Despiece 9
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Sí, tía. Te lo juro, tía. Yo estaba cortadísima, pero es que el Coke está como un queso. No, sí, sí, pero tenía que volver a casa. Ni de coña me dejan. Esta noche fijo que va. Les meteré una bola a mis padres. Mañana me toca carnicería. No, qué va. Tengo que ir sí o sí. Joder, espera un momento.

—¡Tete! ¿Pero qué haces? Cuando te pille te vas a enterar.

A veces soy menos invisible de lo que me gustaría.

Me despego de la puerta del despacho y me encierro en mi habitación.

El pecho me sube y me baja rápido. ¿Quién será?

¿Cómo será para estar como un queso? ¿Cuándo lo traerá a casa?

¿Se casarán? Abro el primer cajón de la mesilla de noche y saco mi diario, escondido al fondo, debajo de los calzoncillos blancos de algodón.

Al lado de la fecha del día escribo: «Creo que Silvia tiene un novio que se llama Coke».

Me lo imagino subido en su moto, con un cigarro, con un pendiente en la oreja izquierda; alto, moreno, con pelos en las piernas y en los sobacos: una mezcla entre Dylan y los del equipo de cadetes de baloncesto.

Lo escondo de nuevo y hago tiempo mientras releo uno de los tomos de Súper Humor que me regalaron en Navidades.

Me aburro. Agarro el almohadón grande con forma de timón, voy hasta el comedor, lo tiro al suelo y enciendo la televisión.

Está saliendo un videoclip que ya he visto antes: aquí la cantante aparece en una iglesia a punto de confesarse con un chico de color que a veces es como una estatua y otras es una persona de carne y hueso que parece su novio.

Silvia me enseñó que se dice de color o mulato, no negro ni café con leche.

En el vídeo hay un coro como en Una monja de cuidado , la peli que vimos en el cine con el colegio.

Mis padres todavía no la han visto, pero dicen que esa actriz trabaja muy bien.

Cuando termina la canción, el presentador anuncia que es un especial de La Ambición Rubia.

El próximo vídeo es en blanco y negro: ella ahora tiene el pelo claro y no para de bailar con otros chicos.

Esta le encanta a Silvia. Me levanto sin soltar el mando y empiezo a imitar los movimientos de la tele mientras me miro en el espejo: brazos a la derecha y a la izquierda, saltos de un lado a otro, chasquidos de dedos que todavía no me salen.

—¡Te pillé! —mi hermana entra en el comedor sin avisar y del susto se me cae el mando.

—¿Estás tonta o qué te pasa? —le grito mientras me agacho a recogerlo.

—Tranqui, tronqui. No sabía que te gustara tanto Madonna.

—¡Es que no me gusta!

—Anda, enano, dame el mando —lo coge con las dos manos y estira, pero yo me resisto a dejárselo.

—¡Es mío, gorda! —antes de soltarlo, alcanzo a morderle el antebrazo derecho.

—¿Pero qué clase de problemas tienes, niño? —al fin suelta el mando; ahora, con ambas manos, me tira del pelo arriba y abajo y luego me empuja; yo aterrizo contra la mesa del comedor—. ¿Hoy tienes ganas de bulla, tetito?

Me reincorporo sujetándome la cabeza y empiezo a reír.

—¡Eres una asquerosa de mierda, no me has hecho daño! —corro de nuevo hacia ella, riendo y llorando a la vez. Mientras frena mi embestida trato de darle otro mordisco. Nuestras manos se juntan en el aire como si estuviéramos en un combate de lucha libre.

—Venga, vamos a mi habitación y jugamos a niño volador, que aquí voy a hacerte daño.

En aquella época Silvia me sacaba dos cabezas y pesaba el doble que yo.

Cuando nos aburríamos se tumbaba en su cama y yo trataba de expulsarla de allí.

Como en una variación del salto final de Dirty Dancing —la película que grabamos en VHS y que vimos cada domingo después de comer durante años—, a mí me gustaba posar con cuidado el torso sobre la planta de sus pies: ella, con las piernas flexionadas y al grito de «¡niño volador!

», las empujaba con todas sus fuerzas para estamparme contra la pared.

El juego solía terminar conmigo llorando, a veces encontraba nuevas estrategias para defenderme.

—Le voy a decir a los papás que tienes un novio que se llama Coke y que fuma.

Aquel día, tras esa frase, una constelación de furia aparece en su rostro.

Sin decir nada, me coge del pelo como si quisiera arrancármelo, coloca mi cabeza sobre la cama y se sienta encima.

Me da la risa, pero también me asusto: no puedo respirar.

Se lo digo: por favor, déjame, no puedo respirar.

¿Qué has dicho, chaval? —levanta el culo un momento y luego vuelve a sentarse—.

Como te chives le voy a decir a todo el mundo que vas bailando Madonna y que te pones mi ropa cuando no te veo.

Di lo que quieras. Es mentira, asquerosa.

Hagamos un trato: te cuento lo de Coke si me prometes que no le dirás nada a los papás. ¿Me lo prometes?