11
Doy cuatro vueltas a la llave alargada en forma de cruz latina para abrir la puerta de casa.
Mis padres decían que era una señora puerta; yo la imaginaba como una montaña resbaladiza.
La empujo con todo mi cuerpo. Decido no encender la luz mientras cierro con la espalda.
Estoy listo para jugar. En solo unos segundos aparecen unas sombras azules que llegan desde la calle; escucho también el rumor de los coches amortiguado por una distancia de cinco alturas.
Las mochilas se deslizan por mis brazos hasta desparramarse contra el suelo. Detrás de mí, giro la llave por dentro.
Hay que tener cuidado. Poco después de que mi hermana naciera, unos ladrones se lo llevaron todo: la cadena de oro de la primera comunión de mi padre, el vestido de novia de mi madre, los jerséis de lana que mi abuela tejió antes de morir.
¿Qué significa que algo nos pertenece? Por fuera, cambiaron la puerta y añadieron una segunda cerradura; por dentro, entendieron que aquello que creemos nuestro puede desaparecer en cualquier momento.
Desde entonces vivimos con miedo de los demás, de nosotros mismos, de lo que tenemos.
Cierro los ojos y pongo los brazos en cruz.
Soy un funambulista en el campo, un niño que acaricia la niebla.
Avanzo despacio hacia la cocina sin abrirlos.
Rozo con mis manos las paredes rugosas y me preparo para lo peor, pero no ocurre nada.
El zumbido del frigorífico me recuerda la promesa de la leche fría.
—No te preocupes —hablo solo; sigo con el juego.
Entro en el baño. Es la primera vez que cierro con pestillo.
Desde aquí no se escuchan los ecos de la calle.
Hasta entonces los azulejos habían sido verdes; desde ese día los recuerdo rojos.
La espalda se me encoge, un animal partido en una cámara frigorífica.
No entiendo por qué es la única habitación con colores en la pared, por qué solo hay azulejos en el baño y en la cocina, por qué el resto de las paredes de la casa son blancas, por qué todas tienen ese gotelé que amenaza con herirnos.
Me digo que de mayor los muros de mi casa serán de colores.
Me pregunto por qué vivimos en este matadero.
Subo al taburete astillado que perteneció a la abuela Teresa.
Pesa tan poco que parece de cartón. Es el único objeto del baño que puedo recordar con claridad: la madera rojiza veteada, el pequeño círculo donde apenas cabía mi trasero; una vez arriba, la tentación de saltar, la posibilidad de caerse tras el más mínimo error .
Me desnudo. Desde esta altura me veo entero.
El espejo me devuelve el reflejo de los ojos de mi familia: una liebre, un gorrinito, el hombre de la casa, el niño más guapo del mundo, el conejo, el cerdo, el feo.
Descubro un lunar rugoso en el centro del hombro derecho, un punto sobre la clavícula desde el que podrían colgarme de un gancho, suspenderme en el aire como un cordero.
El lunar mancha la superficie de carne lisa, un mar pálido apuntalado por dos cordilleras convexas.
Más abajo, mi pilila. Así la llamaba mi madre cuando me bañaba; así me la recordaban en casa cuando comía longanizas: de lo que se come, se cría. Ese día comienza la vergüenza.