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La señorita Carmen levanta un brazo que es a la vez un saludo y una despedida.

Sonríe con la boca cerrada, como si alguien le estuviera tirando hacia atrás de las comisuras de los labios.

Parece que esté tratando de decir algo, pero los gritos de entusiasmo a mi alrededor, a mi altura, son esta vez más fuertes que ella.

Somos un grupo desordenado de niños y niñas vestidos con faldas o pantalones grises, camisas blancas y jerséis de color azul marino.

Mientras se aleja, el ruido de los tacones contra el cemento construye un eco que ahora sí retumba en mis oídos. Comienza la clase de Educación Física.

—Venga, de dos en dos, cogidos de la mano hasta que crucemos.

—Eusebio se coloca a la cabeza del rebaño; su voz, grave y brumosa, se levanta por encima de nuestros juegos; sus palmadas nos apaciguan.

Le devuelvo el estrujón de manos a Lucía Carvajal.

De regalo, le saco la lengua. En fila de a dos parecemos niños de parvulitos.

Eusebio nos espera de pie en medio del paso de cebra y detiene el tráfico con una sola mano.

¿No somos ya demasiado mayores para esto?

Desfilamos hacia él; organizados, obedientes.

Excepto Toni, la mayoría apenas le llegamos a la cintura.

Por delante de mí, las manos se separan y cada una de las parejas se disuelve tras el cruce.

Las ovejitas corren sin control a través de la superficie de tierra que las separa de la puerta del poli .

Los dedos de Eusebio se deslizan ahora sobre mi cabeza y me empujan a otro pensamiento: la educación física comienza por el tacto.

En cuanto Lucía y yo cruzamos la calle nuestras manos también se escurren.

Nos miramos a los ojos, arrugamos la cara, nos decimos al unísono qué asco y restregamos los restos de nuestro sudor por el uniforme —ella sobre su falda, yo sobre mi jersey—: acabamos de inventar nuestro saludo secreto.

Le digo que a que no sabía que la única provincia de Castilla y León que empieza por A es Ávila y me dice que sí, que sí que lo sabía, por listo.

Y que lo que pasa es que no le había dejado responder.

Eres una súper empollona, le digo, y me pregunto a qué jugará ella con sus padres.

Tengo ganas de que seamos mayores; de que un día, en su casa, estudiemos juntos.

—Ahora nos vemos.

Desde este año los chicos y las chicas nos cambiamos en vestuarios distintos.

El poli es inmenso y ahora está completamente vacío: es todo nuestro.

Siempre trato de cambiarme rápido, pero hoy me detengo unos segundos para atarme los zapatos.

Todavía agachado, levanto la cabeza y veo a lo lejos a Roberto y a Eusebio, que se han quedado rezagados.

Eusebio le revuelve el pelo mientras caminan.

Los dos sonríen y desde aquí parecen contentos.

Yo también lo estoy. Jugamos al gusano: alguien empieza pillando a una persona; cuando lo consigue, las dos juntas tienen que alcanzar a otra.

Siguen hasta que se forma un gusano humano del que es casi imposible escapar.

Jugamos descalzos sobre el tatami, dentro del gimnasio, sudamos a salvo.

Hoy he quedado de los últimos después de haber esquivado al gusano un par de veces.

Cuando terminamos, Eusebio nos pide que nos sentemos alrededor de él formando un semicírculo.

—¿Hay alguien que sepa hacer volteretas?

Yo. Yo sé. Soy el único que levanta la mano.

Una vez más, el más rápido. No sé si primero lo digo y luego lo pienso o si es al revés.

Eusebio me pide que me acerque y yo me acerco.

A ver cómo la haces, me dice, y yo la hago ahí, delante de todo el mundo: sin dudas, sin miedo, sin contemplar la posibilidad de error.

Una voltereta que me sale limpia, recta, perfecta. Una voltereta que es un sobresaliente.

—¿Puedes explicarnos, uno por uno, los pasos que has hecho? —me mira y en sus ojos minúsculos siento que estamos de nuevo debajo del sauce llorón. Ya soy mayor, tengo que saber.

—¿Primero se pone la cabeza en el suelo y luego se rueda? Así —y trato de hacer una voltereta muy despacio que ahora me sale torcida.

—Saber hacer algo pero no saber explicarlo es de personas egoístas, Ferrer. Ven aquí.

¿Por qué me habré propuesto como voluntario? ¿Por qué no habré sabido decirlo bien? Una voltereta sobresaliente mezclada con una explicación insuficiente es solo un notable bajo.

Eusebio me pide que haga una demostración a cámara lenta para que todos puedan fijarse en cada detalle del movimiento.

Sentado sobre mis talones, rodillas flexionadas sobre el suelo, apoyo primero las manos y luego la cabeza.

Eusebio se aproxima. Desde aquí lo veo todo al revés.

No escucho lo que dice. El calor de sus manos envuelve con delicadeza mi caja torácica: la mano izquierda sobre la espalda baja; la mano derecha cubriendo el estómago y el pubis.

Su olor me pilla desprevenido. Es un abrazo disimulado, un abrazo que me altera pero que no comprendo.

Se arrima y siento cómo parece crecer cuanto más se acerca.

Estoy entre sus piernas, boca abajo. No estoy preparado. Voy a perder el control.

—¿Veis? Desde esta posición solo tenéis que dejaros llevar.

Termino la voltereta y salgo del trance. Todos nos miran. Busco señales en los compañeros de los que ya desconfío. Me pregunto qué habrán visto, pero nadie dice nada y la clase continúa.

En el momento en el que la sirena suena estamos jugando a balón prisionero. La alarma detiene el partido y nos da permiso para salir corriendo: ovejitas que huyen por si acaso viene el lobo. Desde la otra punta del gimnasio, el grito cálido de Eusebio me paraliza.

—Ferrer, ¿puedes quedarte a recoger?

Estoy al lado de la puerta, a punto de salir.

El resto, ajeno a la orden, empieza a desaparecer.

Levanto la cabeza hacia los ventanucos del techo, a cinco metros del suelo: busco el cielo y lo encuentro.

Ojalá estar allí. Durante unos segundos cierro los ojos: el sol de invierno me abrasa la piel.

La corriente me lleva al fondo del mar; la playa está vacía, el agua me cubre la nariz.

Una mano sobre mi hombro me devuelve al gimnasio. Es Roberto.

—¿Quieres que me quede yo por ti?