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La imagen de Cristo que preside el dormitorio de mis padres no me quita ojo mientras hablo por teléfono.

Dios bendiga esta casa . Hago equilibrios con un pie sobre las iniciales de la familia bordadas en la colcha blanca; con la cabeza acaricio las lágrimas de cristal de la lámpara del techo.

Vale, papá. Sí, claro que sí, papá. Antes de que llegue tengo que comer algo, hacer la cama y recoger los trastos.

No hace falta que me duche. Bajo despacio como las personas, cuelgo el teléfono, estiro la colcha y me doy cuenta de que tengo los pies negros.

Miro a Cristo y me pregunto si realmente estamos bendecidos.

El olor a Ducados se asoma por la puerta.

¿Cómo está el hombre de la casa? Salto a los brazos de mi padre, que me levanta apenas unos centímetros antes de soltarme de nuevo: ya peso más que un gorrino.

Desde arriba me pregunta si he almorzado y respondo que dos petisuís , pero no le digo cuándo.

Por el amor de Dios. ¿Son las tres de la tarde y vas por el mundo con dos petisuís ?

Anda, haz el favor de comer algo: unas rosquilletas, un Cola-Cao, lo que sea.

Vale, vale. Se sienta —las piernas separadas dentro de los pantalones de pana, los bajos descoloridos por la lejía—, saca una libreta vertical de hoja cuadriculada y, en letra de médico, sé sin verlo que escribe sobre corderos, terneras y cerdos.

Me sirvo leche fría en una taza grande y me la bebo de un trago delante de él.

¡Que te va a dar algo, muchacho! Voy a por las zapatillas con velcro y paso por la puerta de su habitación.

Al menos no ha visto la colcha. Estoy listo.

¿Estamos listos? Venga, que la mamá y la teta están solas en el mercado.

En el Nissan ponemos la cinta con los grandes éxitos de Juanito Valderrama (yo soy un pobre emigranteeee…).

Retenido por el cinturón de seguridad, mirando cómo le brillan los ojos mientras canta (…y vengo a esta tierra extrañaaaa…) , sonriendo yo también como por contagio, me pregunto por qué no escuchará música en casa (…en mi pecho un estandarteeee…) , por qué no irá con mi madre a ningún concierto (…con la alegría de Españaaaa) .

—Entra tú mientras voy aparcando, chiquitín.

El olor a bacalao seco impregna el ala oeste del mercado.

Es un edificio rectangular de hierro y ladrillo con techos altos acristalados, tan altos como una muralla, tan altos que nunca entendí cómo era posible limpiarlos.

La parada está en el medio, frente a la fuente baja de la que solo beben el tipo de personas que acuden a última hora, cuando las clientas habituales están en casa cocinando (¿tú sabes qué pena no tener para comer?).

Unos metros por encima de la cabeza de mi madre, grabado sobre un bloque de azulejos valencianos, me detengo en la inscripción que ya conozco: Carnes selectas Vicente y Domi .

Vigilo el puesto desde lejos, oculto tras la pirámide de mandarinas de la frutería de Augusto.

Dolores, la hija mayor de Marisa la del pollo, me saluda mientras limpia el cristal del mostrador.

Desde el escondite veo a mi madre vestida de blanco, adornada con la cofia y mostrando la expresión plácida de una artesana experta.

Agarra con delicadeza un trozo de carne robusto y alargado, lo pone sobre una de las tablas de cortar, lo sujeta como si sujetara un pescuezo; su brazo se mueve, el cuchillo se desliza, las rodajas brillan como si estuvieran vivas.

Me acerco poco a poco. Estoy casi al lado, pero ella todavía no me ve: solo tiene ojos para el lomo.

Me detengo primero en sus manos enrojecidas; luego en el trabajo mecánico que marca su bíceps derecho.

Algunos pedazos de sangre reflejan la luz que llega desde el techo. Al fin levanta la cabeza.

—¿Quién ha venido a verme? —el cuchillo y el cerdo, todavía en la mano—. Conchín, ¿conocías a mi hijo?

—¿Este es tu niño? Mare meua qué major! ¿Tú también vienes a ayudar a la mamá?

La mamá se acerca a darme un beso —los labios calientes, las mejillas frías—.

Tiene que seguir atendiendo (a las clientas siempre hay que tratarlas bien, aunque vengan a comprar dos huesos.

Hay que despachar con una sonrisa, aunque ese día estés jodida) .

Ve a por la teta, que ha ido al bar a tomarse un café.

Elijo el camino largo para no cruzarme con Encarna, la otra carnicera del mercado.

Abrazo a Silvia por detrás, por sorpresa.

Ella baja a mi altura para devolvérmelo.

Se termina el bombón de un trago, se despide y volvemos cogidos de la mano por el mismo camino.

Cuando llegamos a la parada la clienta se ha ido y mi padre le habla a mi madre desde afuera.

—¿Son las tres y media y todavía estáis así?

—Llevamos desde las seis de la mañana sin parar, Vicente. Más rápido no puedo ir.

—¿Cómo os ha ido ?

—Ciento treinta.

—¿Ciento treinta? Menudo desastre, Dominga.

Mi hermana interrumpe dándole dos besos a mi padre.

—¿Puedo llevar al nene a por una horchata?

—Que vaya él, Silvia. Tú ayuda a tu madre, que a este paso nos quedamos aquí hasta mañana.

Hasta llegar a la salida camino por delante de una pescadería, una panadería y dos fruterías (saluda siempre, por si acaso).

En cada puesto trabajan dos o más personas que se parecen: algunas veces comparten sangre; otras, el tiempo ha terminado por mimetizar sus facciones.

Cada rostro es el mapa de una familia; cada familia es la imagen de un negocio; cada negocio, una forma de ganarse la vida.

Los mismos de siempre, desde siempre. Tenemos que estar muy agradecidos a la carne.