Despiece 17
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Nunca había tiempo cuando estábamos solos.

Después de clase, cada minuto contaba. Tras subirme los pantalones, tenía que atravesar el polideportivo, recorrer el descampado, cruzar el paso de cebra, entrar en el colegio, cambiarme de ropa y pedir permiso para entrar en el aula —mis compañeros sentados, la clase ya comenzada—.

Corría mirando al frente, apretando los pulgares.

En el recreo, después de comer, cada vez era más difícil pasar desapercibidos.

Los niños más pequeños jugaban en el parque de los columpios, a solo unos metros del gimnasio y de la doble puerta gris que protegía el cuartito de los balones.

El conserje y un profesor de guardia custodiaban el recinto. Su misión: protegernos.

Nos escondemos a plena luz del día. A veces los niños nos ven entrar.

Es una habitación pequeña, llena de trastos, apenas con espacio.

Un adulto y un niño. Se abre una puerta.

Luego, se cierra. Él, apacible, se pone de cuclillas, el peso de su espalda bloquea el acceso.

¿Ves? Así nadie puede entrar. Yo le digo que no quiero que nos pillen.

Al cabo de un rato sentimos cómo los niños, poseídos por la curiosidad, fuerzan la manija hasta que escuchan su voz .

—¿Queréis dejar de molestar? —Eusebio saca la cabeza sin salir del cuartito. Sus gritos despedazan la máscara de su ternura.

No sé cuántas veces ocurrió.

En algún momento terminé por pedirle que cerrara con llave.

Sospecho que él hubiera hecho cualquier cosa para que me tranquilizara.

En el aula yo no perdía la ocasión para nombrar los ríos de España, recitar las tablas de multiplicar, definir los estados físicos de la materia.

Todo el día con la mano levantada, repelente niño Vicente. Adentro, no sabía qué decir.

Una llave puede custodiar la intimidad, pero no detener el tiempo. Tarde o temprano las amenazas regresan.

—¡Hola! ¿Hay alguien ahí? —esta vez es una niña.

Un susurro húmedo se desliza por mi oído: «Escóndete.

No hagas ruido». Me subo los pantalones, doy unos pasos y me tumbo en el suelo, detrás de una montaña de colchonetas.

El silencio me asfixia. Eusebio sale completamente del cuartito, lo cierra y le pide a la niña que se vaya.

Otras voces preguntan por el niño que está dentro, con él.

Les dice que no hay nadie, que vuelvan a jugar. Les habla como si fueran ganado.

Espero refugiado en la madriguera, a salvo en esta jaula de carne.

Cuando vuelve, cierra la puerta con llave.

Me acerco de nuevo para recibir mis caricias, arriba y abajo, hasta que la sirena anuncia la despedida.

Intento sonreír. Minutos después, cuando no quedan voces, ya puedo.

Me abre y ahora es él el que se esconde.

Yo corro. Corro hasta que ya no respiro.

Corro como si el suelo fuera a derrumbarse bajo mis pies.

Corro como si fuera la primera vez que corro en mi vida.

Corro sin un lugar adónde ir. Corro como si fuera a desaparecer.

Corro porque si no corriera ya estaría muerto.