Despiece 2019 — 2023 #3
100%

2019 — 2023 #3

—En veinte minutos más o menos. Te da tiempo, ¿no? ¿Cómo vas de hambre? Tu padre ahora viene que ha ido a por pan que me faltaba y la Silvia dice que llegará justo para comer. ¿Ya tienes todo listo? Que no se te olvide nada.

La dejo metiendo la cazuela de barro en el horno y voy al salón.

Sobre la mesa me detengo delante del retrato de boda de los carniceros; a su lado, los retratos de comunión de la princesa con miopía y de su hermanito.

Levanto la cabeza y el gran espejo que cubre casi por completo una de las paredes de la habitación me devuelve el reflejo de un hombre; detrás, observo el mueble aparador lleno de puertas cerradas que no abro desde hace años.

Me acerco a él pensando en lo que hay dentro: la cubertería de plata que usamos en Nochebuena —cada pieza envuelta en papel de periódico para evitar que se ponga negra—, las botellas de cava que aguardan las celebraciones que nunca llegan, los juegos de mesa y el tablero de ajedrez que me regalaron mis padres cuando era pequeño.

Ignorando el tiempo, me detengo y tiro de uno de los cajones.

Dentro, me recibe un caos hasta entonces invisible.

Hay muchos papeles desordenados de varios gramajes y colores —anotaciones a mano, recibos de compra, cuadernos de notas de la carnicería, un calendario de bolsillo de 2007—.

De debajo del montón saco uno de esos álbumes Kodak que Eduardo nos regalaba cada vez que revelábamos los carretes en su estudio.

En la primera página, la versión más adolescente de mi hermana mira de frente, sentada de lado sobre mi cabeza.

Entre su trasero y el asiento del sofá se aprecia mi sonrisa.

Más adelante, Silvia sale junto a otra adolescente que logro reconocer después de tres o cuatro oportunidades.

Ahí caigo en que es la prima Fani, y me parece sentir de nuevo la textura sedosa de su pelo negro, el olor a su colonia de vainilla, el entusiasmo de sus vocales tan abiertas.

En la imagen posa con mi hermana, las dos vestidas con pijamas de verano.

Había venido del pueblo para quedarse en casa unos días; debió de usar la otra cama de noventa que Silvia tenía en su cuarto, la cama donde yo dormí hasta que hice la comunión.

Hacia el final me encuentro con una instantánea que no recuerdo haber visto antes.

Es el plano medio de un niño que lleva la única camisa de su armario y su jersey favorito anudado a la cintura —la lana, rígida y áspera; granate y fría—; el corte de pelo castaño, muy brillante, le da un aire de fraile novicio.

Está mirando a cámara: las comisuras de sus labios se alargan hacia arriba hasta rozar los pómulos; el gesto estructura su cara y rasga levemente sus ojos.

Me detengo allí unos segundos y espero paciente hasta que comienza un movimiento.

Siento el calor de cada uno de mis padres sujetar cada una de mis manitas; paseamos por el antiguo cauce del río Turia vestidos con los conjuntos en colores pastel de algunos domingos.

En un pestañeo el parque desaparece y ahora es mi hermana la que me sostiene: estamos sentados sobre la colcha de flores que cubre su cama, mi espalda contra su pecho.

Ella asoma la cabeza por detrás de la mía: por debajo de la camiseta, sus manos me hacen cosquillas en la tripa; yo interrumpo la risa para suplicarle que me deje en paz.

En cuanto lo digo comprendo que no quiero que se vaya nunca; en cuanto lo digo comprendo que se precipita el fin.

Estoy solo, de pie. Soy yo, adulto, vestido con bata y botas de goma, finalmente de mi talla.

La luz blanca de los tubos fluorescentes del techo ilumina la fábrica de embutidos, ahora vacía.

Al fondo de la estancia identifico el interruptor encendido de la cámara frigorífica.

Casi treinta años después consigo abrir la puerta: el aire a cero grados perfectos atraviesa la piel de mis mejillas.

Al fondo, apoyado en una esquina, el niño de la foto me devuelve la mirada.

—¿Estás bien?

Sin esperar una respuesta voy hacia él. Por el camino dejo atrás algunos pedazos de carne. De cerca, las cicatrices en su cuerpo parecen cada vez más profundas.

—No te preocupes —le digo—, vengo a sacarte de aquí .

—¿No estás enfadado conmigo? —me responde. Levanta la cabeza y yo ya estoy a su lado, a su altura, en cuclillas. Tiene los dientes rojos. Sin avanzar, extiendo mis brazos en una invitación que él acepta enroscándose sobre mí. Lo rodeo y lo siento: el niño está en los huesos.

—Perdón —me dice. En medio del llanto me sorprende su cuerpo, tan cálido a pesar de todo.

—Soy yo el que tiene que pedir perdón.

El abrazo dura unos segundos que quisiera que fueran años, pero ni las emociones ni los recuerdos tienen la capacidad de detener el tiempo. Las respiraciones se ordenan, los sollozos se mitigan, las lágrimas se secan. Poco a poco, nuestros cuerpos se despegan. Nos miramos a los ojos, muy al fondo.

Allí la distingo.

Reconozco la fortaleza íntima de una ola sumergida en el tumulto de un océano.

Es una ola que nunca se ha asomado a la superficie, que existe gracias a su fuerza centrípeta, que después de tantos años todavía anhela reflejar el sol y crecer con el viento; que un día quiere fundirse con la arena en un hilo ondulado de espuma que llegue a fecundar la tierra.

Los dos suspiramos después del recuerdo. Los dos con la mandíbula al fin relajada.

—¡Vicentín! ¡A comer! —el grito de mi madre interrumpe el trance.

Podría llegar hasta la cocina con los ojos cerrados siguiendo el rastro de las morcillas fritas y las costillas de cerdo.

Sin soltar el recuerdo camino hacia allí.

Dentro de mi boca todavía entreabierta comienza a formarse una balsa de saliva que poco a poco me levanta la lengua.

Cuando llego a la puerta corredera, mis padres y mi hermana me esperan sentados alrededor de la mesa, presidida por mi arroz favorito, adornado con patatas, garbanzos, una cabeza de ajos y un tomate cortado en rodajas.

—Mirad a quién me he encontrado.

Les muestro a ese niño, al hombre de la casa, a su chico rico, a su hermanito.

Sujeto los bordes con la punta de los dedos: con cuidado de no dejar mis huellas, la imagen a la altura de sus ojos.

Solo entonces descubro, en el reverso de la fotografía, la inscripción que hasta ahora había permanecido oculta, las dos palabras que alguien decidió escribir y que han quedado grabadas contra el olvido, quizá esperando que alguien, un día, pudiera reconocer el alcance de su significado: septiembre 1992.