy. Bueno sí, pero sólo del otro día.
—Te llamo luego.
Ivy.
Ese nombre lo conozco. No por lo que recuerdo, sino por lo que me provoca. Como un eco que vibra donde ya no hay nada.
✽✽✽
Ya llevo siete días en el hospital (finalmente he ido marcando una hoja que pedí a las enfermeras). La verdad que, salvo por el pequeñísimo detalle de que no tengo ni idea de quién era antes de despertarme en esta cama de hospital, estoy bien.
— Noah, la doctora Monroe quiere hablar contigo —me dice Wes una mañana, mientras deja el libro que está leyendo a un lado.
Me incorporo un poco. El dolor ya no es tan fuerte, pero sigue latente. La doctora lleva una tablet en la mano y esa cara de «te voy a decir algo complicado pero no quiero asustarte». Me dan ganas de esconderme debajo de la manta.
— Hemos revisado todas tus pruebas.
Asiento. Me rasco la nuca. No sé si tengo miedo o si estoy esperando que alguien me diga que todo ha sido una broma muy currada.
—Hay una lesión bilateral en el lóbulo temporal medial y el hipocampo. No es grave, no hay edema ni sangrado activo. Tu vida no corre peligro. Pero esa zona es el núcleo de la memoria autobiográfica.
Me quedo callado. Suena importante.
Y jodido.
—La combinación de esa lesión y tu historial médico de contusiones previas puede haber contribuido a lo que estamos viendo ahora.
¿Contusiones previas?
—¿Pero a qué demonios me dedico? —respondo, antes de poder contenerlo—. ¿A derribar paredes con la cabeza?
Wes suelta una risa pequeña, tensa. La doctora sonríe también, sin apartar la vista de los informes.
—Lo que tienes, Noah, es una amnesia retrógrada focal. Sabes hablar, leer, caminar… tus habilidades y capacidad para aprender y razonar están intactas, pero la «biblioteca» de tu vida personal ha sufrido un daño estructural. Por eso tus recuerdos personales, tu historia, están inaccesibles.
—¿Y van a volver?
Ella duda. Lo noto en la forma en que se aprieta los labios antes de hablar.
—Es posible. Algunos casos recuperan fragmentos con el tiempo. Otros no. Es impredecible. Lo importante ahora es construir rutinas y apoyarte en tu entorno. Tu cerebro necesita estímulos familiares.
Estímulos familiares. Como si tuviera alguno. Como si no acabara de enterarme de que mis padres están muertos y que tengo un hermano que se llama como el protagonista de una peli de Clint Eastwood, aunque no tengo claro quién es Clint Eastwood.
—¿Puedo hacer algo? —pregunto.
—Sí. Vivir. Es lo único que ayuda de verdad. Harás rehabilitación, tanto física como neuronal, y yo te veré aquí cada tres semanas para ver tus progresos.
Vivir, dice. Qué fácil. Ahora mismo la única referencia que tengo sobre la vida ha transcurrido entre estas cuatro paredes blancas, enganchado a un gotero y vestido con un camisón azul que me deja el culo al aire.
Pero ahora empieza la vida «de verdad».
Y no sé si estoy realmente preparado.