Después de olvidarte 2 · Noah
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2 · Noah

E l primer sonido que escucho es un pitido. Constante. Lejano. Molesto. El segundo, una voz de mujer. No entiendo lo que dice. Pero suena cálida. Suena a… alguien que intenta no asustarme.

Intento abrir los ojos, pero la luz me atraviesa como una cuchilla. Siento la garganta seca, la cabeza embotada, el cuerpo me pesa como si lo hubieran rellenado con plomo.

—Tranquilo, tranquilo… estás en el hospital —dice esa misma voz—. Todo va a ir bien.

«Hospital»

La palabra flota un momento en mi cabeza. Dios, cómo me duele la cabeza.

Abro los ojos por fin. Hay una mujer con uniforme azul claro a mi lado. Está de pie junto a una bolsa que cuelga en un soporte metálico. Tiene el gesto sereno, las manos rápidas.

Me mira. Sonríe.

—¿Puedes oírme bien? —pregunta.

Asiento. O creo que asiento. Me duele hasta el pelo.

—Voy a llamar a la doctora, ¿vale? Has estado inconsciente unas horas, pero estás estable. Respira tranquilo.

Inconsciente. Horas. Respirar tranquilo. ¿Qué me ha pasado?

Intento hablar, pero solo me sale un gruñido rasposo. Ella se inclina, me ofrece un sorbo de agua con una pajita. Le doy las gracias, aunque no sé si lo he dicho en voz alta o solo lo he pensado.

Poco después entra otra mujer. Va vestida con bata blanca y una placa que no alcanzo a leer bien.

—Hola, Noah —dice ella.

Ese nombre me golpea. Como si alguien hubiera dejado caer un libro pesado en mitad de una biblioteca vacía.

—¿Noah? —repito.

—Sí. ¿Sabes tu apellido?

La miro como si me hubiera preguntado la raíz cuadrada de la densidad de Marte. Aprieto los ojos, intento encontrar algo. Un nombre, una calle, un número. Un recuerdo. Cualquier cosa.

Nada.

Vacío.

Solo blanco.

—No —susurro.

Ella asiente con delicadeza.

—Está bien. Te has dado un golpe muy fuerte en la cabeza. Has tenido un accidente de tráfico. No encontramos tu móvil, pero llevabas la cartera en el bolsillo del pantalón. Tu  carné de conducir nos ayudó a identificarte.

Mete la mano en el bolsillo de su bata y saca una bolsa transparente con una cartera de cuero dentro. Me la da y dudo; no sé si quiero abrirla. La saco de la bolsa y, con los dedos temblando, veo una foto, un número de licencia, un nombre completo… No reconozco nada.

NOAH JAMES CARTER

Miro la foto de ese carné. ¿Soy yo? Supongo que sí. Según la doctora sí.

—Este soy yo... —digo, más como una pregunta que como una afirmación.

«¿Cómo es posible que no consiga recordar ni qué cara tengo?»

—¿Puedes decirme algo sobre ti, Noah? Aunque sea lo más simple. De dónde eres, tu color favorito…

Intento escarbar en mi cabeza. Lo intento con todas mis fuerzas, pero lo único que consigo es ponerme más nervioso y un dolor de cabeza aún peor que el que ya tengo.

—Vale. No pasa nada, no te preocupes. Vamos a hacerte más pruebas. Es posible que sea una amnesia temporal por el traumatismo.

Temporal. Es posible. ¿Y si no llego a recordar nunca nada?

—Doctora, ¿Tengo… familia?

—Sí. Hemos llamado a la persona que figuraba como tu contacto de emergencia. Está de camino.

Apoyo la cabeza contra la almohada. Cierro los ojos. Y por un segundo, deseo no haber despertado todavía.

La doctora sale de la habitación y me quedo solo. Miro los edificios a través de la ventana: ¿Conozco esos edificios? ¿Vivo en alguno de ellos?

Comienzo a notar un leve dolor en el pecho y me cuesta respirar. Respiro hondo, intentando calmarme. «Vamos, Noah. O quien quiera que seas. Relájate, respira». Bueno, al menos sé respirar. Y sé lo que es respirar. Madre mía... ¿se puede desaprender a respirar? ¿Eso también se me puede olvidar?

✽✽✽

El baño es pequeño, blanco, aséptico. Huele a desinfectante y a esas pastillas que se pegan en la pared del váter y que nadie recuerda nunca reponer.

La enfermera me acompaña hasta la puerta y se queda fuera, por si necesito ayuda. Camino despacio. Todavía me tiemblan un poco las piernas y me duele la cadera. El gotero rueda a mi lado como si fuera mi sombra. O mi toma de tierra.

Me acerco al lavabo. Me enjuago la cara con agua fría y cuando levanto la vista, lo veo.

Ese.

Ese soy yo.

Un tipo alto. Piel ligeramente tostada. Mandíbula cuadrada, labios definidos, pómulos altos.

Ojos marrones con algo de amarillo y verde que encuentro cuando me acerco más al espejo.

Cejas marcadas. Pelo oscuro, corto, despeinado.

Y un vendaje blanco en la frente que le corta la cara por la mitad.

Parezco un actor de película de superhéroes en su fase de rehabilitación.

O el recuerdo borroso de alguien que se gustaba demasiado en las fotos.

No me reconozco. Pero tampoco me desagrado.

Estoy bien, aunque supongo que he tenido mejores pintas que esta.

Esta sensación de mirar a un extraño que se supone que soy yo me asusta mucho.

Es como una película de terror, aunque no recuerdo ahora mismo haber visto ninguna.

Y eso es lo que más me preocupa, no la película de terror, sino el no volver a recordar nada de quién soy.

Pero este cuerpo sí sabe cosas.

Sabe cómo moverse, cómo respirar —gracias, universo— y también sé leer. He leído mi carné de conducir cincuenta veces desde que me lo dio la doctora.

Este cuerpo ha sido entrenado. Tiene reflejos. Postura. Precisión. Lo que no tiene es contexto.

Apoyo las dos manos en el lavabo. Me observo un poco más.

¿Quién demonios era yo?

¿Soy simpático? ¿Creído? ¿Idiota? ¿Quiero a alguien? ¿A mucha gente?

¿Y ahora qué hago con esta cara si no me dice nada?

Bajo la mirada.

En el cuello tengo una cicatriz. No sé de qué. En el hombro derecho, una marca leve. Y más abajo, veo un poco de tinta negra. Me bajo un poco la bata y veo que tengo un tatuaje de estilo maorí que va desde el hombro entrando un poco en el pecho, bajando hasta el codo.

¿Cómo sé, o creo que sé, que es maorí y no recuerdo ni cuál es mi comida favorita?

Me descubro estudiándome como si fuera un mapa, buscando desesperadamente la «X» que marca el tesoro.

—Noah, ¿necesitas ayuda?

La voz de la enfermera al otro lado de la puerta me saca de mi bucle existencial. Echo un último vistazo al reflejo que me devuelve el espejo y salgo, dejándome atrás.