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Mi padre solía decir que éramos carne de su carne, sobre todo cuando hacíamos cosas que él consideraba buenas: sacar sobresalientes en el colegio, ganar medallas en alguna competición o repetir alguna de sus frases favoritas —«el que no guarda cuando tiene no come cuando quiere», «el dinero no cae de la chimenea» o «quien la hace, la paga»—.
Me esforzaba por utilizarlas cuando discutía con mi hermana, cuando trataba de impresionar a mis compañeros en clase o cuando quería que mis padres se sintieran orgullosos de mí.
En su repertorio personal también había otras que me costó más tiempo comprender: «muerto el perro se acabó la rabia», «cuando tú vas, yo ya he ido y he vuelto» o «en el mundo hay gente muy mala».
No sé si fue por la influencia de los dibujos animados o por el deseo de llevar la contraria, pero desde pequeño me acostumbré a ponerme en la piel de otras personas, incluso de aquellas que los demás consideraban despreciables.
—Pero qué barbaridad.
En las noticias están hablando de un carnicero americano al que han metido en la cárcel. Mi padre sube el volumen del televisor.
—Papá, ¿por qué ese hombre ha hecho eso ?
—No lo sé, hijo, pero es una monstruosidad.
—¿Se los comía de verdad?
—Eso han dicho. ¿O es que no lo has oído? Lo que está claro es que quien la hace, la paga.
—A ver, una pregunta: ¿por qué está prohibido comer personas?
—¿Pero qué dices, Vicentín?
Me llamo como mi padre. Me gusta llamarme como mi padre. De puertas para afuera soy Vicente; de puertas para adentro, Vicentín. A veces me llamaba mi chico rico, el hombre de la casa o mi gorrinito.
—Eso, que por qué no se puede. Los animales por ejemplo sí que se pueden comer.
—Pero es que los animales están ahí para eso. ¿Qué haríamos si no? ¿Cómo íbamos a pagar las facturas?
No se me ocurre nada, pero sé que no espera respuesta porque ha devuelto la vista a la pantalla. Es verdad. Sería raro comerse a una persona. Le acompaño sin decir nada mientras las noticias continúan. Todo parecen desgracias hasta que la sección de deportes me recuerda el próximo partido.
—¿Este sábado vendrás a verme jugar?
—Imposible, cariño. El papá tiene que hacer embutido todo el día.
La forma de su labio superior es un interrogante escondido detrás de su bigote oscuro; sus párpados demasiado pesados ya han comenzado a taparle los ojos.
Yo no heredaré la posibilidad de disimular ningún centímetro de mi boca, pero en mi rostro esos párpados terminarán por recorrer un descenso parecido.
—¡No es justo! ¡Me prometiste que vendrías !
—No digas que te prometí nada porque eso no es así.
—¡Nunca venís a verme! ¡Me prometiste que vendrías!
—Me cago en la hostia: ¿prefieres que te lo diga por las malas? Anda, ve a tu habitación y déjame tranquilo.
Quiero dar un portazo, pero no me atrevo.
Me dejo caer sobre la colcha a rayas verticales azules y blancas y coloco la cara sobre el centro de la almohada redonda con forma de timón.
Empujo la boca contra la tela como si alguien quisiera asfixiarme y empiezo a gritar hasta que me quedo sin aire.
Nadie me escucha, nadie me ve. Respiro de nuevo y me pongo boca arriba: la lámpara es una escafandra y verla me recuerda a lo que mi hermana dijo cuando llegaron los muebles de mi habitación.
—Tete, tu cuarto es como un camarote.
En el escritorio y en el armario, en la mesita de noche y en el sifonier, el mismo mensaje: Barco 1847.
Las reglas de la nave: hay que hacer la cama antes de desayunar; los cajones tienen que estar ordenados por dentro; las puertas del armario han de permanecer cerradas con llave; la puerta de la habitación, siempre abierta.
«Donde hay capitán, no manda marinero», otra de las frases que le gustaba repetir a mi padre.
Giro la cabeza. Con la vista todavía borrosa, distingo el único cuadro que adorna las paredes.
Dos fotografías dividen el espacio: a la izquierda, el retrato de estudio de la primera comunión de mi padre; a la derecha, el de la mía.
Los dos estamos sentados con las piernas cruzadas, los dos vestidos de marinero.
—¡Joder, es que somos clavaos ! Está claro que hijo del pescadero no eres.
—¿Ahí ibas al colegio como yo ?
—¿Al colegio? Chaval, a tu edad estaba recogiendo naranjas en el campo.
Un día le pidió a mi madre que nos fotografiara delante del cuadro.
En la imagen aparecemos sobre la cama, mirando de frente, repeinados y vestidos con ropa de domingo —sus pantalones de poliéster con la raya planchada, mis zapatos negros tan brillantes que parecen de charol—.
Con el brazo izquierdo me acurruca en su pecho: sonríe como si hubiera ganado el partido de su vida.
—¿Has visto qué chulos salimos? Me ha costado un riñón, pero ha valido la pena por tener el recuerdo de mi chico rico con su padre.
—De tal palo, tal astilla, papá.