2019 — 2023
Veinticinco años corriendo sin mirar atrás, escapando del matadero de la memoria, esquivando los recuerdos de aquel colegio. Veinticinco años en silencio. Veinticinco años sin mirar el cielo.
Un día levanto la cabeza. Estoy de visita en un continente lejano, en una ciudad nueva.
Es una capital inmensa, poblada como un país.
Allí vosean millones de personas que desconozco.
El abismo me seduce, la tentación es grande, la fantasía de un cuchillo me acaricia por la noche.
Un día de invierno en agosto llamo a un nuevo número por teléfono.
—Fundació Vicki Bernadet, ¿en qué puedo ayudarle?
De vuelta en Barcelona recuerdo mirar a mi alrededor cuando me aproximé a la entrada por primera vez; quería asegurarme de que nadie me viera presionar el botón del timbre.
Dentro, mi voz como un hilo desgarrado tratando de recomponer los hechos —al principio incapaz de recordar qué había ocurrido; luego escarbando con determinación en los sedimentos de la memoria—.
En el informe que resume mi paso por la fundación una frase fotografía aquel momento :
Inicialmente Vicente presentaba un malestar que tenía que ver con las relaciones de confianza, dificultades en el ámbito de la sexualidad, así como baja autoestima, ligado a un sentimiento de culpa por haber padecido abusos y por la dificultad de no poder compartirlo con su familia.
Tres meses después de conocer a Laura Rodríguez —la cadencia calmada de su voz, la cuidada articulación de cada palabra, su mirada a la vez incisiva y aterciopelada, sus silencios que subrayaban mis soliloquios; sus reformulaciones, sus preguntas, sus consejos—, me reuní, una por una, con las personas más importantes de mi vida; personas que me habían sostenido hasta entonces sin haber sospechado el contenido de esta historia.
En cada encuentro el esfuerzo por explicar, la resistencia a responder, el rechazo a evocar las imágenes cautivas que el instinto reconstruye sin esperar consentimiento.
Cada conversación resquebrajaba la puerta invisible que nos había separado.
Parafraseo a Cristina Rivera Garza en Autobiografía del algodón : «Los que vivimos a una distancia precavida de nuestras propias emociones necesitamos a menudo confirmaciones en los demás».
Fue allí —en el silencio asfixiante después de cada relato, en la compasión que encontré en sus miradas— donde comencé a comprender.
Tras unos meses aprendí a hablar con los ojos secos. Ese día me subí a un tren.
—Tengo algo que contaros.
Estoy con mis padres en el salón de casa.
Ellos, ya jubilados —los pasos lentos, las vértebras inflamadas, el cuerpo dolorido—, están recostados sobre la sábana blanca que protege su nuevo sofá de cuero reclinable; yo observo cómo mis pies descalzos se deslizan sobre el antiguo sofá estilo Luis XVI retapizado ahora en un rojo sanguino, casi goyesco.
Le pido a mi padre que apague la televisión.
Me quito las gafas y solo veo dos manchas; mis brazos, rígidos, me abrazan las piernas; tras cada palabra, una parte de mí se aleja.
Pareciera que la historia me la hubieran contado, que la hubiera leído en algún libro, que quizá yo mismo la hubiera escrito. Es una historia ordenada con un final casi cerrado. Con un final casi feliz. «Ahora estoy bien. No tenéis de qué preocuparos».
Tras el estupor llega la primera pregunta:
—¿Cómo no nos lo dijiste antes?
Luego, atropelladas, las siguientes:
—¿Dónde está ese hijo de puta? ¿Ya no se puede hacer nada?
Hay algunas que hubiera querido escuchar y no escuché —«¿quieres que te acompañemos a denunciar?
, ¿quieres que volvamos al colegio?»—. Hay otras que no se verbalizaron pero que vi en sus ojos; preguntas atrapadas desde aquel día en el estanque de sus miradas: «¿Cómo es posible que no nos diéramos cuenta?
¿Cómo vamos a vivir con esta responsabilidad, con este dolor?
». En un momento de la conversación, una reflexión en voz alta:
—Aquel colegio era uno de los mejores de Valencia. Nos pasábamos el día trabajando. Llevaros era un sacrificio muy grande, pero pensamos que era el mejor lugar para vosotros. ¿Cómo íbamos a saber lo que estaba ocurriendo allí?
Me pregunto si hubo alguien que lo supiera .
La sentencia del caso concluye que la dirección del centro permitió que Eusebio Alonso Sanchís siguiera en contacto con los menores a pesar de conocer previamente sus desviaciones sexuales.
Días después de su publicación, el tribunal emitió un auto aclaratorio.
En él se mantenía la responsabilidad civil subsidiaria del centro, pero desaparecía la parte del texto que aseguraba que el colegio sabía que el profesor era pederasta. El motivo: no había pruebas.
Imagino aquel juicio a puerta cerrada en el que solo declaró el acusado como una puesta en escena dramatizada, como una confesión registrada, como un soliloquio pusilánime y patético: ni el entonces director del colegio ni los profesores convocados tuvieron que declarar; tampoco los niños que denunciaron, mis compañeros, tuvieron que hacerlo.
El contenido de ese único testimonio que confirmaba las acusaciones del fiscal no demostraba que la dirección del centro ni ningún miembro del profesorado supieran ni sospecharan que uno de sus colegas había estado abusando sexualmente de varios niños —en el cuartito de los balones, en el gimnasio, en el vestuario; en el recreo, después de clase— durante años.
Puede que no haya pruebas, pero hay restos de carne que ni siquiera el paso del tiempo ha logrado descomponer.
Regreso a quinto de EGB, tengo diez años.
Hemos venido a pasar una semana al albergue de Los Serranos.
Eusebio es uno de los profesores responsables de cuidarnos.
El tercer o cuarto día, después de una excursión, por la noche, nos obliga a ducharnos.
Es mi primera ducha desde que llegamos. Él, de pie, nos hace pasar uno a uno por el agua, nos sujeta la toalla —«lavaos el pelo también.
Sí, así, con las dos manos»—; nosotros, en fila india, desnudos; animales en cautiverio.
El aroma del jabón perfuma el vaho de este recuerdo.
La última noche entra sin avisar en nuestra habitación —somos seis u ocho; dormimos en literas—.
Estamos hablando —probablemente riendo: somos niños de diez años riendo—, la luz apagada.
El castigo es sentarnos afuera, en el suelo, la espalda contra la pared.
Hay más compañeros. Una noche cerrada nos cubre; algo que parece una fogata nos ilumina.
El último detalle es confuso —ahora sé que después de treinta años la luz de una farola puede parecerse a la de una fogata—, pero hay algo que recuerdo con claridad.
Él, a mi lado. Su mano, una serpiente dura y caliente, entrando en mi pantalón.
¿Había algún otro adulto cerca? Otro recuerdo perdido.
La memoria no es la única que se diluye con el tiempo: la justicia también tiene fecha de caducidad.
Tras cada violación, el agresor voltea el reloj de arena de la prescripción.
El sistema judicial nos dice: denuncia los delitos.
El sistema judicial también nos dice: es demasiado tarde, nada puedes hacer, han pasado treinta años, olvídate.
¿Cómo se sobrevive a una carnicería?
A los veintidós años uní por primera vez en Google tres sintagmas entrecomillados: “eusebio alonso”, “las aguilas”, “abusos sexuales”.
Del primer resultado, una noticia publicada en 1996, alcancé a leer las primeras líneas antes de cerrar la pestaña y borrar el historial de navegación.
Tardé años en llegar hasta el final de aquel texto, pero cuando lo conseguí una certeza germinó en mí: «No te lo has inventado.
Aquello ocurrió. Lo que tu carne recuerda pasó».
Desde entonces he rastreado la web, he consultado en archivos y he visitado hemerotecas en búsqueda de huellas grabadas en contra del tiempo.
El interés mediático en torno al caso termina con la excarcelación de Eusebio Alonso Sanchís en 2012.
De entre todas las noticias publicadas aquel año, las ediciones digitales de dos periódicos de tirada nacional aportan un dato que no puedo corroborar en ningún otro lugar: tanto el pederasta como el centro educativo se declararon insolventes.
Ninguna víctima recibió las indemnizaciones.
No sé qué ocurrió entonces. No sé qué ha ocurrido hasta ahora.
Quizá por eso, después de treinta años, decido volver al colegio.
Estoy en el barrio de Marxalenes en Valencia; camino en dirección a Las Águilas.
No sé si quiero justicia. No sé si busco venganza.
Todavía estoy acostumbrándome de nuevo a este escenario de edificios bajos cuando recibo un mensaje de Silvia: «Soy tu hermana mayor, siempre voy a cuidar de ti, te voy a proteger y te voy a acompañar.
Estoy contigo a muerte. Y a vida. Te adoro, cariño».
Me detengo y lo releo como si quisiera guardarlo por debajo de la piel.
Tras unos segundos aparto los ojos de la pantalla. La mano desciende y la mirada se eleva.
Quiero describir el cielo, intentarlo: son las tres de la tarde, estamos a finales de septiembre, pero en el aire todavía sobrevuelan los vestigios del verano.
Otra vez delante de mí este azul incontestable y sí, mediterráneo.
Es un azul claro, profundo; un azul recargado que parece haber sido pintado capa sobre capa como si alguien hubiera querido subrayar esta sensación de serenidad, de paraíso; un azul sellado en mi memoria como un archivo íntimo que me abraza y me asfixia con calidez .