20
Cinco minutos antes de que termine la clase miro mi dibujo: un flamenco rosa y rojo que parece que haya estado bailando sobre mi bata de algodón.
Cuando mi madre me vea me va a matar (madre del amor de Dios, qué desastre.
¿Cómo voy a limpiar eso?). Compruebo que en las batas de mis compañeros todavía se distinguen los cuadros verdes del uniforme y pienso que se parecen a los gatos de Micho .
Cierro los ojos y, con el dedo pulgar, despacio, recorro cada milímetro del bordado dorado que se levanta sobre mi pecho.
Las letras resuenan en mi cabeza, los gatos me recuerdan sus gestos.
Vvvvvviiiiiiiiicccccceeeeennnnttttteeee______FFFFFFeeeeerrrrreeeeeerrrrrr.
Abro los ojos y me extraña que ya no quede ningún papel sobre nuestros pupitres.
Imagino que la señorita Carmen debe haberlos recogido.
«Como sabéis, hoy es el último día de clase», nos dice, y mientras habla camina por el aula, casi diría que se contonea: su forma de moverse me arrulla, sus hombros son pinceles que dibujan el símbolo del infinito.
No había caído en que hoy se acababa el colegio; me pregunto si a los demás también les habrá pillado desprevenidos.
«Os reparto las notas boca abajo», anuncia, «pero por favor no deis la vuelta a la hoja hasta que yo lo diga».
En su voz, siempre esa sensación de que todo es un problema.
La profesora se detiene a mi lado. Hoy la luz es blanca: es una luz de cámara frigorífica.
El final de su trenza roza con mi pupitre y fantaseo con tirar de ella como si fuera el rabo de una vaca lechera.
Ha llegado mi turno. Su mano choca contra mi mesa; el sonido del golpe transforma mi desprecio en expectación.
Bajo la cabeza: ahí las tengo. ¿Cuántos sobresalientes habré sacado?
Hay dos exámenes que no me salieron tan bien, así que veo imposible superar mi récord de quince sobre dieciséis.
¿Quizá doce o trece? Solo espero que nadie en clase saque más que yo, aunque es probable que Diego Segura de tercero B me vaya a ganar de nuevo.
La mirada al frente, la espalda recta, el culo atrás, los pies sobre el suelo, las rodillas en línea con los tobillos: corrijo mi posición tal y como nos dijeron que había que sentarse; tal y como imagino que Diego estará sentado en el aula de al lado.
Es un niño muy raro. Parece un principito, más delicado que guapo: el pelo rubio ceniza con la raya en medio, la sonrisa siempre en la boca, los labios exageradamente hinchados —el Pato—.
En cuanto salgamos de clase lo buscaré para ver qué ha sacado.
Cada vez que comparamos notas, tanto si le gano como si no, me da la enhorabuena, se despide y se va con sus amigas.
Actúa como si no le importara que le elijan el último en los partidos, como si le diera igual no jugar en el equipo de baloncesto.
—Podéis darles la vuelta.
Es imposible. Me digo que no puede ser.
La luz blanca se vuelve más tenue. El graznido de un cuervo me taladra el tímpano; el pestazo a estiércol me eriza la piel.
Esto no puede estar pasando. Naturales: insuficiente.
Cálculo: insuficiente. Valenciano: insuficiente.
He suspendido todas. He suspendido todas menos una.
Educación Física: sobresaliente. Debe haber un malentendido. Un error.
Sin girar la cabeza, miro de reojo a mi alrededor.
¿Qué hago? Ahora soy yo uno de esos niños que rehúyen al resto.
Ahora soy como Roberto. Atrapo con la lengua la primera lágrima, salada y tibia, justo al lado de la boca.
Le sigue la segunda, la tercera, la cuarta.
Que nadie me vea. Cruzo los antebrazos; apoyo la frente en el pupitre.
El papel se moja. Protejo mis notas como una gallina protegería a sus polluelos.
De repente, escucho por detrás a Lucía Carvajal.
—¡Ferrer! ¿Cuántos sobresalientes has sacado?
Tengo que disimular. Levanto la mirada sin levantar la cabeza.
Siento cómo los otros niños se giran hacia mí.
No puedo perder el tiempo. Agarro la hoja con las dos manos y la convierto en una pelota de papel arrugado que no sé dónde esconder.
Estoy en medio del aula y no sé qué hacer.
Hasta la puerta hay dos filas de pupitres.
¿Me la trago? Sigo llorando; tengo que salir de aquí.
Me incorporo de un salto en dirección a la salida.
No sé si son las prisas o es la falta de espacio, pero mis costillas se estrellan contra el pico de un pupitre.
El dolor me derrumba, pero las manos impiden el descalabro.
Desde aquí compruebo la textura irregular del suelo oscuro que parece de mármol y reparo en lo imposible que sería descifrar el entramado.
El estiércol me envuelve. Calculo que me quedan tres metros para alcanzar la salida, que será mejor si gateo .
—¡Que no se vaya! —Lucía rodea mis pantorrillas con sus brazos, pero yo consigo apartarla dándole una coz.
¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? Finalmente logro atrapar la manija de la puerta con mi mano derecha, pero soy incapaz de abrirla.
El motivo me aterra: mi mano tiene ahora forma de pezuña.
Me digo que no puede ser; también me digo que no importa: subo y bajo la manija a golpes, empujo y tiro con el cuerpo, para adelante y para atrás, arriba y abajo.
¿Qué está ocurriendo? No es la puerta de cristal caliente que conozco; es un muro de metal gris que parece atraer el frío.
Sobre mi lomo se abren heridas como puñaladas, como latigazos.
Mi piel es un desierto de sal. Doy cabezazos contra la puerta: uno, dos, tres.
Cada vez más fuerte: cuatro, cinco, seis.
Quiero verme la sangre; necesito saber si estoy vivo.
Cierro los ojos y grito, pero es menos un grito que un alarido.
Padrenuestroquestásenloscielossantificadoseatunombrevengaanosotrostureinohágasetuvoluntadasíenlatierracomoenelcielodanoshoynuestropandecadadíaperdonanuestrasofensascomotambiénnosotrosperdonamosalosquenosofendennonosdejescaerenlatentaciónylíbranosdelmal, amén.
Me giro y veo que todos mis compañeros llevan batas blancas manchadas de rojo y botas de goma hasta las rodillas.
Caminan hacia mí y gritan —ellos sí gritan y sus gritos me golpean—.
Tengo miedo. Dicen: «Ferrer no puede escaparse, tiene que enseñarnos las notas».
La señorita Carmen ruge entonces por encima de ellos y, cuando ella ruge, los demás callan.
Dice que está muy disgustada conmigo y se acerca y todos los niños forman un corro en torno a ella, cantan una canción que no conozco, las manos agarradas, las mandíbulas desencajadas.
Los cuervos vuelven para acompañarles en esa especie de nana.
Sentado en el suelo, en la esquina entre la puerta y la pared, pienso que no puedo más, que me estoy volviendo loco, que quiero rendirme.
Entonces Lucía me quita el papel de la mano, deshace la bola y se pone a leer las notas en voz alta.
—¡Ha suspendido todas menos gimnasia! ¡Ferrer ha suspendido todas menos gimnasia!
—¡Ha hecho trampas!
—¡Es porque es amigo de Eusebio!
—¡Sí, yo los he visto meterse en el cuartito de los balones!
—¡Eso es porque él también ha querido!
Grito con todas mis fuerzas, grito como si quisiera escupir mis pulmones, como si me estuvieran abriendo en canal.
—¡No! ¡Eso es mentira! ¡Dejadme en paz, por favor!
—¡Sabemos que sí, Ferrer! —la saliva de la maestra me golpea la frente—. Te van a expulsar. Olvídate de estudiar: a partir de ahora, a trabajar todos los días en la carnicería. Venga, cuéntale a la clase toda la verdad.
—¡Asqueroso, maricón, sidoso! —los cuervos vuelven a ser niños y se echan sobre mí para hacer un muntunet .
Debajo de todos esos cuerpos alguien me aplasta la cabeza contra el suelo: podría ser una caricia si no me doliera tanto el pómulo derecho.
Unas manos me ahogan; otras me estrujan los cataplines.
¿Es que realmente nadie va a ayudarme? Aplastado, mi propio grito me horroriza. Gritar como un cerdo.
—Dejadle tranquilo. Ferrer no ha hecho nada malo .
Por debajo de la voz me invade un olor que ya conozco. Un olor atrapado en la memoria de mi cuerpo. Un olor que todavía hoy sería capaz de reconocer.
La clase se detiene. La profesora se detiene.
El tiempo se detiene. Todo se detiene menos yo.
Me arrastro hasta llegar a sus tobillos, hasta aferrarme a ellos.
Levanto la mirada. No lleva zapatillas, ni calcetines, ni pantalones, ni siquiera calzoncillos.
Solo lleva la chaqueta fucsia. Se pone en cuclillas, a mi altura.
Sí, es él. Abro los ojos todo lo que puedo antes de cerrarlos durante unos segundos.
Quiero salir de aquí, de este hechizo, de este sueño.
Los abro y los cierro de nuevo: ahora más rápido, ahora sí un parpadeo.
Él sigue ahí. Por favor, ayúdame, le suplico.
Haz algo, le digo, y me agarro a sus brazos, me enrollo en ellos y aprieto.
Él me quita los pantalones muy, muy despacio, cada dedo como un tentáculo entrenado que me levanta la piel.
El vello de sus cuádriceps me cubre como una manta de lana fría; sus dedos me acogen.
Es una situación familiar que ahora parece diferente.
Le miro y no es del todo él. Tiene pelos en toda la cara, los ojos todavía más cerrados, la piel más rosada.
El estiércol ahora me excita. Su cara busca la mía hasta enfrentarnos, nuestros morros chocan. Luego, su voz, nasal como nunca.
—No sufras, mi gorrinito. Yo cuidaré de ti.