1994 — 1996 #2
Avanzo por delante de Vanessa, por el lado de la sombra, hasta que giramos la esquina por el carrer dels Llauraors.
El olor a campo rivaliza con el aroma que proviene de los doce naranjos en línea recta que adornan el camino.
A la altura del sexto árbol vemos a una señora sentada dentro de un bajo; a su alrededor, montañas de cebollas: kilos y kilos de cebollas dentro de cajas de plástico, metidas en sacos de rafia, inertes sobre el suelo.
Y esa peste a naturaleza muerta. Ignoro su mirada, pero escucho cómo le pregunta a Vanessa qué li ha passat al xiquet .
Salto a la calzada sin mirar atrás y me concentro en la geometría imperfecta de los adoquines medievales que desembocan en la iglesia.
Ya han pasado tres cuartos de hora desde que salimos.
—Gracias, Vanessa. Me voy por aquí —señalo la dirección opuesta hacia la que ella camina.
—Nos vemos en el colegio —me dice, pero me giro antes de que termine y doy gracias a Dios por estar solo. Busco las llaves de casa en el pantalón, las agarro fuerte y corro con la cabeza gacha hasta llegar al portal.
El ascensor de puertas automáticas y luz blanca tarda once segundos y medio en subir los cuatro pisos.
Hoy evito la imagen que me devuelve el espejo.
Al salir, la llave cuadrada se desliza por la cerradura como si estuviera húmeda.
Una puerta de categoría, había dicho mi padre.
¿Hay alguien en casa? ¿Papá? ¿Teta? El silencio de siempre me consuela.
Dejo la mochila en el suelo y corro al teléfono sin saber muy bien qué voy a decir.
—Mamá .
—¿Dónde te has metido? Ven, que tienes que llevar el paquete.
—¿Cuándo llegas a casa, mamá?
—Me queda todo por fregar. ¿Qué pasa?
—Es que me he peleado.
—¿Cómo que te has peleado? ¿Con quién? ¿Estás bien?
—Me duele un poco el ojo.
—Dios mío, ¿yo qué te he hecho? Corre y ve a ponerte hielo.
—¿Me puedo poner algún trozo de carne?
—No digas tonterías. ¿Quién va a llevar el paquete ahora? Espera a que llegue tu padre, que yo no puedo moverme de aquí. ¿Te duele mucho?
—No. No me duele casi.
El hielo quema tan cerca de la cara. Paseo hasta mi habitación, me asomo dentro del armario y acaricio con la cabeza la ropa que cuelga de las perchas.
Cuando la saco y cierro la puerta, veo cómo el niño del espejo se sujeta el codo con la mano izquierda: las gotas, ya tibias, se deslizan por el antebrazo.
Voy a la habitación de Silvia y me siento en su cama, con cuidado de no mojar la colcha. Ojalá estuviera aquí.
En la pared hay un corcho con varias fotos de carnet que empezó a hacerse en el instituto: en cada una parece una persona distinta.
En mi favorita lleva el pelo amarillo Piolín, muy cortito.
Aquel acto de valentía le duró una noche: mi padre no iba a permitir que fuera con esas pintas mientras viviera en su casa.
—¿Quién anda por aquí? —a la voz cavernosa de cada día se le añade el sonido de un portazo delicado.
Me acerco a saludarle mirando al suelo—.
¡Hola, campeón! —entonces pienso que quizá no sea para tanto, pero enseguida el tono de su voz se quiebra—.
¿Qué te ha pasado? Deja que te vea —me agarra de los hombros—.
Vamos a la cocina, que ahí hay más luz —se sienta en el borde de la silla, el tronco inclinado hacia mí, su cara enorme—.
Ven aquí —cierro los ojos sin apretarlos; el olor a tabaco me arruga la nariz—.
Venga, levanta un poco la cabeza y mírame —al abrirlos descubro una nueva línea vertical que divide su frente; con dos dedos de su mano eleva mi barbilla—.
¿Alguien te ha pegado? —respondo sí en el tono más bajo que puedo: apenas un susurro, la mirada enroscada en su bigote—.
Me cago en la hostia. Menudo destrozo te han hecho.
Deja que te ponga más hielo y cuando llegue la mamá que te lo mire bien.
Recoge los restos de la cubitera y los envuelve en un trapo. No me muevo si no me dice que me mueva. Con la mano izquierda, la mano del cuchillo, coloca con cuidado la bolsa sobre mi ojo derecho.
—Ay, mi pingüino. ¿Te duele?
Del ojo se me escapa un lamento que mi padre recoge con el pulgar.
—Venga, que no pasa nada —dice—. No llores, que ya eres un hombre —en la textura de su voz recibo una caricia que diluye el miedo.
Desde el estómago, un golpe de calor trepa por la garganta y sube hasta desbordarse—.
Venga, campeón, que los hombres no lloran —entonces me atrae hacia sí: mi nariz roza su nuca, mis dedos se arrastran por su chaleco.
Poco a poco los sollozos dan paso a los suspiros y es entonces cuando el nudo se deshace.
—¿La mamá ya lo sabe? —me pregunta. Le digo que sí, que lo primero que he hecho ha sido llamarla, pero que no he podido llevar el paquete. Quiere saber cómo ha ocurrido. Quiere saber qué he hecho. Quiere saber si yo también le he pegado.
—No —le respondo—, no he podido. Salimos en grupo del colegio y cuando llegamos al sitio me quedé quieto. No quería pegarle. No podía moverme. Entonces me pegó él.
—No sé qué decirte, hijo mío. Tienes que aprender a defenderte —siento su mirada, pero no se la devuelvo—. Anda, sujétate eso y ve a tu habitación, que voy a llamar a la mamá.
Tumbado en la cama descalzo, acurrucado como un calcetín en el suelo, todavía puedo sentir cómo sus palabras me retumban por dentro.
Entonces quiero levantarme corriendo y decírselo: vosotros tenéis la culpa.
¿Por qué no me hicisteis caso? Si me hubiera quedado con Fernando nada de esto habría pasado. Fernando me habría defendido.
Mi vecino Fernando.
La última vez jugamos al globo en la calle, empapados en un sudor todavía dulce —nuestras hormonas inhibidas, tímidas—.
Vente a mi casa un momento, le dije. Dentro, todo seguía igual: las camas hechas, la puerta del salón cerrada, la nevera llena de comida, los tres televisores todavía en su sitio.
Solo las cajas de cartón apiladas en el despacho podían dar pistas de que en unos días íbamos a mudarnos.
En mi habitación jugamos a Pressing Catch hasta terminar con el pelo mojado, las mejillas coloradas, la marca de los mordiscos esculpidos sobre los antebrazos como un recuerdo fugaz de aquella tarde.
Antes de que se fuera le devolví el tebeo de Zipi y Zape que me había dejado.
Él todavía tenía el mío. Ese sería mi regalo .
¿Cómo se despiden dos niños, dos amigos?
Mientras Fernando salía por la puerta de mi casa le solté un a ver si nos vemos antes de que me vaya.
Le dije que le avisaría la próxima vez que pasara por allí y, si no iba, que a ver si sus padres le traían un día al mercado.
Me hacía ilusión que viera el mostrador repleto de tantas formas de carne blanca, roja y rosada; mi madre vestida con la cofia y el delantal; yo ayudándole a empaquetar el género.
Sí, tío, me contestó, y si no, podemos ir un día juntos al Mestalla.
Se giró y bajó los escalones de cuatro en cuatro.
Ojalá haber podido abrazarle como mi hermana y yo nos abrazábamos.
En cuanto cerré fui a mi habitación a buscar el dibujo que había guardado en el último cajón de la mesita de noche.
Lo observé por última vez antes de romperlo en treinta y dos pedazos.
Con las manos todavía calientes, los llevé hasta la cocina y los escondí en el fondo del cubo de la basura, justo debajo de los otros desechos de la familia —el café molido todavía húmedo, el papel encerado de la carnicería, los envases de yogures de fresa y plátano, los hilos de grasa blanquecinos de la ternera—. Todo aquello me dio asco.
Una mano me acaricia la frente. Mi madre.
—¿Pero cómo te pones a pelearte? —me dice. Y luego—: Anda, ven al salón y nos cuentas bien lo que ha pasado.
Me sorprende que no mencione el charco que he dejado en la cama. En el salón no sé por dónde empezar.
—Es un niño de clase que siempre se mete conmigo. Me insulta y, por su culpa, todos en clase me insultan. Si no fuera por él, nadie me diría nada —miento .
Por detrás de las cabezas de mis padres distingo la fotografía enmarcada de mi comunión sobre la mesa del comedor.
¿Cuánto tiempo habrá pasado? Hay algo de ese niño que me cuesta reconocer.
Estoy a punto de recibir el cuerpo de Cristo por primera vez —las palmas de las manos unidas en un rezo, la boca entreabierta—.
¿Por qué no ha vuelto? Me detengo en sus ojos, en mis ojos, que están mirando algo apenas unos centímetros por encima del objetivo.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros . Ojalá todo se acabara de una vez.
—¿Y tú qué le haces? ¿Te quedas ahí parado? ¿No le dices nada?
—A veces también le insulto, pero si lo hago luego llama a sus amigos y vienen a por mí. Ya me han pegado otras veces —sigo sin poder devolverles la mirada.
— Serà fill de puta.
La doble ele de fill es un tsunami que se arrastra por la lengua de mi padre: el tiempo se detiene en un sonido que dura tres sílabas en su boca.
De todas las frases de su repertorio, aquella era la favorita para expresar su frustración frente a las injusticias.
Cuanto mayor la afrenta, más tiempo se alargaba la ondulación de la doble ele en su paladar.
Aquel día, más de un año después, la repitió de nuevo.
Seguimos en casa, pero esta vez estamos sentados alrededor de la mesa de la cocina, envueltos en el aroma del cocido recién hecho (¿prefieres fideítos o sopa de letras ?
) . Por debajo de la mesa, adelante y atrás, muevo con un pie el balón de fútbol sala.
Ha pasado más de un año desde la pelea y, aunque mis padres no han vuelto a sacar el tema, en clase sigo sentándome a dos pupitres de distancia de su recuerdo.