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Padrenuestroquestásenloscielossantificadoseatunombrevengaanosotrostureinohágasetuvoluntadasíenlatierracomoenelcielodanoshoynuestropandecadadíaperdonanuestrasofensascomotambiénnosotrosperdonamosalosquenosofendennonosdejescaerenlatentaciónylíbranosdelmal, amén.

Cada mañana, antes de empezar las clases, rezábamos un padrenuestro.

Lo recitábamos de pie, bien rectos, de memoria y todo seguido, como si fuéramos muñecos de madera a los que alguien hubiera dado cuerda por la espalda.

Treinta niños por clase, tres clases por curso, ocho cursos de EGB.

Los profesores —don para los hombres; señorita para las mujeres— leían con paciencia de ganadero el nombre y los dos apellidos de cada alumno.

Tras cada línea de la lista, una mano se alzaba y una boca pronunciaba presente.

Treinta veces como treinta espejos y cada día un déjà vu de más de setecientos niños invocando a Dios Nuestro Señor.

Los chicos llevábamos pantalones largos; las chicas, falda por debajo de las rodillas.

El uniforme, diseñado para difuminar nuestras diferencias, era incapaz de detener el avance de los cuerpos: mientras que las faldas de las chicas de séptimo y octavo parecían acortarse con el tiempo, nuestros pantalones se hacían cada vez más estrechos.

Dejarse el pelo demasiado largo, ponerse joyas demasiado vistosas, llevar la camisa mal puesta —los botones desabrochados, los faldones por fuera— o usar zapatillas en lugar de zapatos eran algunas de las amenazas más graves contra el decoro.

La homogeneidad estética era tan efectiva que terminaba por alcanzar nuestros deseos: incluso en nuestra obsesión por querer ser diferentes nos parecíamos al resto.

El paso por aquel lugar había hecho de mi hermana una experta en sobresalir.

Asomo la cabeza a su habitación y la veo tumbada en su cama de noventa leyendo la Súper Pop .

Distingo a Dylan en la portada acompañado de un titular en grande: Luke Perry nos cuenta su primera noche de amor con Brenda .

Le doy el último bocado al Donut antes de saludarla.

Ella aparta la revista de la cara —sus cejas finas, sus ojos despiertos— y la deja sobre sus dos pirámides puntiagudas.

Me pregunto si ya habrá tenido su primera noche de amor; si me faltará mucho para vivir la mía.

—Oye, tete , ¿por qué no te haces el pelo como Dylan?

La habitación está empapelada con pósteres gigantes de Sensación de vivir.

—No sé —le digo—. ¿Tú crees?

—Sí, vas a triunfar. Las de clase se van a pelear por ti. Te llevo ahora a la pelu y le damos una sorpresa a la mamá para cuando venga. Le va a encantar.

Mi hermana tenía razón (madre mía, pero qué niño más bien parido. Deja que te vea). Aquella noche me metí en la cama creyendo que por fin me había convertido en el niño más guapo del mundo, ansioso ante el gran día que estaba a punto de vivir .

Después de desayunar, mi hermana me cubre de laca y yo me tapo la nariz.

Con el pelo rígido como un casco me siento como un caballero.

Llego al aula solo un minuto antes de las nueve, cuando la clase ya está llena.

Antes de entrar pienso de nuevo en lo maravilloso de este momento.

Me detengo un par de segundos en el quicio de la puerta; desde allí busco las primeras miradas.

En el centro, al lado de su mesa, me encuentro a la señorita Carmen de pie, rígida como un mandamiento.

—¿Qué te han hecho en el pelo, Ferrer? —habla y sus brazos dejan de estar cruzados para ponerse en jarras. El volumen de su voz se acerca al grito sin alcanzarlo. La clase se contrae.

—¿Le gusta, señorita Carmen?

—Pareces un gorrión sin plumas —formula la frase sin apenas inmutarse; cuando la termina, sonríe en dirección a mis compañeros. Entonces comienzan las carcajadas. Todavía puedo escuchar el coro griego repitiendo la broma, las voces peleando por llegar hasta mí.

Evito enfrentarla y me recreo en su pelo negro negrísimo, largo larguísimo, que lleva recogido en una trenza gruesa que le nace desde la nuca.

Ahora rastreo su cara salpicada de un rubor mate que incluso a los ocho años ya entiendo que es artificial.

Llego a sus ojos y un pensamiento que es una revelación me sube desde el estómago como una arcada: quisiera agarrarla por la trenza y arrastrarla por el suelo, verla sufrir, oírla gritar.

Ojalá pudieras leerme el pensamiento, me digo, pero no digo nada y solo sonrío con mis dientes desordenados como si a mí también me hubiera hecho gracia (tienes que portarte bien en el colegio. Hacer siempre caso a los profesores) .

La señorita Carmen es la única que lleva gafas de sol en el patio; la única que viste de negro.

Aquella mañana, después del padrenuestro, me ofrezco a escribir con mi mejor letra, de puntillas, la fecha del día en la pizarra.

De vuelta a mi pupitre me tropiezo y caigo contra su cuerpo.

Su olor me recuerda a mi madre, pero me digo que no es posible.

—Lo siento.

En el descanso, algunos niños correrán detrás de mí al grito de gorrión.

Un par de ellos lograrán ponerme la zancadilla; otros me darán golpes en el pescuezo.

Ese día me encerraré en el baño y esperaré allí hasta que sus voces se apaguen.

Escondido en aquel cubículo sombreado y fresco, abrazándome las rodillas sobre la tapa del váter, imaginaré a la señorita Carmen limpiándose el culo con el pelo; me preguntaré si su marido la habrá abandonado o si su marido estará muerto, acompañando a Dios Nuestro Señor en el reino de los cielos.