Despiece 7
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Podría pasarme toda la vida sintiendo el tacto de la piel agrietada y húmeda contra la lengua —los dedos blanquecinos, los padrastros blandos, las yemas deshechas—.

Me pregunto cuánto me falta para ser mayor, cómo seré.

Un bip bip discontinuo desde la muñeca me interrumpe: ya son las nueve y media.

El espejo del baño devuelve el reflejo borroso de un niño que arrastra un peine ámbar de púas finas de izquierda a derecha con las dos manos.

Lo agarro fuerte contra la cabeza: pica, duele, relaja.

Me hago la raya al lado como en mi comunión, cuando mi padre me agarró de los hombros antes de salir de casa, se puso en cuclillas y me dijo: me cague’n Déu!

, ja estàs fet tot un home, tio . Imagino que seguirá en el matadero.

Dejo el peine sobre el lavabo y con las manos me aplasto el pelo antes de secármelo.

Mientras me pongo el pijama de espaldas a la puerta entornada (ni se os ocurra encerraros en el baño) , juego a adivinar lo que está pasando afuera: mi hermana pegada al teléfono en el despacho —habla en voz baja, ríe en voz alta, enrolla en un dedo el cable rizado con sabor a goma que no debo morder—; mi madre haciendo la cena todavía vestida de blanco —el aceite caliente explotando entre la sartén y la tapa, la comida cambiando poco a poco de color; la lavadora centrifugando como si quisiera escaparse de allí—.

El secador divide el pelo en hebras castañas que parecen antenas.

Desde aquí es casi imposible escuchar otra cosa.

—¡Vicentín! ¡Ya está la cena!

El olor a carne y tomate frito inunda el pasillo. Sobre la mesa de la cocina hay un trapo doblado por la mitad; sobre el trapo, media barra de pan envuelta como un cachorrillo. Mi madre se restriega las manos en el delantal antes de acariciarme el cogote y besarme en la frente.

—No te toco el pelo, que lo llevas perfecto —me dice, y hace una pausa mientras me masajea los hombros y me pregunta cómo me he puesto el pijama rojo de dinosaurios (los dibujos gastados, las mangas solo hasta las muñecas) teniendo como tengo el azul que me regalaron en la comunión, que todavía está nuevo, ahí en el cajón.

—¿Podemos ir ya, mamá?

Antes, en el rellano, Eduardo me había preguntado si quería cenar con él.

¿Puedo, mami, puedo? ¡Por favor! Había saltado una, dos, tres, cuatro veces; había agarrado el brazo de mi madre, los dos en la puerta.

Esperaba que no dijera que no. Sí dijo: ¿estás seguro, Eduardo?

Luego: Vicentín, mira qué hora es. Eduardo estará cansado. Mejor otro día.

Él dijo mujer, no pasa nada y entonces ella aceptó con condiciones: tendría que bañarme yo solo mientras ella hacía la cena y, si a él le venía bien, pasaríamos por su casa a y media.

Cuando cerró la puerta contrajo el gesto y me recordó que no le gustaba que fuera a molestar a otras casas, que Eduardo tenía una familia a la que atender, que no había que poner a la gente en un compromiso.

Que cada uno en su casa y Dios en la de todos.

Ding, dong primero; guau, guau después. Diana abre la puerta.

La luz amarilla del rellano, tan débil, da a la escena un aire de encuentro furtivo.

Mi madre sonríe como si estuviera en el mercado; yo me comporto como los mayores y sello los pies al suelo.

Espero a que acaben de hablar mientras veo a Mosca acercarse y menear la cola como si le hubiera dado un tembleque, extasiada quizá por la mezcla de mi olor a ternera frita y a colonia Nenuco.

—Pero qué bien huele —dice Diana antes de invitarnos a entrar.

Mi madre da las gracias, pero que tiene que tender la lavadora.

Se despide antes de recordarme que les haga caso en todo, que me porte bien.

Y que en cuanto termine por favor que vuelva a casa.

Le digo sí, mamá mientras entro en un nuevo mundo en el que me fascina todo aquello que no existe en el nuestro: jarrones con flores naturales, retratos de personas jóvenes en blanco y negro, imanes en la nevera, alfombras de colores, un sofá sobre el que sentarse a la hora de la cena.

Eduardo me espera con un bolígrafo en la mano y un periódico sobre sus piernas.

Lleva las gafas redondas con cordel negro que usa para leer.

Aquí también tienen la televisión encendida, pero o el volumen está muy bajo o el sofá está muy lejos.

Le pido que me ayude mientras subo —el culo atrás, el espinazo en el respaldo, los pies colgando—.

Cuando me ve listo, me devuelve el trapo y me pone el bocadillo en las manos.

La habitación huele más a flores que a ternera.

En la televisión se han perdido unas niñas de la edad de mi hermana que van vestidas como ella.

Un trozo de carne se me cae después del primer bocado.

—Lo siento mucho —lo recojo y aprovecho para meterme los dedos en la boca.

—Para eso están los trapos. Con cinco letras, empieza por la A: provincia de Castilla y León. ¿Te la sabes?

Un día le pregunté a mi madre por qué no podía cenar todas las noches con él.

Las puertas de su mundo y del nuestro —tan parecidos, tan distintos; las dos en el quinto piso— estaban separadas por solo cuatro pasos de adulto.

Eduardo vivía con su mujer, sus dos hijas y su yorkshire enana de pelo largo: las cuatro rubias con ojos redondos; las cuatro con cara de buena —las naricitas recogidas en el centro, las bocas curvadas como un puente bajo—; las cuatro tan cariñosas.

Ahora sé que un hombre rodeado de mujeres tiene la oportunidad de ser otro tipo de hombre.

No sé si entonces fui capaz de intuirlo.