3 · Ivy
N o sé cómo, pero llego al hospital y aparco como buenamente puedo —entre dos plazas y rezando para que ninguna fuera de minusválidos—.
Ya en la recepción, me identifico y me indican que Noah está en la tercera planta y que pregunte por la Dra.
Monroe. Cuando llego al control de enfermería, parece que la doctora sabe quién soy, ya que me dedica una sonrisa cordial nada más verme, como cuando te cruzas con alguien a quien ya has visto antes.
—¿Ivy Brooks?
—Sí, sí. ¿Noah está bien? ¿Qué ha pasado? Dígame, por favor.
«¿Atrapado?»
—¿Pero está bien? ¿Está bien de verdad? ¿Cómo… cómo ha podido tener un accidente?
—Desconocemos los motivos. No iba bajo los efectos de alcohol o drogas, por lo que no sabemos qué es lo que ha podido pasar, aunque las autoridades nos han dicho que probablemente perdiera el control del coche durante la tormenta de ayer.
Presenta cortes y contusiones múltiples en el cuerpo, pero físicamente está bien.
«Uf, menos mal»
Pero un momento…
—¿Físicamente?
—Ha sufrido un grave traumatismo craneoencefálico. Le hemos hecho una resonancia y no hay daños estructurales cerebrales, pero el señor Carter sufre amnesia.
—Pero… ha dicho que el cerebro no tiene daños. Entonces… ¿por qué…?
—Lo que tiene el señor Carter, a falta de más pruebas, es amnesia global postraumática. Es un tipo de pérdida de memoria que puede ocurrir tras un accidente, incluso sin daños visibles en el cerebro. El traumatismo ha sido muy fuerte. El cerebro es un órgano complicado.
«Me cago en mi puta vida».
—¿No recuerda… nada?
—Ni su nombre. —La doctora Monroe habla con esa calma quirúrgica que solo tienen los que lidian con dramas ajenos cada día—.
El coche quedó destrozado y los bomberos no encontraron nada, salvo la cartera.
Ni siquiera su teléfono móvil. Le enseñamos su documentación cuando estuvo consciente y orientado.
Ahora sabe cómo se llama porque se lo hemos dicho nosotros.
—¿Y...? ¿Y qué más?
—No se reconoce a sí mismo. Me ha dicho que verse en el espejo le ha resultado incómodo. Como si estuviera viendo a otra persona. Ha preguntado si tenía familia. Le hemos dicho que sí, y que estabais de camino.
«Familia». Me quedo un momento con esa palabra dando vueltas como un disco rallado. En algún lugar del multiverso, tal vez todavía lo éramos.
—¿Puedo… verlo?
—Claro. Está algo cansado y desorientado, pero está despierto. Solo una cosa más, señorita Brooks: debe ser muy cuidadosa y comprensiva con él. No hay que presionarlo ni bombardearlo con información. Es preferible que se le vaya dando poco a poco, cuando él pregunte y se sienta preparado.
Asiento. La verdad es que no sé si la que está preparada soy yo.
La sigo por el pasillo mientras las luces fluorescentes parpadean en algún punto a mi derecha. Una enfermera empuja un carrito de medicación. La vida sigue como si no hubiera cambiado nada. Como si todo siguiera igual, salvo que no era así.
Cuando nos detenemos frente a la habitación 308, la doctora me dedica una sonrisa breve y se marcha.
Me quedo sola frente a la puerta, sin saber si entrar o salir corriendo.
Veo a Noah a través del cristal, mirando a la nada.
Respiro hondo, como si eso sirviera de algo, y empujo la puerta con suavidad.
Aquí está. Noah. Un vendaje horrible en la cabeza, una vía en la mano derecha. Unos cuantos cortes en la cara y en los brazos y el pelo revuelto como siempre.
Y esos ojos. Sus ojos. Solo que esta vez, al mirarme, no me devuelven nada. Me mira como se mira a una desconocida que entra por error en tu habitación.
Y duele. Joder, cómo duele.
—¿Hola? —pregunta arrastrando la voz, como si aún le costara manejarla.
—Hola —contesto, intentando que la voz no me tiemble—. Soy Ivy.
Asiente muy despacio, sin dejar de mirarme.
—Me han dicho que iba a venir mi familia… ¿eres mi hermana?
«Madre mía, qué difícil va a ser todo esto».
—No, no soy tu hermana. Soy… eh… una amiga.
Noah me sostiene la mirada un segundo más.
—Hola, amiga Ivy. Yo soy Noah, aunque tú sí lo sabes, claro… El que no lo sabe soy yo.
No sé qué contestar a eso. ¿Qué se le dice a una persona que no recuerda absolutamente nada? «Oye tío, qué putada lo de tu cerebro. Siento que no recuerdes a nadie. Ni a ti mismo».
Madre mía… no recuerda a Abigail. Ni a Thomas...
Cuando llevo alrededor de quince minutos observando a Noah y preguntándole qué le duele y si se nota algo roto, oigo la voz de Wes en el pasillo.
Por un instante pienso que Noah lo ha reconocido porque también levanta la vista hacia la puerta y se endereza en la cama.
Pero no estoy segura, quizá solo ha reaccionado al sonido.
No veo ni un ápice de memoria en su gesto.
Wes entra en la habitación con paso firme y me mira con expresión de «aguanta, Ivy», porque sabe que estoy a punto de echarme a llorar en cualquier momento.
—Ey —dice mirando a Noah, con la voz más suave que le he escuchado jamás—. ¿Cómo estás?
Noah lo mira con curiosidad. Luego con cautela.
—¿Quién es? —me pregunta.
Wes parpadea despacio y veo cómo coge aire.
—Soy Wes. Soy tu hermano.
El silencio es tan denso que se podría cortar con las tijeras de coser de la madre de Eli.
—¿Mi hermano? —repite Noah, como si la palabra fuera nueva—. Joder.
Entonces Wes hace algo muy de Wes: avanza dos pasos y se apoya en el borde de la cama sin tocarlo, sin invadirlo, pero dejándole claro que estaba ahí.
—No pasa nada, ¿vale? Estate tranquilo. No vas a estar solo en esto.
Noah asiente con un gesto pequeño, muy pequeño, pero en su mirada noto algo de tranquilidad en todo este caos al tener a Wes cerca. Y a mí se me rompe un poco algo por dentro.
En ese momento, una enfermera llama con los nudillos y entra en la habitación acompañada de otra más joven.
—Disculpad —dice con una sonrisa suave—. Vamos a hacerle unas pruebas a Noah y a sacarle sangre. ¿Os importaría salir un momento?
Wes se incorpora enseguida.
—Claro. Vente, Ivy. Noah, en cuanto acaben volvemos, ¿vale?
Asentimos los dos sin decir nada. Me levanto sin mirar demasiado a Noah, no quiero que vea nada que no entienda.
Ni él.
Ni yo.
Salimos al pasillo en silencio mientras la puerta se cierra tras nosotros con un «clic» que suena como el final de algo.
Wes se frota la cara con ambas manos. Yo por mi parte me quedo quieta. Muy quieta.
—¿Esto está pasando de verdad? —me pregunta él, sin mirarme.
—Espero que no. —Mi voz suena más rota de lo que pensaba.
Wes suelta un bufido feo, algo entre una risa y un lamento.
—Me dan igual las cicatrices, Ivy. Me da igual el coche hecho mierda. Lo único en lo que no dejaba de pensar en todo el camino era que quería que siguiera vivo. Y lo está. Pero joder… no se acuerda ni de quién es. No sabe nada.
Apoya la espalda en la pared y se deja caer despacio hasta quedar sentado en el suelo. Se frota los ojos con tal fuerza que me preocupo, como si pudiera quitarse con eso los días que se venían encima. Yo me pongo a su lado y lo imito, dejando caer mi cuerpo y mi mente al suelo.
Me giro hacia la ventana del pasillo. Es una tarde cualquiera en Eureka: cielo gris, viento suave. Gente paseando sin saber que en la habitación 308 de este hospital, un chico había vuelto a nacer y su mundo, y el de las dos personas que estaban en ese pasillo, acababa de cambiar para siempre.
Y aún no sabemos cómo empezar a recomponerlo.