Despiece 21
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Eusebio me había dicho que el jueves le buscara después de comer.

Que quería enseñarme algo. Mis amigos corren detrás de una pelota; yo miro cómo unos niños de segundo intercambian cromos de fútbol.

Estoy sentado detrás de ellos y asomo la cabeza de vez en cuando, sin intervenir.

Hoy tengo un poco de frío. La zona de las gradas, cerca de la entrada, es la única donde no da el sol a estas horas.

Alguien que no había visto tira de mi jersey. Yo doy un respingo.

—¿Eres Vicente Ferrer?

La miro. Al principio solo veo el parche del ojo izquierdo de la mensajera; luego, detrás de ella, me tranquiliza el cielo azul, incontestable. No la conozco, pero identifico en su voz una cualidad lúdica, casi arenosa. Eusebio quiere hablar conmigo.

Lo veo al fondo, de pie, en el otro extremo de la jaula, sujetando una carpeta como si estuviera en clase.

Incluso desde tan lejos parece un gigante.

Elijo bordear las pistas a paso ligero, dando pequeños saltos (camina como las personas, no como las cabras) .

No creo que el grupito de los cromos se haya enterado de que me he ido; imagino que la niña tuerta se olvidará de mí en cuanto encuentre a sus amigas; espero que Eusebio no se haya enfadado. Todavía queda tiempo .

—¿Te habías olvidado? ¿O es que no querías venir?

Pensé: qué difícil engañarle. Pensé: espero que no me haya pillado. Podría haber pensado: hay cosas que no se pueden olvidar.

No digo nada, pero le miro a los ojos: sonrío, bajo la cabeza, muevo la cola.

Una brisa repentina me acaricia y me anima a respirar profundo.

Cierro los ojos, un parpadeo como una negación —un poco más largo, un poco más intenso—.

El sol me calienta la piel. Cuando vuelvo la sombra está en cuclillas.

La puerta del gimnasio está abierta, me susurra, su mano recorre mi espinazo.

Espérame allí hasta que llegue. Le digo que voy a beber agua primero.

No le digo que prefiero el sabor del hierro mojado. Corro.

Gimnasio: no se permite entrar con zapatos.

Imagino un subtítulo secreto: «abierto solo para Ferrer».

Dentro la peste a lejía y limón me recibe: alguien ha olvidado el mocho.

Los ventanucos horizontales con barrotes carcelarios filtran una luz que parece amarillear las baldosas.

Me siento en uno de los banquitos de aluminio.

Tengo frío de nuevo y me sorprende que mi propio silencio me dé tanto miedo.

Con pasos cortos, sin descalzarme, me acerco a la sala principal con sus dos grandes espejos, con cuidado de no pisar el inmenso tatami, teñido del mismo azul que el pijama de mi padre.

Aquí es donde Roberto también se queda a recoger con Eusebio. Pido por favor que no aparezcan juntos.

La puerta se abre y las voces entran. La puerta se cierra y las voces se alejan.

Solo queda el ruido de la llave girando, el tintineo del metal entrechocando.

Me acuerdo de mi casa. Mi hermana hizo gimnasia rítmica aquí poco después de que yo naciera.

Eusebio aparece en el gimnasio. Trae consigo una riñonera.

Su sonrisa me devuelve a la realidad. Me alegro de que haya venido solo.

—Hoy nadie nos va a molestar —se acuclilla y entiendo que quiere que me acerque. Eso es lo que hago—. No te preocupes —sus manos se aproximan a mi cara y me quitan las gafas. Luego se quita las suyas.

Antes de empezar le pido que paremos. Quiero comprobar que ha cerrado bien la puerta.

Normalmente no había tiempo para quitarme la camiseta ni las zapatillas.

Aquel día me desnuda del todo, como mi madre antes de bañarme (Dios mío, pero qué niño más guapo tengo) : empiezo apoyando las manos sobre sus hombros y termino abrazado a su cuello.

De lejos sigue ininterrumpida la algarabía de los niños, un ruido impreciso por debajo de los acordes de nuestra banda sonora: su respiración arrítmica que simula tranquilidad en mi oído, su boca aguada que recorre mi piel como un caracol infinito.

Las palmas de las manos sudan, se agarran, se escurren.

Escucho cómo abre un botecito de plástico; un líquido frío y untuoso que reconozco al tacto de sus dedos y que me eriza la piel.

Lo había utilizado antes, sobre el potro, el único día que alcancé a decir no.

Solo entonces distinguí en su cara un gesto que no supe comprender.

Cierro los ojos. Se detiene. Su voz, siempre tan tierna cuando estamos solos, apenas disimula el fastidio:

—Hay que aprender a limpiarse bien.

Me pide que me dé la vuelta. Ha traído toallitas de bebé.

Esto es nuevo. Me pone de espaldas sobre sus rodillas como si fuera a darme unos azotes.

Solo mi madre me vio así, cuando tuve lombrices (esto pasa por comer tantas cochinadas) .

Entonces le pregunté si no se moría del asco.

Ella me dijo que haría eso y más por sus hijos; que si no lo hacía ella quién lo iba a hacer.

Luego me puso de pie, me ayudó a vestirme de nuevo y me dio un achuchón (ay, mi chico rico) . Mi madre.

Cuando termina, Eusebio también me vuelve a poner de pie.

Sigo desnudo, sentado sobre sus muslos. Mueve a mi alrededor dos dedos arriba y abajo; con la otra mano, comienza a hurgar.

Mi mano derecha agarra el antebrazo delantero; la izquierda se aferra al muslo que me sostiene.

Poco a poco dejo de apretar tan fuerte. Él se concentra en mí; yo, en sus dedos.

Me besa y cada vez que se acerca siento cómo el olor dulzón de su deseo me inmoviliza, cómo me ciega.

Es un olor que se lo lleva todo por delante.

Sigo atravesado por él, pensando en que quizá la sirena suene pronto, recordando que todavía falta más de una hora para que se reanuden las clases.

Mi pilila está erecta y esa es su victoria.

Lo miro y me parece raro que siga vestido.

—Yo también quiero tocarte.

No es la primera vez que lo hago. Trato de meter la mano, pero el cordón de los pantalones, demasiado tenso, me lo impide.

Deja de acariciarme. Se reincorpora con agilidad de atleta, se desviste con torpeza de miope.

Nunca le había visto completamente desnudo.

Está excitado. Es inmenso. Me siento ridículo.

Desde arriba me pide que me acerque y que lo bese.

Eso es lo que hago. Brilla. Lo agarro con las dos manos y el olor se me mete dentro.

Ahora baja a mi altura y su mano vuelve a encontrarme por detrás.

Su boca me absorbe y su beso me inunda .

Es un viaje interminable a un lugar desconocido.

El tiempo pasa muy lento. Le digo que por qué no me deja a mí también.

Acepta. Creo que hasta entonces nunca le había sorprendido.

Saca el dedo y ahora es él el que me da la espalda.

Hemos perdido el contacto visual. Se arrodilla y coloca las palmas de las manos en el suelo delante de él. Una vaca en postura de yoga. Respiro.

—Vamos, sin miedo.

Me ha leído la mente. Primero, un dedo; muy pronto, dos.

Entiendo que le gusta cuando escucho sus primeros gemidos.

Se toca como si me tocara a mí. Él respira más rápido; yo, más lento.

Parece haber olvidado que estoy ahí. Cuanto más le toco yo, menos me toca él.

Esa es mi victoria. Sigo callado en el tercer dedo: su culo es el doble que mi cabeza; sus entrañas se abren como una flor.

No sé cuánto tiempo nos falta. Pienso en que es raro y en que es asqueroso.

—¿Quieres probar con la pilila? — se gira y vuelvo a verle la cara.

—Bueno —levanto los hombros y sale de mí.

—Ya verás como te gusta. Túmbate.

El suelo está helado. Desde aquí veo la ropa inerte a unos centímetros de mi cara; luego cómo su cuerpo se estira.

Desde arriba se sitúa a la altura de mi cintura, mi tronco recto entre sus piernas abiertas.

Se sienta a horcajadas y me guiña un ojo.

Ya casi no me toca ni me habla. Si ahora se cayera encima de mí, me aplastaría.

¿Qué les dirían a mis padres en el colegio?

Puede que me haya leído de nuevo el pensamiento, porque pronto regresamos a la posición inicial: dos manos y tres dedos.

Llega un momento en el que no puedo más y se lo digo: no puedo más y le aprieto el antebrazo.

Algo que desconozco ocurre, mi cuerpo se reduce.

Todo está ahí. Un dolor agudo me avergüenza, un dolor que me retuerce y que me hace decirle por favor para, no puedo más, pero él continúa y me pregunta si es que no me gusta y le digo que me pica y me dice son cosquillas eso es del gusto aguanta y verás cuando seas mayor.

Mis uñas clavadas en él, mi voz rota. Por fin se detiene pero no termina.

Me dice espera te voy a enseñar algo y se agarra la polla y se la menea con el ímpetu que no he podido darle y sube y baja muy rápido y yo estoy entumecido y mudo y me concentro en él en su rigidez cada vez más rígida le miro a la cara la piel magenta las gotas de sudor cayéndole por la sien el olor no puede ser más insoportable y entonces me dice mira y ahí es cuando veo cómo mi inocencia se estrella contra el suelo.

No sé qué ha pasado. Sospecho que es terrible. Sospecho que está enfermo. La mancha derretida, el pene blanquecino: quizá el sida sea eso. Cuando seas mayor a ti también te saldrá, me dice, te gustará mucho, añade, te dará mucho placer, augura.

Tras sus palabras, el frenesí se disuelve como un maleficio. Todavía desnudo, mientras limpia el suelo de rodillas, me pregunta si me ha gustado y le digo que sí y que si ya hemos acabado y que si podemos salir. Espera un poco, me dice. Termino de limpiar y nos vamos, me dice.

—¿No querrás que nos pillen, verdad?

Me pongo los calzoncillos blancos y los calcetines negros y los pantalones grises y la camisa blanca y el jersey azul marino y los zapatos negros.

Sigue limpiando, muy despacio, comprobando que no queden restos.

Guarda las toallitas en su riñonera y luego coge el mocho y le da un par de pasadas al suelo. Lejía y limón.

Vamos a salir por turnos: yo primero, él después. Me dice que le ha encantado y que si yo quiero podemos repetir pronto. Me besa. Yo le digo que sí, que claro que sí. Me dice eres muy guapo y le digo gracias. No puedo mirarle más. Los gritos de los niños son cada vez más nítidos.

Antes de abrir la puerta rezo para que afuera no haya nadie que me conozca.

No rezo un padrenuestro sino más bien un literal por favor señor que no haya nadie que me conozca fuera que no haya nadie de mi clase que no esté Raquel haré lo que sea lo que me pidas por favor que nadie me vea salir de aquí.

Se abre la puerta y la luz directa del sol me devuelve la certeza de estar vivo.

Salgo corriendo. Corriendo y no sé qué hacer porque el polideportivo sigue igual la pausa sigue igual y no sé dónde meterme porque por dentro soy un animal salvaje que ha sido liberado un animal en carne viva que quiere arrancarse la piel pero por fuera sigo siendo Ferrer el niño de quinto que llega a la pista de fútbol donde juegan sus compañeros de clase y les pregunta si hay sitio para uno más y uno le dice sí si quieres cámbiate por mí y mientras tanto identifica a los otros seis del equipo y localiza dónde está el balón y le dicen quién va ganando y dice no os preocupéis que tenemos media hora para remontar y vamos a conseguirlo porque ahora solo importa este partido porque si nadie ha visto nada es que todo ha pasado y si todo ha pasado es como si no hubiera pasado nada y que no haya pasado nada es al final lo único que importa.