2019 — 2023 #2
El cielo se abre cuando me acerco al polideportivo.
Al poli. Muchas veces me he imaginado cómo sería venir aquí, entrar por la inmensa doble puerta de metal por donde podría pasar un camión lleno de cerdos, comprobar si realmente las instalaciones siguen siendo tan grandes como las recuerdo.
No sé si quiero —si necesito, si puedo— sentir de nuevo el olor de la piel del potro en el cuartito de los balones; apoyar los pies descalzos sobre el tatami azul eléctrico.
Estoy aquí, he llegado, pero el paso de cebra ha desaparecido.
La tierra del descampado que llevaba a la puerta del poli es ahora una superficie de cemento rodeada de muros.
Quizá esté por detrás, pienso, y los rodeo.
Pero por detrás solo encuentro las vías del tranvía; y detrás del tranvía, una carretera de varios carriles que antes no existía; y detrás de la carretera, otra vez la huerta de siempre, la mancha verde que señala el fin de la ciudad.
Por un momento dudo de si el poli que he descrito existe, pero entonces recuerdo que ahora sí hay pruebas.
En la página oficial de Facebook del colegio hay varias fotografías donde aparecen las instalaciones.
Voy pasando una por una las cientos de imágenes públicas que documentan la historia del centro: sus logros, sus alumnos, su director, sus maestros.
En ninguna se ven los interiores del poli donde el pederasta nos encerró, pero al llegar a una de ellas, las yemas de los dedos, ahora húmedas, se recogen hacia dentro y se acarician entre sí.
Es él. Está sonriendo, mirando a cámara, rodeado de otros profesores, en una excursión.
A su lado, el director del colegio. De fondo, por detrás, niños y niñas en bañador .
Decido volver al corazón del barrio, seguir el rastro de las calles estrechas repletas de coches aparcados.
Es un día como cualquier otro, un día tan extraordinario.
Mis recuerdos del paisaje se infiltran entre los detalles, texturas y colores que mis ojos tratan de absorber.
Por aquí sigue pasando la misma línea de bus.
¿Esa tienda estaba ahí o la han cambiado?
Estoy convencido de que, si me fijo lo suficiente, descubriré el mensaje oculto en los fósiles de esta historia; huellas aferradas como garrapatas a las fachadas de los edificios ahora desiguales y ennegrecidos, a las puertas de aluminio de los portales donde no queda espacio para los ascensores ni para la luz.
Paseo más lento de lo normal, más observador que de costumbre.
Todavía a unos metros de distancia, la silueta de un hombre alto y corpulento vestido con pantalones de chándal y zapatillas de deporte gira la esquina hacia mí.
Distingo unas manos grandes, unos brazos largos, una espalda ancha, un pecho abierto: imagino que tendrá unos sesenta y pocos, que habrá hecho deporte toda su vida.
Mi instinto me dice que cambie de acera, pero yo ya no quiero seguir corriendo.
Camino convencido de que es él, de que tiene que ser él.
Es un pensamiento fugaz que me atraviesa el cuerpo, que lo eleva y que luego lo deja suspendido.
Es, también, una ilusión: en pocos pasos me doy cuenta de que estoy equivocado.
En sus ojos grandes y redondos no reconozco la memoria de mi carne; en el olor que percibo cuando nuestros cuerpos se cruzan no hay rastro alguno del despiece.
El paseo sigue: todavía me queda un lugar al que volver.
El colegio tiene ahora muchas puertas; el colegio son ahora muchos colegios.
Me parece que el aire cada vez pesa más.
«Es aquí», me digo en voz alta. Reconozco los alrededores de la entrada de siempre: la entrada de la vitrina de los trofeos y la del despacho del director.
Es un despacho que imagino cerrado con llave, protegido como una caja fuerte, oscuro como un agujero.
Allí el director citó a mi padre hace treinta años —«su hijo es un alumno excelente.
Haga el favor de no sacarlo del centro. En ningún lugar va a estar mejor que aquí»—.
Tres mujeres y un hombre esperan frente a la puerta cerrada a pie de calle.
Me detengo a unos pasos de ellos evitando mirarlos a los ojos, tratando de pasar desapercibido.
A esta distancia veo un timbre. Primero llamaré y les pediré que me dejen entrar, les diré que soy un antiguo alumno; luego, cuando entre, les preguntaré por el director.
En realidad tendré que preguntar por su hijo: el nuevo director es él.
¿Qué le diré si está ahí? Lo primero es intentar que me invite a su despacho. Luego, no sé muy bien.
Me cruzo de brazos, las dos manos por debajo de las axilas; dentro de la boca retumba un traqueteo. Apoyo la espalda contra el muro hasta sentir el calor de la piedra. Levanto la cabeza con los ojos cerrados. La piel finísima de los párpados se pliega al contacto con la luz.
Los niños salen uno a uno, sin gritar, como si estuvieran domesticados.
La puerta se abre durante unos segundos.
Los adultos les cogen de la mano, se despiden del resto.
La puerta se cierra. Ya no queda nadie. Me acerco: el botón del timbre está a unos centímetros a mi derecha.
Venga, es solo un gesto. Un gesto más. Un paso más. Una puerta más .
Sé que quiero hacerlo, que realmente quiero hacerlo, pero hay una resistencia invisible que me impide mover el brazo. En ese momento lo comprendo: hay puertas que todavía no puedo abrir, palabras que todavía no consigo articular, lugares a los que no me atrevo a volver solo.
El regreso a casa es lento. El día termina conmigo sentado en el sofá frente a mis padres.
Después de cenar les hablo del paseo por las calles de mi infancia, les cuento en detalle las noticias que he leído, las hipótesis que he desarrollado, la inexistencia de pruebas que puedan ayudarme a constatar mis sospechas.
Esta vez no tengo guion ni tengo itinerario.
—No sé por dónde seguir, pero sé que no puedo mirar hacia otro lado. Lo quiera o no, esto forma parte de mi vida.
—Sabes que tienes al papá y a la mamá para lo que necesites, cariño. Y a tu hermana también. Pero tienes que ir con cuidado porque esto es muy gordo. No queremos que esta historia te arrastre para siempre.
La conversación que sigue es una tierna formalidad que dirigimos hacia lugares comunes que nos apaciguan.
Escucho a mi padre hablar, casi en penumbra, por delante de la única lámpara encendida del salón.
Aprovecho su turno de palabra para contemplar el espectáculo de luces y sombras que me regalan sus pómulos, todavía elevados a pesar del tiempo.
En ese momento una revelación con forma de impulso me atrae hacia su cuerpo.
Su voz sigue llenando la habitación mientras me inclino; su timbre solo se extingue cuando por fin le beso.
Apoyo mis labios en su mejilla como un conjuro, como un escudo, como una protección.
Son muchos besos seguidos, besos ruidosos, besos de ardilla, besos a cámara lenta.
Le beso como imagino que me besó cuando era pequeño; como si al besarle también estuviera besando a Vicentín.
Son besos que nos arropan y que apagan —poco a poco, como en un sueño— la luz de la habitación.
Por la noche, ya en mi dormitorio, preparo la maleta y regreso a la playa de mi infancia.
Allí no hay olas ni hay corriente. Me adentro en el mar durante metros y metros, pero el agua tibia sigue sin llegarme al ombligo.
Es una playa de la que apenas he hablado, una playa que casi había olvidado, una playa donde hoy sopla el viento.
En aquel lugar lejos de la carnicería aprendí a jugar a la petanca, a montar en bicicleta; allí probé el primer cigarrillo, allí me dieron mi primer beso.
Mi padre está aquí, a mi lado: me sujeta por la cintura y el pecho, yo muevo los brazos y pataleo —«así, campeón, poco a poco.
Venga, que te suelto un momento, muy bien»—; en la arena, sobre una tumbona, rodeada de sus amigas, mi madre me envuelve en una toalla limpia, me descubre el sabor de los melocotones salados, me embadurna con protector solar la cara y el cuerpo.
Paseo por la orilla protegido por un gran sombrero de fieltro: aquí fui por última vez rubio; aquí me puse por última vez moreno.
A mis pies, la arena cambia de color con el masaje del agua, que ahora deja un rastro de espuma; en el suelo, una piedra de sal multiplica la luz del sol contra mis ojos y me obliga a cerrarlos durante unos instantes.
Cuando los abro, lo primero que veo es una escafandra borrosa clavada en el techo.
Barco 1847. La puerta cerrada no consigue amortiguar del todo el tintineo de los platos que chocan entre sí.
Ahora se abre un cajón y ahora se cierra; ahora un chorro de agua golpea intermitentemente la pila.
Me paso la mano por la cara húmeda y poco a poco me reincorporo.
La ventana abierta lleva horas dejando entrar la luz; el oxígeno recalentado impregna en forma de sudor microscópico las paredes lisas del dormitorio; el mármol del suelo enfría mis pies descalzos mientras me acerco a la puerta.
Al abrirla, siento sobre mí un rastro caliente en el aire que reconocería hasta debajo de la tierra.
—¿Cómo ha dormido mi chico? ¿Te acostaste muy tarde ayer?
Mi madre se me cuelga del cuello con las dos manos y tira hacia abajo para besarme —«ay, mi niño, qué guapo, el tesoro de su madre»—.
Yo la envuelvo sin apretar, mi nariz acariciando su pelo.
Desde hace años no me deja marcas de carmín en la piel, pero su olor sigue ahí: ese aroma a rosas por fin libre de los recuerdos de la carne.
Mi madre un miércoles, sin cofia ni delantal blanco.
—¿A qué hora estará lista la comida?