13
No sé cuándo comenzó, cuántas veces ocurrió. Cuando lo insólito se convierte en hábito, los recuerdos acaban por confundirse entre sí. El paso del tiempo hace el resto. Hoy mi memoria es un cuerpo descuartizado.
Un día Eusebio me pidió que me quedara a recoger con él después de clase.
Afuera, a lo lejos, todavía se escuchaban los gritos de algunos de mis compañeros.
Era primavera y el sudor no terminaba de secarse.
Iba despacio. Detestaba tener que cargar con los conos y las cuerdas.
Una vez dentro, el cuartito de los balones parecía un lugar demasiado pequeño para almacenar los trampolines, los potros y las colchonetas amontonados allí.
La puerta de metal tiene tres rendijas. Adentro, el olor a cerrado me eriza la piel.
Pienso en mi padre trabajando en la fábrica desde las seis de la mañana.
Está solo. Quisiera estar con él. Dentro del cuartito, tres líneas iluminan la cara de Eusebio.
Ya casi hemos terminado. Respira por la boca, se arremanga el chándal y se pone en cuclillas.
Me pide que me acerque. El tiempo tan lento, el aire tan pesado.
Por debajo de las palabras, todavía me parece escuchar las voces de los últimos niños que vuelven corriendo a las aulas.
Poco a poco, muy despacio, el silbido de los pájaros suena cada vez más limpio .
Me atrae hacia su muslo derecho y me acaricia con su aliento, cerrado como el cuartito.
Adentro, una mano se desliza por detrás de mí; la otra me sujeta la cabeza.
Veo cómo mi padre despieza la ternera: con la mano izquierda agarra el cuchillo; con la derecha, sostiene con firmeza la carne del animal muerto.
Queman. La puerta también quema. Siento el calor por dentro, el empuje de un cuerpo que me abre la piel.
Voy a llegar tarde a clase. Afuera, ya no queda nadie.