Despiece 14
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No enciendas el fuego no vayas a quemar la casa, no te asomes al balcón no vayas a tener un accidente, no metas los dedos en el enchufe no vayas a quedarte pegado, no toques el ordenador no vayas a romperlo, no utilices los cuchillos no vayamos a tener una desgracia, no pongas los pies en el sofá no vayas a llenarlo de mierda, no salgas de casa no vaya a pasarte algo, no abras la puerta a nadie no vayamos a tener un disgusto (uno ocho cinco cuarenta y uno quince; si pasa algo me llamas).

Me despierto sin alarma solo un poco después de que el cielo se haya aclarado.

Bostezo y estiro los brazos hacia arriba: una uve de Vicente, una uve de Victoria.

La puerta abierta de mi habitación invita al ruido, al juego, a la vida, pero en casa nadie responde.

Hago pipí sentado antes de desayunar. Desde aquí me chupo el dedo índice y lo arrastro por los lagrimales: de la boca al ojo y del ojo a la boca.

Leo un día más mi frase favorita del bote de gel blanco y azul que está sobre la bañera: «Nueva Fórmula hidratante.

Jabón líquido dermoprotector. Mantiene la piel sana».

Nadie me pregunta si me he lavado las manos, nadie me recuerda que me cepille los dientes.

Enchufo la tele, pongo los primeros dibujos animados del día, pienso en mi madre y corro al teléfono .

—Así me gusta: que me llames en cuanto te despiertes. Así la mamá sabe que estás bien. Acuérdate de comer. En la nevera hay de todo, ya lo sabes. Si te apetece, puedes ir luego a casa de la tía.

Me siento en la silla al lado de la televisión de la cocina: los dedos del pie juegan desnudos con los hilos de mimbre de la silla desvencijada; me abrazo las tibias y aprieto los dientes contra las rodillas; miro fijamente los pies hasta perder el foco, hasta verlos multiplicados.

Desde aquí alargo el brazo y bajo el volumen al cinco (no pongas la televisión alta no vayas a molestar a los vecinos) : el susurro catódico se funde con el murmullo del frigorífico.

Hurgo en mi nariz y me llevo el dedo a la boca (y de postre, los mocos).

¿Por qué estar con otros pudiendo estar solo?

El timbre suena: solo una vez, muy larga.

Imagino cómo la falange enrojecida de un dedo índice deja su huella en el interfono a pie de calle.

No es alguien de casa: si lo fuera, habría sonado tres veces.

Unos segundos después, el zumbido del ascensor se desliza más allá del cuarto piso.

Entonces hago un esfuerzo por cerrar la boca y bajo el volumen al cero.

A estas horas no puede ser Eduardo. El timbre suena detrás de la puerta mientras en la televisión Oliver grita en silencio contra los gemelos Derrick.

—¿Hay alguien ahí?

La voz tiene un deje pesado y dulzón que me parece reconocer, un cielo cubierto antes de una tormenta de verano.

¿Y si fuera Eusebio? Si no fuera él tendría que ser alguien como él.

¿Cómo puede saber dónde vivo? ¿Habrá venido a verme?

Me acerco a la puerta sin apagar la tele.

¿Y si es Eusebio qué hago? ¿Le abro o no le abro?

Es mi profesor, así que no habría problema en dejarlo pasar.

Además, podría jugar conmigo. Mis tobillos crujen como si estuviera pisando ramas, el silencio se rompe. Están golpeando la puerta.

—¿Hay alguien ahí? Tengo que revisar el circuito hidráulico de la caldera. Es importante que me abra.

No es él: primero el alivio, luego la decepción. ¿Vendrá alguna vez a verme? Estoy a unos milímetros de la puerta, sin tocarla. Siento que puede escuchar mi respiración; yo también quisiera sentir la suya. Quizá debería abrir.

—Hemos detectado un riesgo de accidente en el edificio. Puedo escucharle desde aquí. Abra, por favor.

¿Cómo saber si dice la verdad? Si le dejo entrar me la cargaré.

—¡No están mis padres! Estoy solo en casa —la cadena apenas me deja abrir la puerta unos pocos centímetros. Veo a un hombre con un mono azul y una caja de herramientas. Registro su mirada, los ojos claros, antes de volver a cerrar.

—¿Puedes dejarme pasar? Necesito revisar la caldera.

—Es que me han dicho que no le abra a nadie.

—Es un momento, no pasa nada. Es importante. Ha habido un escape en la zona y tenemos un aviso de que podría haber afectado a este piso.

—Ellos llegarán por la tarde, después de comer, a las cinco o a las seis. ¿Puede venir luego?

—Mejor abre ahora. Es peligroso esperar.

En ese instante oigo cómo alguien abre la puerta de al lado; luego, rastros de palabras que no alcanzo a comprender. Estarán hablando entre ellos. Ojalá Eduardo tuviera el timbre de voz de mi padre. Unos segundos después le escucho más cerca .

—Vicentín, soy Eduardo, ¿qué tal? Oye, mira, que este señor es un operario que tiene que entrar en casa para revisar la caldera, el aparato grandote que da al deslunado. ¿Puedes abrir?

Estoy de pie delante de la puerta, me apoyo en el marco y me pongo de puntillas hasta alcanzar la cadena con dos dedos. Escucho entonces la voz de mi padre: «Acuérdate de esto que te digo, Vicente: en esta vida no puedes fiarte de nadie. ¿Me oyes? De nadie».

—Hasta que no vengan mis padres no puedo.

Le dice entonces algo al hombre, pero esta vez no espero su respuesta.

Corro al dormitorio de mis padres y me meto en el armario.

Aquel día no me atrevo a avisar a mi madre.

Si me tiene que pasar algo, que me pase; si me tengo que morir, que me muera.

No es la primera vez. Desconocía entonces la existencia de la metáfora como presagio, de cómo a veces, sin saberlo, nuestro comportamiento puede acercarnos a una forma de futuro.

Allí dentro, sentado con los abrigos sobre la cara, envuelto en el olor de mi familia, cierro los ojos y pido con todas mis fuerzas que nadie entre, que por favor no me pase nada malo.