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Cuando estaba de buen humor, a mi padre le gustaba decir que mi madre tenía mala leche.

De pequeño me daba miedo por ella. Pensaba que su leche estaba agria o, peor, podrida: como si la suya fuera la leche de una vaca enferma.

Yo nunca pude probarla. Mi madre contaba que mi hermana mayor se la bebió toda y que para cuando yo nací sus pechos ya estaban secos: dos trozos de carne abandonados al fuego.

—¿Has visto qué tipín tengo ahí ? De joven era todo tetas y piernas.

—¿Cuántos años tenías en esta, mamá?

—Esa es de antes de que naciera la Silvia. Debía pesar cuarenta y ocho kilos.

Cada cierto tiempo, como en un arrebato, alguien en casa abría el cajón del mueble del recibidor donde guardábamos las fotos.

Apenas sabíamos qué hacer con las caras que protagonizaban las familias de nuestros padres: abuelos y bisabuelos que casi no habían conocido; tíos y primos en blanco y negro que mi hermana y yo nunca habíamos visto en persona; hermanos y sobrinos con los que coincidíamos una vez al año, en la comida de Navidad.

Después de unos minutos, los mismos personajes de las mismas anécdotas terminaban como siempre: amontonados unos sobre otros dentro de grandes bolsas de plástico.

—Venga, recoged eso. Vicentín, ¿qué quieres que te haga la mamá para cenar?

—¿Qué hay? —me acerco hasta la encimera y meto la cabeza por debajo de su brazo—. Huele muy bien —no sé cómo huelen las otras madres, pero sé que la mía huele diferente. A rosas. A rosas mezcladas con carne fresca y sudor seco.

—Lo que quieras. Hay de todo. A la Silvia le voy a hacer unas chuletitas de cordero y un huevo frito. También te puedo hacer unas cortaditas de solomillo de ternera o de lomo adobado de la parte de atrás, que sale riquísimo.

Me habla sin perder de vista un volcán en erupción, humeante y pastoso.

El tomate salpica las baldosas de porcelana; su cara también brilla.

En invierno cocina con la ropa del trabajo: faja, jersey de lana de cuello vuelto, camiseta interior, delantal y cofia de rejilla.

Dice que de tocar la carne y de abrir y cerrar las cámaras se le mete el frío en los huesos.

Alguien en la televisión grita. Yo también tengo frío.

—¿Puede ser un bocadillo de longaniza con patatas?

—Cariño, ya cenaste eso ayer. ¿Te hago mejor unas hamburguesitas?

—¡No, por favor! ¡Longanizas!

Si por mí fuera, habría comido longanizas con patatas todas las noches de mi vida.

Mi madre echa el embutido en la sartén a fuego fuerte cuando el aceite se calienta; en otra sartén fríe las patatas con unos dientes de ajo y las cubre para conservar el calor (hay que ir removiéndolas poco a poco con un tenedor de madera.

No hay que utilizar nunca la espátula de metal para las sartenes, que las destroza y luego ya no sirven) .

Una vez crujientes, aparta las patatas, empapa el pan en la grasa y luego las recuesta sobre una de las dos rebanadas. Un colchón dorado para las salchichas.

De pequeño mi madre perfeccionó un ritual para acostarme antes de ir a dormir: me bañaba a pesar de mis quejas (¿tengo un hijo o tengo un gorrinito?) , me ponía el pijama, me pasaba el secador por todo el cuerpo, me peinaba frente al espejo, me echaba colonia, me mentía (¿quién es el niño más guapo del mundo?) , me cubría hasta el cuello con el edredón, me cantaba una nana corta (duérmete niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá) , me daba un beso en la frente y apagaba la luz (te quiero).

El olor a tocino frito nos arropa. Mi madre me acerca el bocata sobre un plato con una mano; con la otra me pone un trapo en las rodillas.

—Sopla si quieres que quema mucho.

Agarro el trofeo y me lo llevo a la cara.

Abro la boca todo lo que puedo y exhalo sobre él.

No puedo resistirlo más y me lo meto dentro: el pan se reblandece antes de tocar la lengua y entonces arranco el primer trozo.

Mastico mientras exhalo —ahora son exhalaciones profundas—.

Trato de morder sin apretar demasiado. Mi madre observa un espectáculo que transcurre sin sorpresas hasta que un mordisco fuerza la improvisación: el aceite caliente escondido dentro de una longaniza me explota en el paladar.

—¡Ay, quema!

—¡Es que eres un bruto! No dirás que no te lo había avisado .

Es verdad que quema, pero para cuando termina la frase ya he conseguido tragármelo del todo.

Ella no dice nada, pero me mira fijamente y despliega la sonrisa cuando ve que no hay peligro.

Soplo el pan y abro la boca de nuevo. Exhalo en tiempos de tres: exhalo, exhalo y exhalo.

Cada golpe de aire me une más y más a mi manjar.

En este momento estamos él y yo solos en el mundo.

En este momento eso es lo único que me importa.