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Hasta que yo aparecí en escena, mi hermana vivió pegada a un peluche de lana que imitaba la forma de un borrego y al que llamaba «mi hermanito». Por las mañanas, lo peinaba y le daba de desayunar; por las noches, le cantaba una nana y lo abrazaba debajo de las sábanas.

— Tete, tú naciste porque yo te pedí. ¿Verdad, papá?

—No, Silvia. El Vicentín nació de pura chiripa. Después de verte la cara ya no queríamos más hijos.

Cuando la chiripa llegó a casa, mi hermana pidió que tirasen el muñeco a la basura. Ya tengo un hermanito de verdad, dijo.

Mi madre se casó con mi padre en invierno —ella, a cara lavada; él, con su primera corbata—.

En el viaje de novios recorrieron Andalucía en un Renault 8 alquilado, visitaron la Alhambra (aquello es una pasada de bonito) y pasaron varios días en el pueblo manchego donde mi madre se crio y donde los primos organizaron en su honor una matanza del cerdo.

Comieron y bebieron como animales. Hacía menos de dos años que Franco había muerto.

Cuarenta semanas después de la ceremonia nació mi hermana, la teta Silvia (dieciséis horas de parto, más de cuatro kilos de niña. Creía que me moría) .

Mi padre compró una cámara Polaroid para celebrar el nacimiento de su primogénita.

En los álbumes de la familia mi hermana sonríe recién nacida sobre la cama, sonríe vestida con su primer pijama, sonríe tomando la merienda sobre el regazo de la yaya Teresa, sonríe abrazada a mi padre, sonríe disfrazada de Cleopatra.

Es una sonrisa que transforma sus ojos en dos líneas horizontales muy finas, sus mofletes en dos pelotas perfectas; una sonrisa enmarcada en sus labios ya perfilados desde bebé; una sonrisa que ilumina cada fotografía.

Llegué demasiado tarde para las Polaroids.

En una visita al matadero, mi padre resbaló y se cayó por un piso de escaleras metálicas: salió ileso del descalabro, pero el aparato quedó destrozado.

En la última instantánea cuadrada se distingue una ristra de cerdos abiertos en canal, sin cabeza y boca abajo.

Los puercos cuelgan de las patas, atravesados por ganchos de acero.

La bata blanca ensangrentada de un carnicero interrumpe la mancha uniforme de sus cuerpos. En el suelo brilla un gran charco rojo.

Nací en medio del trabajo. En los seis años previos, mis padres habían adquirido dos carnicerías más y una furgoneta para repartir la mercancía.

Producían embutido artesanal para pequeños y medianos comercios y empleaban a un hermano y dos sobrinos de mi padre.

En ese tiempo la familia de mi madre se marchitó: el día que Silvia cumplió ocho años, la yaya Teresa murió de cáncer.

El abuelo Francisco la siguió pocos meses después.

Mi tío Agustín enfermó. De repente ya no había tiempo.

De esa época apenas hay imágenes. Las fotos de la primera comunión de mi hermana son el único oasis gráfico de la familia en aquellos años.

Mi madre aprieta los labios (no podía ni pensar) ; mi padre adelanta los hombros (de lo delgado que estaba se le transparentaban las orejas).

Mi hermana, una princesa miope de caderas rectas, me agarra de la mano con su guante blanco de encaje.

Yo sonrío chimuelo, empapado en mi propia saliva. Ahí todavía era un poco rubio.

Cuanto mayor se hacía mi hermana, más pequeña se hacía la familia; cuanto más pequeña se hacía la familia, más trabajo tenían mis padres; cuanto más trabajo tenían mis padres, más tiempo pasábamos solos.

Mi hermana terminó por convertirse en mi cuidadora.

Crecimos muy juntos, casi siempre adorándonos.

—¡Vaca marina con patas!

—¡Conejo! ¡Eres tan feo que das miedo!

—¡Fea tú! ¡Asquerosa!

—¡Vicente niño repelente con orejas de Dumbo!

—¡Gorda de mierda!

—¡Más vale gorda y hermosa que flaco y asqueroso!