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No sé si era porque vivía debajo de nuestro apartamento —su dormitorio justo debajo del mío— o porque también vivía con sus padres y su hermana mayor, pero a menudo tuve la sensación de que Fernando y yo éramos el mismo niño dividido en dos cuerpos distintos.
—¡Para, por favor!
Mis padres solían quejarse de que nuestro bloque de viviendas estaba mal construido (baja la voz, que las paredes tienen oídos).
Durante años aprendí a ignorar los gritos que se filtraban desde su habitación.
Lo normal era sentirlos durante los fines de semana —sin un horario concreto— o en las noches de calor justo antes de cenar, cuando las ventanas estaban abiertas.
Tan pronto escuchaba las primeras voces que atravesaban el suelo, seguía las instrucciones de mi cerebro: ve a la cocina, cierra la puerta y sube el volumen del televisor hasta que solo escuches eso.
Si mi hermana no estaba en casa las indicaciones cambiaban: ve a su habitación, enciende la minicadena, rebobina la cinta de Luz Casal y dale al play cuando llegues a Piensa en mí.
Era mejor que no dijera nada, así que nunca dije nada.
Según mi madre, en ese tipo de cosas no había que meterse y, además, en todas las casas se cuecen habas.
Cuando estábamos juntos en su habitación y su padre llegaba, nos vestíamos de nuevo muy rápido y recogíamos el desorden sin armar escándalo.
Aunque a menudo la humedad de nuestros cuerpos nos delataba, hacíamos como si el tiempo entre nosotros no hubiera existido.
Cuando Fernando sudaba, su pelo cambiaba de color: el trigo se transformaba en una medalla olímpica de oro oscuro.
Nunca me confesó nada, pero yo lo sentía en sus ojos.
Yo le guardaría el secreto, que no le diera vergüenza.
Fernando no era el único que gritaba en aquel bloque de edificios.
A menudo, cuando me tocaba a mí, me entretenía pensando en qué estaría haciendo él.
¿Se quedaría en su cuarto? ¿Tendría él también un refugio?
Compartíamos los mismos horarios lastimeros; me preguntaba si lloraríamos por injusticias parecidas, si nuestros cuerpos se doblarían en la misma dirección.
Aunque tuviéramos tanto en común, nuestras madres solo interactuaban para dejarnos o recogernos en la puerta del otro.
La conversación solía comenzar de forma muy parecida.
—Vicentín, haz caso a la mamá de Fernando o no volverás a bajar más.
—Siempre le hago caso. ¿Verdad que siempre me porto bien?
Fernando y yo éramos igual de altos, pero no compartíamos clase.
Él iba al colegio público del barrio, el que estaba enfrente de casa.
Cada año pedía a mis padres que me cambiaran con él: nos sentaríamos juntos, jugaríamos a fútbol en el recreo, me defendería cuando alguien se metiera conmigo.
Mis padres se negaban: no iba a estar en mejor sitio que en Las Águilas.
—No te preocupes, Domi, que a mí no me molesta.
—¿Cómo le va a Amanda ?
—Muy bien. Dice que quiere estudiar Medicina.
—Eso es lo que tienen que hacer, estudiar. Mi Vicente igual. Todo sobresalientes nos ha traído.
—Todo menos gimnasia, mamá.
—No lo entiendo. No paras de hacer deporte y justo en gimnasia no sacas sobresaliente.
—¿Podemos ir a jugar?
Tarde tras tarde, durante años, jugamos al globo.
Uno de los dos hinchaba un globo y se lo pasaba al otro dentro del dormitorio.
Perdía el que fallara en devolverlo antes de que tocara el suelo.
Si la puerta estaba abierta, usábamos las manos para que fuera hacia arriba, apuntando a la dirección del otro; si no había nadie más en casa o si nuestras madres estaban ocupadas, cerrábamos la puerta y entonces las reglas cambiaban: unas veces solo se le podía dar con la cabeza o con el pie; otras, los mates con las manos estaban permitidos.
Terminábamos con las camisetas chopadas, dándonos golpes contra el armario, tirados por el suelo, haciendo chilenas sobre la cama, a menudo restregando el cuerpo contra el gotelé hasta que uno de los dos acababa con la piel en carne viva.
—¡Ay!
—¿Qué ha pasado, Fernando?
—Me he tropezado y me he raspado un poco, mamá.
—¿Cómo que un poco? ¡Pero si está todo perdido de sangre!
—No me duele, de verdad.
—Sois unos animales. Trae que te ponga agua oxigenada.
Aunque no les hiciera mucha gracia que jugáramos al globo, lo preferían a que practicáramos lucha libre: eso sí que estaba prohibido.
Nos dábamos guantazos, mordiscos, tirones de pelo y nos hacíamos llaves como las de Hulk Hogan y el Último Guerrero.
Terminábamos muy cerca, cara a cara, uno encima del otro, los torsos enfrentados, los brazos entrelazados.
Normal que no les gustara. Yo habría peleado con él para siempre.
Fernando fue la primera persona que dibujé por placer.
Debió ser durante un fin de semana: aquel día le había escuchado gritar y el sol me calentaba las manos.
Lo pinté sudado, de pie. Utilicé dos colores distintos para el pelo: amarillo para la parte seca y marrón claro para la parte húmeda.
Me dibujé a su lado. Su mano derecha, muy cerca de mi mano izquierda.
Sin tocarnos. Mi pelo, castaño oscuro, ya muy lejos del rubio que tenía de pequeño.