Despiece 16
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Los días de menestra eran días de serrín en el suelo.

El ceño fruncido de la esposa del director da órdenes al grupo de empleadas que nos sirven de lunes a viernes en el colegio.

Roberto y yo hemos comido —más bien hemos mareado la sopa— rodeados de aquellas mujeres ataviadas con baberos rosas hasta las rodillas que les hacen parecer bebés gigantes.

Horas después de aquella menestra, los dos seguimos juntos, hablando de camino a clase.

—¿Tú tienes ordenador en casa, Ferrer?

Vamos en fila de a dos junto al resto de compañeros hasta llegar al pasillo que da al aula de informática, guarecida en un edificio escondido que desde fuera parece un búnker.

Le cuento que sí, que mi padre tiene un programa que le ha costado dos millones, y que por eso no me deja jugar con él.

La señorita Carmen abre la puerta y el olor húmedo, como de túnel angosto, se mezcla con el aroma a lejía y limón que ya conocemos.

La luz también nos inunda y por un momento los ojos se entrecierran.

La sala de ordenadores era uno de los vértices del triángulo del orgullo del colegio —enseñar inglés desde los seis años ( I’m Muzzy, I’m Big, Big Muzzy ) , el segundo; el espíritu de trabajo y sacrificio en forma de trofeos de baloncesto, el tercero—.

Aquel espacio era el futuro; o al menos la idea de futuro que teníamos entonces: paredes y mobiliario teñidos de color hueso, techos altos como los de un templo, mesas largas de trabajo con bordes redondeados y con espacio suficiente para instalar siete monitores en cada fila.

Al fondo de la sala, un muro acristalado protegía un vergel de plantas de aspecto jurásico.

Sobre las mesas, más pantallas que niños, aunque apenas supiéramos cómo se hacía para encender aquellos aparatos.

—Primero buscad el botón grande a la derecha de la torre. La torre primero; el monitor después. La torre es lo que está debajo.

Hoy necesito que la clase termine rápido.

Siento una especie de escalofrío. Me parece escuchar un leve goteo.

¿No podría dar las instrucciones y luego repetir para los más lentos?

Pienso en la menestra, en la textura rugosa del pan mojado que hace un par de horas he tragado sin masticar; en esa verdura tan blandurria que parecía que la hubieran dejado un mes a remojo.

En la siguiente respiración se me pone la carne de gallina: no puedo soportar este tufo cítrico. Levanto la mano.

—¿Puedo ir al servicio, señorita Carmen?

—Aguántate, Ferrer. Estamos en medio de la clase.

A mi lado, Roberto introduce dedo a dedo, golpeando con pequeñas estocadas, el comando del programa que hay anotado en la pizarra.

Le hablo como si fuera mi prima, le digo que va un poquito lento.

Debe sospechar lo que realmente pienso, porque me dice que me calle, me pide que le deje en paz.

Se gira hacia Toni y en voz baja le pregunta qué tiene que hacer.

De fondo, el goteo continúa y ahora lo siento cada vez más cerca de mí, cada vez más adentro.

Vuelvo a la pantalla negra con letras blancas e introduzco el comando para jugar al solitario.

Miro al techo y me pregunto si será que está lloviendo.

—¡Roberto, siéntate bien!

El grito de la profesora atraviesa el espacio y su voz me despierta del letargo: levanto una de las dos piernas y la coloco sobre la otra, imitando la postura de una invitada en el programa de Nieves Herrero.

Pienso de nuevo en ese líquido brumoso atravesando mi garganta.

Meneo el pie arriba y abajo en un pequeño baile de San Vito.

Me pregunto si lo que me molesta es el agua o es la lejía o es el aire muerto de los sitios cerrados: el garaje, el coche, la cámara, el cuartito.

¿Por qué no podemos salir de un lugar si es eso lo que realmente queremos? ¿Por qué tenemos que vivir encerrados?

Estoy convencido de que está lloviendo, afectado por un hedor que nadie más reconoce.

Dejo de pensar en la menestra, en la cualidad del aire, en el goteo.

No sé si finalmente desaparece o si me acostumbro, pero por primera vez desde que hemos llegado al búnker, al fin, mi mandíbula se relaja.

Permanezco hasta el final de la hora muy quieto, mirando fijamente mi pantalla, espiando a ratos la de Roberto, hasta que la señorita Carmen nos pide que apaguemos los ordenadores y salgamos.

La clase comienza a moverse; yo me propongo quedarme allí hasta salir el último. Ese día lo consigo. Dejamos la sala atrás y atravesamos el pasillo hasta llegar al patio. Fuera, al aire libre, los treinta esperamos a la maestra en un círculo desordenado.

—Ferrer, ¿qué te ha pasado en el pantalón? —es Roberto el que grita. El maldito Roberto .

Quiero salir corriendo, desvanecerme: desaparecer en vertical como un misil sin retorno.

Me están señalando. Busco una salida: miro arriba y escucho la canción áspera de las hojas de morera que se balancean ajenas al alboroto que nace a nuestra altura; por detrás, el cielo se ha puesto gris, quizá ahora sí vaya a llover.

A llover de verdad. A llover para todos.

—¡El gorrión se ha meado!

—¡Es un niño pequeño!

—¡Una niña!

—¡Un mariquita!

La señorita Carmen es la última en enterarse.

Cuando llega al corro tiene otra cara: por una vez la miro y no la reconozco.

Yo soy su espejo. Espero sus órdenes, unas órdenes que me liberen, unas órdenes que me pongan en movimiento.

Unas órdenes que tardan más de lo que me hubiera gustado y que cuando llegan me encuentran llorando en medio del círculo.

—Ve a cambiarte.

Empapado, atrapado, caliente: la soledad de la letrina me reconforta.

El olor acumulado del día se mezcla con el de mis pantalones.

Vuelvo a clase vestido con el uniforme de gimnasia, todavía mojado por dentro.

¿Se puede? Fijo la vista en el suelo hasta que llego a mi pupitre.

Tras unos minutos me atrevo a mirar a Roberto.

Su sonrisa no me conmueve. Se merece todo lo malo que le pase.