Despiece 18
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Salimos de casa iluminados por el naranja degradado de un atardecer que se diluye en un azul pálido y sombrío, el plano detalle de la llama de un mechero.

Mi padre fuma un Ducados tras otro. Después de quince minutos alcanzamos un lugar que parece haber sido concebido más allá de la imaginación.

Cuando llegamos el día ha terminado, la llama se ha extinguido, en la noche no hay luna.

Desde la furgoneta blanca —la más alta y alargada, la de reparto, la de la nevera por dentro— saludamos al hombre de la garita, el guardián con los labios encarnados que custodia la puerta que separa dos mundos.

— Vengo con un ayudante — anuncia mi padre con una sonrisa.

Hoy me ha propuesto que le acompañe: abrígate bien, que hará frío.

Así ves lo que hace el papá todos los días.

Mi madre dudaba; yo he insistido: por favor, mami, déjame ir.

Después de cruzar la verja, antes de ver nada, empiezo a escucharlos.

Distingo unas manchas rosadas, más bien amarronadas, quizá peludas, que se mueven despacio adelante y atrás, que se separan y se vuelven a unir.

Están encerradas en un camión enorme de tres pisos atravesado por barras horizontales de metal.

Me doy cuenta de que las manchas son animales, son cuerpos.

La piel se me levanta. Es la primera vez que los veo vivos.

Aprieto las palmas de las manos contra mis oídos y entiendo entonces la expresión que alguna vez antes le había escuchado a mi madre: gritar como un cerdo.

—Papá, ¿por qué hacen tanto ruido?

—Se ponen nerviosos. Cuando uno empieza el resto lo sigue.

—¿Y ahora qué van a hacer con ellos?

—¿Tú qué crees que van a hacer, cariño?

Después de terminar la última maniobra para aparcar marcha atrás, espachurra el cigarro contra el cenicero de la furgoneta. Sin apartar la vista del edificio de aluminio, le pregunto si le puedo esperar aquí.

—¿Cómo te vas a quedar solo, campeón? Tienes que venir conmigo, hombre. No puedo dejarte aquí —estudio su expresión: en su tono detecto una grieta de fragilidad, una dulzura extraña, quizá un atisbo de pánico—. Además, el papá va a tardar un buen rato.

—Es que no sé si quiero verlo —le digo.

—Tranquilo, que no vas a ver cómo los matan.

—¿Me lo juras? —restriego mi antebrazo envuelto en lana contra mis ojos. Mi voz también se resquebraja.

—Te lo juro por la mamá, por la teta y por ti, que es lo que más quiero en este mundo. ¿Qué te parece? —mientras lo dice, pone la mano en mi hombro y me busca sin apartar la mirada.

Las últimas palabras me tranquilizan, me convencen: en ellas reconozco al verdadero hombre de la casa.

No tengo nada que temer. Repito en voz alta una de sus frases favoritas: «Lo prometido es deuda».

Claro que sí, hijo mío. Mientras calculo la distancia del salto, me doy cuenta de que el cemento brilla como si alguien lo hubiera regado.

Mi padre me tiende la mano y me pide que baje despacio.

A la izquierda de la entrada se levanta una plataforma donde un grupo de cerdos dispuestos en fila india esperan impacientes sobre la cinta transportadora que se pierde en el interior del edificio.

Nunca había olido esto, nunca había estado cerca de algo tan vivo.

Es el olor del peligro, un aroma familiar que me reconforta y acuna.

A un lado de la cinta, justo a unos centímetros de la cortina de plástico con tiras gruesas parecidas a las del lavado de coches, un hombre, una mancha blanca, apoya una pistola a la altura del cogote de un cerdo: si la violencia pudiera suspirar sonaría como ese disparo.

Inmediatamente después, un cuerpo se estrella contra el suelo y desaparece por detrás de las cortinas.

—¡Los están matando! —agarro a mi padre del pantalón con las dos manos y estiro con todas mis fuerzas. Señalo la plataforma.

—No, cariño, es un disparo de aire comprimido que los deja inconscientes.

Es para que no sufran, para que la carne salga más tierna.

Detrás hay una persona que les hace un corte en el cuello para que mueran sin dolor.

Con la sangre se hacen las morcillitas que luego tanto te gustan (¿quieres que la mamá te haga un bocadillito de blanco y negro?) .

No te preocupes que eso no lo veremos. Venga, entra.

La oficina de recepción es un cubo de metal donde nos recibe un hombre barbudo y bajito vestido con unas botas de agua que le hacen abrir mucho las piernas.

Nos saluda a los dos con un apretón de manos —el de mi padre, seco y enérgico; el mío, delicado y rígido, como el que sujeta un globo de agua demasiado lleno—.

—¿E-e-este es tu-tu hijo? —me mira en medio de la frente, justo por encima de los ojos.

—Este es el heredero. Ha venido conmigo para conocer el negocio.

Mi padre apunta nuestros nombres en una hoja de registro. Nos ponemos una bata blanca, un gorrito con agujeros y una mascarilla de un solo uso. Abre la puerta y me recuerda que no toque nada. A ver si compramos buen género hoy.

Detrás de aquella oficina hay una planta amplia y diáfana iluminada por una luz blanca, clínica.

Una mezcla entre la imagen de la Polaroid y el recuerdo de la fábrica.

Hay varias filas con mostradores de aluminio y un raíl en forma de serpiente del que cuelgan más de cincuenta cerdos sin cabeza, partidos en canal.

Están vacíos por dentro. Limpios: como si nunca hubieran tenido ni entrañas ni sexo; ni corazón ni sentimientos.

Identifico el frío de la carne, este frío que me inmoviliza pero que también me abraza. Hay algo que no entiendo.

—¿Por qué huele así?

—Lo que hueles viene de aquí al lado. Con un soplete les queman el pelo. ¿Quieres ir a verlo?

Me paso el resto de la visita sin hacer preguntas, agarrado a su mano.

Su mano que permanece caliente a pesar del frío.

Atravesamos algunos espacios donde varios hombres vestidos con batas blancas y botas de agua se ocupan de los animales.

De sus piezas; de sus partes. De vez en cuando tiene que soltarme: con un Edding grueso de color verde, apunta sus iniciales, las nuestras, en el jamón de los cuerpos que más le convencen y que luego nos llevaremos.

Hacia el final de la visita, en el fondo de una sala, encontramos, colgadas unas al lado de otras, una hilera con las cabezas que faltaban.

Suelto la mano de mi padre, me acerco y me pongo justo debajo de una de ellas.

Estudio su boca entreabierta, su media sonrisa, los restos de las pestañas que han sobrevivido al fuego.

Me detengo en sus ojos. ¿Son los mismos del camión? Gritar como un cerdo.