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Pasé muchos sábados en casa de la tía Juani.

A diferencia de mi madre, mi tía recordaba las anécdotas del pueblo como si todavía viviera allí: el miedo que el miedo que de pequeña le daba meterse en el corral para dar de comer a las gallinas; aquella vez que mi madre se rompió el codo donde los cerdos; la larga enfermedad que deformó el cuerpo del pobre tío Eulogio, que en paz descanse.

A las dos semanas de emigrar a Valencia habían entrado a trabajar como aprendices en la misma fábrica de elaboración de embutidos.

Veinticinco años después, ambas tenían sus propios negocios, cada una especializada en un tipo de carne distinto (partir pollos es más fácil que mear) .

El bloque de edificios donde vivían y trabajaban mis tíos, a solo tres calles de nuestra casa, marcaba el límite norte de la ciudad.

Estoy con mi prima Raquel, pelando una mandarina con los dientes, asomados al balcón del primer piso.

Es un balcón alargado con barrotes de metal muy juntos entre sí.

Más allá del gran descampado se levanta una carretera a la que tenemos prohibido acercarnos; más lejos, en la misma dirección, un mar verde que a veces apesta pero cuyo hedor hoy apenas distingo.

Apoyo los antebrazos sobre la barandilla mientras espero a que desaparezcan las cabezas que entran y salen de la pollería. Tan pronto ocurre, comienzo a lanzar las cáscaras a la calle.

—¿Quieres parar? Me voy a chivar.

—¿Quie-dez-pa-dad? Me-nvoy-ang-ching-vadz.

—¿Pero tú eres tonto o qué te pasa?

—¿Peng-dog-tu-e-dez-tong-tong-o-queng-teng-pazadz?

—¿Quieres dejar de imitarme?

—¿Quie-dez-de-jandz-deing-ming-tadnz-meng?

—Vas a ver, tonto. —Raquel sale del balcón demasiado rápido como para seguir burlándome. El pestillo suena como una guillotina en miniatura. Me meto un gajo en la boca, me aseguro de morderlo solo cuando la he cerrado del todo. Por dentro, una explosión.

Uno detrás de otro, sin prisa, aparentando tranquilidad para un público que no existe, me termino de comer la mandarina.

En la calle una señora se detiene y levanta la cabeza.

Las manchas en el suelo me delatan. Mi cuerpo se echa hacia atrás y me parece que tiembla; la mirada de esa mujer me busca.

Tengo que salir de aquí. Me acerco a la puerta de vidrio —ondulado, grueso, translúcido—: allí me espera una sombra que presiona sus manos en el cristal y que luego acerca la mejilla.

Empujo el cristal con las dos manos: como si jugara a chocar las suyas primero, como si quisiera echar la puerta abajo después.

—Venga, prima, déjame pasar.

—Ahora no te ríes, ¿eh?

Pienso entonces en rendirme, en prometerle que haré lo que quiera, que jugaremos a Pinypon o a las Barbies o que le ayudaré a hacer los deberes de clase si es que eso es lo que quiere.

Enseguida se me ocurre algo mejor: vuelvo sobre mis pasos y golpeo desde fuera la ventana de la habitación de Sebas.

—Primo, la prima me ha encerrado en el balcón —le digo—, y no me deja pasar.

—Joder, esta niña es gilipollas, espera. ¡Raquel! —mi primo sale de su habitación dando un portazo.

Casi al mismo tiempo, detrás de mí, escucho un golpe opaco.

No puede haber sido mi prima. En la calle veo a un hombre tirado en el suelo al lado del contenedor, una mancha roja en la cara.

Otro hombre, como en un picoteo colérico, rastrea su pecho por dentro y por fuera del abrigo.

Mira en todas direcciones y acaba por encontrarme.

Sostengo la mirada, me quedo quieto: ese es mi acto reflejo.

Hace un gesto como si me fuera a cortar el cuello antes de salir corriendo.

Ha sido él. Escucho nuevos golpes que no duran mucho.

No quiero estar aquí. La guillotina se levanta y veo las manos de Sebas.

Le abrazo como si fuera mi hermana, mi cabeza también a la altura de su pecho.

—Gracias por abrirme, primo.

—¿Estás bien, Vicentín? Venga, no os peleéis, que ya sois mayorcitos para estar así —nadie contesta y Sebas vuelve a su habitación. Mi prima y yo nos miramos a los ojos unos segundos.

—¿Pero qué te pasa? ¿Estás llorando? —sus preguntas me persiguen hasta el baño.

A través de la puerta cerrada insiste—. Venga, dime la verdad, que no voy a decir nada —me lavo la cara y las manos con agua fría y permanezco sentado sobre el váter con la esperanza de que se canse—.

Que sepas que no pienso moverme de aquí hasta que salgas —comprendo entonces que dice la verdad y termino por sucumbir.

—Me daba miedo quedarme encerrado.

—Qué dices. Pero si una vez te quedaste encerrado en el colegio y ni lloraste ni nada. ¿Me estás diciendo una mentira?

—Que no, que es verdad. Que me dejes te digo.

La historia cicatrizó sin gasas ni ternura, pero inmediatamente pasó a formar parte de los relatos que Raquel contaba a la familia cada vez que nos veíamos.

Mi prima había heredado de su madre un instinto natural para recordar las anécdotas más comprometedoras; también el gusto por narrarlas en voz alta.

Al año siguiente se apuntó a mi colegio.

Allí compartíamos el mismo profesor de Educación Física, el mismo patio de juegos.

Asustado por su intuición, temeroso por sus ganas de saber la verdad, desde septiembre de aquel año decidí pasar todos los sábados solo en casa.