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Desde pequeño aprendí a asociar el frío con la carne, la carne con lo que estaba escondido.
Persianas bajadas, luz de laboratorio, maquinaria de acero inoxidable, mesas de trabajo relucientes, batas y delantales blancos manchados de sangre, cámaras frigoríficas tan grandes como habitaciones de matrimonio —el ruido uniforme de los ventiladores, las puertas cerradas herméticamente como si sellaran tápers gigantes—: dentro, animales colgados abiertos en canal; decenas, centenas de ganchos construyendo columnas de trenzas picudas.
El olor a nada de la carne; el olor a nada gracias al frío.
Carne a la izquierda y carne a la derecha: mi padre está trabajando.
Por el agujero superior de una máquina echa trozos de magro de cerdo solo un poco más grandes que mis puños.
La picadora nos arrulla como si fuera una nana mecánica: de vez en cuando los restos de grasa se quedan atrapados entre las cuchillas y entonces un relinche interrumpe la canción.
Antes de entrar, el magro está tan tierno que brilla como una medusa al sol; cuando sale, lo hace a través de cincuenta agujeros metálicos que lo expulsan transformado: una boloñesa cruda en movimiento. No te acerques, que es peligroso .
Mi madre sale de una de las cámaras con una garrafa llena de agua y la vierte en un barreño; dentro vuelca una especie de burruño amarillento que huele a huevo podrido (la tripa de cordero lleva mucho trabajo para el que la limpia: es tan fina como un hilo).
Me acerco a ella con los pasos cortos y la nariz tapada.
Sin dejar de manipular aquel tejido, sin perder la paciencia ni de acariciarme con su voz, dice: «Hay que ir deshaciendo la madeja, ¿ves?
Despacio, con cuidado, que se rompen con solo mirarlas» .
Luego: «¿Te has lavado bien las manos?».
Las meto en el agua y siento los cuchillos.
—¿No se puede poner más caliente?
—Tiene que estar fría para que se vaya bien la sal. Mejor déjame a mí.
La bata me viene grande, las máquinas no son juguetes, el frío es insoportable: estoy con ellos, pero no soy ellos.
—¿Por qué no nos esperas en el despacho?
Lo que me espera allí: calendarios de Oscar Mayer de los años ochenta abandonados sobre una estantería de aluminio; el mono de motorista colgado de una percha que mi padre había utilizado antes de que una furgoneta le rompiera la cadera en un accidente (menuda desgracia) ; los voluminosos archivadores negros con el lomo blanco sobre los que estaba escrito el número del año y del trimestre con letras mayúsculas y líneas rectas desde antes de que yo naciera —su letra como la del Amstrad, el ordenador que servía para llevar la contabilidad—.
—No, no quiero ir. Quiero quedarme aquí —les digo, pero ya ninguno de los dos me está mirando.
Me acerco a por uno de los garfios; sin hacer ruido, sin que me vean, me lo cuelgo del labio inferior.
No sé por qué lo hago. Podría permanecer en esta sala el tiempo que quisiera siempre y cuando aguantara callado; siempre y cuando no se notara que estoy allí.
Ellos mismos trabajan así: como si tampoco estuvieran; como si aquello no estuviera ocurriendo.
—¡Vicentín, mira esto!
Mi padre sonríe y parece que esté brindando; en su tono reconozco el frenesí de mi propia voz cuando ganamos un partido.
Primero rellena con carne picada una máquina cilíndrica con un pitorrito; luego veo cómo del barreño saca un solo hilo de tripa relleno de un poco de agua —más ancho, más voluble—.
Con el pulgar y el índice abre la boca de ese gusano fibroso; con rapidez comienza a meterlo por el pitorrito casi por completo: ahora está fruncido; es un preservativo a base de entrañas.
Entonces presiona una palanca y la embutidora comienza a expulsar carne poco a poco a través del pequeño tubo.
La tripa que una vez envolvió los intestinos de un cordero ahora protege y da forma a una gran longaniza de cerdo.
—¿Ves cómo lo hace el papá? Así, con la mano por debajo, poco a poco para que no se salga.
El principio es más lento, más frágil, más crítico; luego la carne sale más rápida, más determinada, menos tímida. Al otro lado, mi madre sostiene una madeja de hilo del tamaño de una pelota de ping-pong . Sus manos comienzan a tejer.
—¿Cómo lo haces tan rápido, mamá?
Trato de seguir el movimiento de sus dedos, pero es imposible y me doy cuenta de que lo es y entonces me da la risa .
—Cállate, que me desconcentras —me dice mientras ella también se ríe, y se ríe como cuando se ríe con la tía Juani, como imagino que se reía cuando vivían en el pueblo—.
A ver, cariño, es que son muchos años —muchos años aquí encerrados, pienso, pero ahora veo que mi padre también sonríe mientras sostiene con delicadeza, casi diría que con cariño, el nacimiento de la salchicha.
Las manos de mi madre no se detienen a pesar de la risa, unas manos experimentadas que en algún momento también tuvieron frío.
Mis padres cuentan que se conocieron atando longanizas en Oscar Mayer: que ahí, en la cadena de trabajo, rodeados de otros aprendices como ellos, fue cuando comenzaron las miraditas.
Primero él ahuyentó a todos sus pretendientes; luego, poco a poco, paseo a paseo, empezaron a festejar (yo era muy tonta y no me enteraba de nada).
Los detalles de la historia terminan aquí.
En la fábrica —los tres solos, sin luz natural, sin testigos— advierto el rastro invisible de aquellos días: es la huella de una concentración íntima, de una concentración que en su silencio aleja el recuerdo del mundo exterior, de ese mundo lleno de amenazas.
Es una concentración nueva para mí. Allí comprendo que ese silencio solo roto por las máquinas, esas cuatro manos moviéndose ligeras y esos dos cuerpos resistiendo contra el frío son su forma de decirse no importa lo que pase: estamos juntos en esto.
Había pocas pistas que ayudaran a adivinar que mi padre pasaba más horas en aquel lugar que en casa: un radiodespertador portátil que colgaba de un gancho en lo alto; bolsas de plástico transparente llenas de Pictolines, una botella de J&B, decenas de botes de Fanta de naranja, varios cartones de Ducados, siempre algunas tazas de café vacías del bar de al lado.
Ni rastro de comida, ni rastro de fotografías, ni rastro de pasatiempos.
Nada que hiciera sospechar que en su mundo existiera algo más allá del trabajo.
La carne lo era todo en su vida. Muy pronto, también lo sería en la mía.