Despiece 19
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Estoy tumbado boca arriba en la bañera, los ojos cerrados debajo del agua.

Hay más gente en casa, pero aquí estoy solo.

¿Qué dirían si me vieran? Saco la cabeza y me siento en un ángulo casi recto, casi rígido, casi perfecto.

Primero las piernas están quietas; luego se mueven adelante y atrás: nacen pequeñas olas, me concentro en su melodía.

Mientras, espero paciente a que la piel se arrugue.

Respiro el aroma del gel favorito de mi padre, el de la botella color chocolate con el morro chato, el que solo utiliza él. Lo huelo poco a poco, lo saboreo.

—¡Sal ya, que te vas a encoger! —grita mi madre detrás de la puerta, sin abrirla.

De pie y desnudo, todavía dentro, alargo los brazos y alcanzo una toalla.

Aterrizo sobre las chanclas (no enciendas nada descalzo por el amor de Dios) y me la enrollo por debajo de los sobacos, sobre el pecho, justo por donde se corta mi reflejo.

Agarro otra, la de las manos, y me la enrosco en la cabeza como haría mi hermana, como si tuviera el pelo largo.

Cojo el bote de colonia que le regalamos a mi padre en Navidades y me echo un buen chorro.

«En las distancias cortas es donde una colonia de hombre se la juega».

Reviso el espejo una última vez y voy corriendo a la habitación de Silvia .

—¿Se puede?

—¿Pero qué te has hecho? ¡Qué chica tan guapa!

—¿Te gusta? —con una mano impido que la escultura de la cabeza se caiga; la otra está apoyada en mi cintura como si fuera una Mama Chicho. Sonrío todo lo grande que mi boca me deja. Silvia salta de la cama y asoma la cabeza fuera de la puerta.

—¡Mamá, ven a ver al Vicentín, corre!

—¿Qué pasa?

Mi madre llega desde la cocina con un trapo al hombro y un gesto de preocupación, como esperando que algo se haya roto o manchado. En cuanto me ve, coloca los brazos en jarras simulando un enfado que no nos acabamos de creer.

—¿Por qué te has puesto eso, cariño? — tras escuchar la frase mi sonrisa se hace un poco más pequeña. Y luego—: ¿Por qué hacéis estas cosas, Silvia?

—¿A que está muy guapa, mamá?

—Por favor, no digas tonterías.

—¿Qué está pasando por ahí? —a lo lejos se oye el grito de mi padre.

Mi hermana me acompaña hasta mi dormitorio favorito de la casa.

La escultura de la cabeza ya casi está deshecha, pero esta especie de vestido todavía sigue envolviéndome.

No me atrevo a entrar del todo, mi sonrisa se convierte en una mueca acartonada mientras mi hermana me empuja dentro de la habitación.

—Nada, papá —dice mi hermana—, que a ver si resulta que vais a tener dos hijas en lugar de una .

—Pero me cague en la mare que em va parir , mira que os gusta hacer el bandarra. Anda, Vicentín, quítate eso y vente aquí conmigo si quieres.

Algunos niños esperaban al fin de semana para jugar al fútbol con su padre; yo esperaba al sábado por la noche para ver la televisión con el mío. En las noches de calor, los dos íbamos vestidos igual: con los slips blancos de Abanderado que mi madre nos había comprado.

Aquella noche está tumbado en una esquina de la cama con el mando en la mano. Me tumbo en el medio y estudio su cuerpo, tan largo que se salen los pies del colchón.

—¿Me dejas hacer esto? —con cuidado, encajo el puño en el hueco que tiene en el tórax.

Mi padre fue el único de los seis hermanos que lo heredó del abuelo.

Gracias a eso lo devolvieron de la mili treinta días después de haberse ido a Cartagena.

Algún día también te saldrá a ti, me decía.

Me asustaba pensar cómo sería pasarse la vida con un agujero.

En cuanto dan los anuncios en la tele cerramos los ojos para ver quién los adivina más rápido. Empezamos por uno fácil: se oye una cancioncita y luego el sonido de una cremallera que baja poco a poco; enseguida, una chica susurra: «Busco a Jacq’s».

—¡Jacq’s! —mi padre y yo lo decimos a la vez. Hemos empatado. El anuncio continúa y habla un señor: «La colonia para hombres muy hombres».

El siguiente es distinto al resto, sin música. Primero habla un hombre y luego una mujer, las voces suenan como cuando nos grabamos con el radiocasete .

—¡Es del sida! ¡Vamos a parar el sida! —lo he reconocido cuando el hombre ha repetido «toxicómanos», justo antes de que la mujer dijera «jeringuillas».

—Este no lo había visto yo.

Seguimos jugando hasta que mi madre llega. Cuando entra está sonando el de «es una lata engordar, a mí la grasa no me va…».

—¿Quién va ganando?

Mi padre sigue concentrado en la tele mientras mi madre comienza entonces un ritual que me hipnotiza: de espaldas a nosotros, se quita la ropa despacio —primero la camiseta, luego los pantalones cortos— y se gira para doblarla sobre una silla.

Ya en ropa interior, encorvada y con los brazos por detrás, se desabrocha el sujetador en un solo movimiento.

Ahora se relaja hasta que el pecho se torna convexo: las manos recogen las copas y la espalda se ensancha como un río.

Se pone la camiseta y, cuando se da la vuelta, se la levanta por encima del ombligo para enseñarme la cicatriz que nos une y que parte en dos su abdomen:

—¿Te hizo mucho daño, mamá?

—Eso da igual. Tenían que abrirme sí o sí: te habías dado tres vueltas con el cordón, las aguas estaban podridas. Si no te llegan a sacar a tiempo hoy no estarías aquí.

—Venga, callaos, que empieza esto.

Mis padres ríen casi en cada frase del programa que echan cada semana y que está protagonizado por dos humoristas.

A veces se ríen solo con verlos disfrazados, antes incluso de que se hayan puesto a hablar.

Yo río cuando ellos ríen, aunque no siempre comprenda por qué.

Ahora uno de ellos está cantando y va vestido con una chaqueta de lentejuelas que me recuerda a Joan Monleón.

No acabo de entender lo que dice hasta que no llega al estribillo:

—Soy maricón. ¡Maricón! ¡De España! Siete letras como siete días trae la semana.

Sin dejar de sonreír, sin esperarse a que termine la canción, mi padre dice:

—Menudo mariconasso , Domi. Mira que lo hacen bien los jodíos .

En la tele, el cantante cede ahora el protagonismo a los tres coristas, que le señalan mientras cantan.

—Es maricón. Maricón. De España. Siete letras como siete días trae la semana. Porque es… maricón.

—La verdad es que son muy graciosos. Trabajan muy bien.

El sketch termina y mi padre cambia a Tele 5.

En la película, un hombre empuja a una mujer medio desnuda contra la pared: se besan con lengua en la boca y luego se chupan el cuello; enseguida él le quita toda la ropa.

Es de noche, la luz es tenue. En sus tetas bronceadas no hay marcas de bañador; en su cuerpo no se aprecia la cicatriz de ningún parto.

—¿Este niño no es demasiado pequeño para ver esto? Venga, que ya es hora de irse a la cama.

Aquella noche no trato de convencerles para quedarme un rato más, unos minutos más, aguantar hasta la siguiente tanda de anuncios.

Me despido de ellos dándoles un beso, diciéndoles que les quiero, pensando en que me gustaría quedarme allí, para siempre, con ellos.

En mi cama —las luces apagadas, las sábanas hasta la barbilla, los ojos todavía abiertos— me pregunto qué habría pasado si nada hubiera pasado; qué habría pasado si hubiera nacido muerto.