6
Son las siete de la tarde, pero ya es de noche.
Llego a casa después del entrenamiento. En lugar de caminar, corro.
Apenas peso veinticinco kilos. Mi madre dice que estoy hecho una liebre, que no es normal que mueva las piernas tan rápido, que no se sabe si he venido corriendo, saltando o volando, y que no le extraña que no coja frío aunque vaya con esos pantalones tan cortos.
Dentro de la mochila que dejo en el suelo están los libros, los zapatos y el uniforme del colegio.
Llevo puesto un reloj tipo Casio que no es Casio; también tengo una videoconsola tipo la Nintendo que no es la Nintendo.
Sonrío, respiro fuerte por la boca y pido agua (Vicentín, no muerdas el vaso con los dientes) .
Cada día, antes de volver a casa, me cronometro: hoy he superado mi récord.
En el equipo de baloncesto ganar era lo más importante.
Cada mañana, después de darle los buenos días a Cristina de recepción, pasábamos por delante del altar del colegio: a los lados, dos sofás impolutos de cuero negro; en medio, una vitrina de cuatro pisos que iluminaba decenas de copas, medallas y diplomas que habían ganado nuestros antecesores —niños que ya serían adolescentes, adolescentes que ya serían adultos— .
Dos equipos por categoría simulaban un pequeño sistema de castas extraoficial.
Sabíamos, o al menos sospechábamos, que jugar en el primer equipo aumentaba las probabilidades de sacar sobresaliente en Educación Física.
Eusebio, el profesor de la asignatura, había llegado a ser jugador semiprofesional antes de dedicarse a la enseñanza.
Uno por uno —a veces después de clase; otras, en un momento durante el recreo—, él se encargaba de reclutar personalmente a la mayor parte de los jugadores.
—Estoy seguro de que lo harás muy bien —me dijo.
Acepté a la primera. Sin titubear, sin disimular.
Antes de que se fijara en mí, yo había envidiado a los otros en secreto.
Cuando lo tuve tan cerca me sorprendieron sus ojos, demasiado pequeños para un cuerpo tan inmenso.
Emocionado, salté. Era la primera vez. Sentí que aquel momento, los dos en el poli debajo del sauce llorón, era un reconocimiento a mi esfuerzo, un paso adelante para formar parte del mundo de los mayores.
Únicamente me quedaba convencer a mis padres para que me dejaran volver solo a casa de noche; explicarles por qué ser elegido significaba tanto para mí.
En el equipo no jugaban los que sacaban mejores notas, pero sí los que recibían más cartas perfumadas en San Valentín.
Si en el aula algunos competíamos por aprendernos las tablas de multiplicar, las capitales de provincia y los tiempos verbales en inglés, en cuanto nos poníamos los pantalones cortos las reglas cambiaban.
Los apodos de los que jugábamos en el equipo solían ser juegos de palabras a partir de nuestros nombres y apellidos —Súper López, Jamón Serrano, Ferrari—; los apodos ofensivos, es decir, los insultos —Foca, Maricón, Mongol—, estaban reservados para el resto.
Nadie se metía con nosotros. Diez centímetros o cinco kilos diferenciaban a los buenos jugadores de los mejores.
Toni, nuestro pívot y máximo anotador, era más grande que la mitad de los alumnos de sexto.
Cada vez que le llegaba el balón cerca de la canasta, dos o tres niños del equipo contrario saltaban sobre él, colgándose de su brazo como perritos falderos.
Toni soltaba entonces un pequeño gruñido, pivotaba sobre sí mismo y saltaba hasta quedarse solo en el aire para tirar: atrás, adelante, un golpe de muñeca, dos puntos.
Luego, variaciones de un mismo ritual: una caricia en la cabeza, una palmadita en la espalda, un cachete en el trasero.
Eusebio venía a supervisar algunos entrenamientos.
Verlo hacer mates era un espectáculo: su capacidad de suspenderse en el aire, su envergadura de pájaro, su pecho abierto y su sombra gigantesca nos recordaban a los dibujos japoneses que echaban en Tele 5.
Él nos enseñó cómo mover el balón, cómo marcar los dos pasos, cómo utilizar fintas perfectas para enmascarar nuestras intenciones ofensivas.
Si pudiera dominar la técnica como él, quizá un día podría convertirme en jugador profesional.
Yo no tenía el cuerpo de Toni, pero sí era rápido, el segundo más rápido.
Si yo era una liebre, Roberto era un guepardo: era el único que me ganaba cada año en los campeonatos de primavera.
En los entrenamientos nos hacían jugar en equipos diferentes y en los partidos oficiales solían sustituirnos a uno por el otro.
Teníamos un estilo de juego muy similar —con matices: él, más atlético; yo, más combativo—.
En nuestros mejores días revolucionábamos partidos, rompíamos caderas y recorríamos la pista arriba y abajo aprovechando la inexistencia del fuera de juego.
No éramos los mejores amigos, no sacábamos las mismas notas, pero algo en mí sabía que estábamos destinados a compartir equipo.