Después de olvidarte
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1 · Ivy
L a resaca emocional posnavidades empieza, por fin, a abandonarme. Enero siempre me sienta regular, pero este martes me he despertado extrañamente positiva y con ganas de empezar el día.
Repito mi ritual habitual: levantarme antes de que suene el despertador y tomarme el primer café sentada en la barra de la cocina, aún en pijama, revisando Instagram y el correo esperando que algún pariente lejano perdido me haya dejado toda su fortuna.
Subo persianas, estiro las sábanas —lo justo para sentirme una adulta funcional— y me doy una ducha rápida. Me pongo unos vaqueros sin agujeros, camiseta blanca con el logo de Friends , blazer azul cielo y mis Converse blancas que han visto tiempos mejores.
Mientras me pinto los labios de rosa, el pitido de la plancha del pelo me avisa de que ya puedo dominar las puntas que han decidido rebelarse durante la noche. Me miro al espejo.
«Ivy Brooks, está usted tremenda».
Y oye, hoy me lo creo. El eyeliner me ha salido perfecto en los dos ojos a la primera, la máscara de pestañas que compré el otro día cumple lo que promete: pestañas de infarto. Tengo la sensación de que va a ser un buen día.
¿Qué podría salir mal?
Para ser enero, hoy no hace un frío mortal, así que me pongo mi abrigo nuevo y decido ir caminando al trabajo.
El Hollow Bean ya está abierto, así que paso y le pido un café con leche sin lactosa a la Sra.
Morrison, que me lo hace como sabe que me gusta: con mucha espuma y con un toque (tres) de cacao en polvo por encima.
Me despido de ella lanzándole un beso al aire y saludo al Dr. Jenkins, que viene a por su dosis de cafeína triple antes de abrir la clínica.
Cuando llego a mi clase, contra todo pronóstico, están todos —o casi todos, porque Alan Phelps llega tarde como siempre— y veo que alguien ha dibujado en la pizarra a un Shrek y una Fiona haciendo de Romeo y Julieta. La verdad es que está para enmarcar, así que decido no borrarlo.
—Buenos días a todos. ¿Listos? —digo, con el nivel de entusiasmo máximo que me permite llevar solo dos cafés encima—. Campbell, por favor, disimula un poco y al menos levanta la cabeza.
—Señorita Brooks, es que anoche me puse con la nueva temporada de Stranger Things y, de verdad, le juro que iba a ver solo un capítulo, pero es que me sentí como Will Byers y creo que me perdí en el Mundo del Revés, y cuando quise darme cuenta eran las 4 de la madrugada y había visto toda la temporada…
Adoro a Cam, de verdad que sí, pero o empieza a tomar melatonina o no va a graduarse este año. Creo que nunca lo he visto despierto más de quince minutos seguidos en el aula.
Recojo las redacciones donde les pedí que adaptaran Romeo y Julieta a la actualidad y, menos los dos o tres de siempre, la entregan casi todos. Busco voluntarios para leer la suya cuando, por fin, llega Alan, que se convierte en el voluntario forzado de la mañana.
Tras escuchar atentamente la alocada y extrañamente interesante idea de Alan de cómo Romeo y Julieta serían un astronauta y una extraterrestre en medio de una escena digna de Mars Attacks!
— explosiones incluidas—, Kimberly, la capitana del equipo de animadoras y alumna del cuadro de honor, levanta la mano:
—Señorita Brooks, ¿este año vamos a preparar nosotros también alguna representación como hicieron los del último curso del año pasado?
—Pues vosotros decidís, depende de cómo vayáis de tiempo. La representación del año pasado fue propuesta por los alumnos, yo solo les eché una mano.
—Hemos votado y, por unanimidad… —se oyen toses en la lejanía, lo que demostraba que la «unanimidad» había sido una decisión más bien impulsada por pompones, laca y mucha determinación rubia— …
queremos hacer Romeo y Julieta, pero habíamos pensado, si le parece bien a usted, en hacer un musical con música actual.
—¿Cómo High School Musical ?
—¿Cómo qué? —pregunta Campbell levantando la cabeza del pupitre.
—Como nada, a veces se me olvida lo jóvenes que sois.
—O lo viej…
—¡No termines esa frase, Henry! ¡O te juro que hablo con el entrenador y te pasas el resto del curso recogiendo y lavando los uniformes sudados de todo el equipo!
Suena el timbre y, entre el jaleo de los estudiantes arrastrando las sillas y el murmullo del pasillo, me acerco a Amanda, que está metiendo su libro en la tote bag con el emblema de Los Lobos que siempre lleva.
—Amanda, ¿has enviado ya la solicitud a Princeton?
—Sí, señorita Brooks, lo hice este domingo. Muchísimas gracias de nuevo por enviar su carta de recomendación.
Está feo decirlo, pero Amanda es mi alumna favorita. Sí, ya sé que los profesores no deberíamos tener favoritos entre nuestros acólitos, pero es que Amanda es especial y, sobre todo, brillante. Es una chica que no lo ha tenido fácil y, si puedo ayudarla en lo más mínimo, lo haré.
Cuando voy por el pasillo en dirección a la sala de profesores, veo un tornado con el pelo rojo fuego acercándose peligrosamente a mí.
—Recuérdame que mande, por trigésima novena vez, mi horario de visitas presenciales a los padres —murmura Eli entre dientes.
—¿Otra emboscada antes del descanso?
—Uno ha venido a preguntarme si las togas de la graduación van a ser verde esmeralda o verde hoja, porque necesita comprar tela para hacerle una toga a su perro.
—¿Pero no son azules desde 1947?
—Pues eso le he dicho yo. Y Joe Fuller se ha quejado de la altura del césped de la entrada. Que si mide más de seis centímetros, da mala impresión.
—Claro, no como su hijo, que está suspendiendo hasta la hora libre.
Eli me lanza una mirada de gratitud.
—Si desaparezco antes del mediodía, dile a mi marido que me busque en la máquina de refrescos. Igual me he metido dentro.
Eli, además de ser la directora del instituto, es, ante todo, mi mejor amiga desde que íbamos a quinto grado y se mudó desde Atlanta a Crescent Hollow para vivir con sus abuelos. Es la persona con más confianza y menos filtros que conozco.
Aún recuerdo la pelea que tuvo con Steven Bennet en octavo cuando se estrenó Piratas del Caribe y él se ponía a imitar a Jack Sparrow cada vez que la veía.
—Escúchame, medio metro. Como se te ocurra volver a reírte de mí por algo, te aseguro que haré de tu vida un infierno mayor que si estuvieras condenado por una maldición pirata.
Y es que claro, Eli, en realidad, es Elizabeth Swann, algo que sería una bonita anécdota si no tuvieras trece años y vivieras rodeada de chicos preadolescentes y con ganas de tocar las narices.
Aún hoy, cuando Steven vuelve al pueblo desde Nueva York para visitar a su familia, donde triunfa como abogado corporativo, baja la cabeza cuando se cruza con ella. Yo haría lo mismo, esta mujer a veces da más miedo que los tiburones de Wall Street.
Me despido de Eli con un gesto rápido —ella se va a apagar fuegos al despacho, yo a buscar otro café—, cuando siento la vibración del móvil en el bolsillo trasero.
Número desconocido.
Me detengo en mitad del pasillo, entre un póster sobre la importancia de hidratarse y otro de un águila con cara de «sé la mejor versión de ti mismo».
Miro la pantalla fijamente durante unos segundos, como si pudiera adivinar quién es.
Descuelgo.
—Dígame.
—¿Ivy Brooks?
—Sí, soy yo.
—Buenos días, señorita Brooks. Llamamos del Hospital General de Eureka. Aparece como contacto de emergencia de un paciente ingresado hace unas horas: Noah Carter.
Mi corazón deja de latir. Se me taponan los oídos y únicamente escucho cómo me bombea la sangre en las sienes.
—¿Señorita Brooks? ¿Sigue ahí?
—Sí, sí. Disculpe. ¿Noah está bien?
—Está consciente. Pero necesitamos que venga lo antes posible.
—Voy para allá.
Mando un audio rápido a Eli: «Tengo una emergencia. Tengo que irme. Luego te cuento».
Voy a toda prisa a coger el coche, sin pararme a saludar ni a dar explicaciones a nadie con quien me cruzo.
Cuando por fin llego al coche y consigo que el teléfono se conecte al ordenador de a bordo, pongo la dirección del hospital en el GPS. Doscientos kilómetros. Alrededor de dos horas de trayecto para lamentar haber cogido el teléfono y martirizarme pensando en cómo está Noah.
Con las manos temblorosas pulso el botón del volante y digo «Llama a Wes Carter». «Llamando a Wes Carter móvil» me responde Siri por los altavoces del coche.
Un tono… Dos tonos… Tres to…
—Ey, enana, ¿qué tal? Oye, me pillas bastante mal, comienzo una instrucción en cinco minutos.
—Wes, no me cuelgues. Acaban de llamarme del Hospital de Eureka. Noah ha tenido un accidente.
—¿Qué? ¿Pero está bien? ¿Dónde? ¿Cómo ha sido?
—No tengo ni idea. Sigo siendo su contacto de emergencia y por eso me han llamado. Está ingresado. Me han dicho que está consciente, pero que vayamos. No sé nada más. Yo ya voy de camino.
—Vale. Voy a avisar a mi superior y voy para allá. Nos vemos allí.
Y cuelga, dejándome sola con mis pensamientos.
Noah Carter.
El maldito Noah Carter.
¿Qué has hecho para acabar en el hospital?
¿Y qué haces tú en California?