1994 — 1996 #3
Mi padre sube el volumen: en las noticias de Canal 9 aparece un hombre con la cara tapada, custodiado por dos policías.
En cuanto escucho el nombre de mi antiguo colegio, mi lengua se contrae y siento cómo el aire se me escapa.
Por fuera, aprieto la cuchara con el puño cerrado.
Por dentro, mis órganos son ahora pedazos de carne envasados al vacío.
— Serà fill de puta.
Mis padres miran la televisión, yo me concentro en el plato.
—Mira que hay gente mala en el mundo. ¿Tú te crees hacerle eso a unos chiquillos?
—A esos hay que encerrarlos y que no salgan en toda la vida.
Le hablan a la pantalla como si fuéramos cuatro. Mi madre se gira hacia mí.
—¿Ese no era tu profesor cuando ibas a Las Águilas?
Miro hacia arriba. Busco la respuesta correcta.
—No sé. Es que no me he enterado bien.
—Sí, lo han dicho, que era el profesor de Educación Física. ¿No estabas escuchando? Anda, empezad a comer, que esto frío no vale nada —en el centro de la mesa, mi madre coloca una fuente llena de carne.
—Pero Dominga, ¡mira que eres exagerá ! ¿Dónde vas con esa platerá ? ¿Has visto el puchero que ha preparado tu madre? Hay familias que no se comen un plato así en todo el año.
—O que se lo comen solo una vez, en Navidad. De todas formas tampoco lleva tanto, no te creas. Lo que pasa es que si no le echo un mínimo luego el caldo no sabe a nada.
—¿Este que le has puesto aquí es de rodilla?
—Sí, ¿lo quieres? Ese es de rodilla y ese de ahí es el tuétano.
Y esto de aquí es media patita de cerdo, que para muy rica.
También le he echado un trozo de ternera de garreta, corbet , un trozo de jamón sequito que le da mucho sabor y luego ya pues garbanzos, nabo y un poco de chirivía para que no sea todo carne.
Y pelota, claro. Vicentín, ¿te pone la mamá un pedacito?
—No, gracias. Para mí solo el caldo.
Me pierdo en la visión de la fuente, en la carne cocida y en los huesos que brillan como si estuvieran sudando, como si hubieran estado corriendo.
Su olor me atrapa (esto huele que alimenta) .
El humo se mueve rápido y dibuja en el aire un movimiento ondulado cuyo rastro se evapora antes de escapar por la ventana.
—Oye, campeón, que al final no le has contestado a tu madre. ¿Era ese tu profesor en Las Águilas?
—No sé, es que no he escuchado bien el nombre.
—Eusebio han dicho.
—Bueno, había un profesor de gimnasia que se llamaba Eusebio.
—A ti no te haría nada, ¿no? Anda, deja ya de jugar con la comida que me estás poniendo nerviosa.
—No, mamá.
El significado de las palabras desaparece. Solo nos queda el olor de la carne.
—¿Y tú qué? ¿Otra vez con el cigarro? —mi padre acaba de sacar el Ducados del bolsillo de la camisa. Mi madre se enciende antes de la primera calada—. Si ni siquiera has terminado de comer.
—No tengo hambre, Domi.
—Pero qué dices, si no has comido nada. Yo no sé ni para qué cocino. Todo el día trabajando sin parar. Ya no puedo más.
—Domi, que ya he almorzado. Anda, dime: ¿qué te hace falta para mañana? ¿Cómo vas de género? ¿Le pido a José Antonio que te traiga tres cerdos a primera hora y así te los despiezo yo?
—Pero que no sean como los últimos, que eran todo tocino. Dile que como vuelva a enviarnos una birria así te juro que se los devuelvo.
Aprovecho para estudiar el plato otra vez. En el borde he ordenado algunas de las letras de la sopa ( a - g - u - i - l - a - s ) ( a - v - i - l - a ). Me encantaría pasar la tarde tratando de encontrar las palabras que necesito, pero no hay tiempo.
—Vicente, espabila, que en veinte minutos tienes que estar en el colegio.
Aquel día fui a clase después de comer. El día de la pelea, también.
—¿De verdad que tengo que ir?
—Claro que tienes que ir. Nada más llegar vas directo a hablar con la profesora y le cuentas lo que nos has dicho a nosotros. Y si no está vas y hablas con el director del colegio o con el jefe de estudios o con quien sea.
Lección de Naturales primero; lección de Valenciano después.
Dos horas sin hablar. Dos horas sin que nadie se metiera conmigo.
Dos horas que lo cambiaron todo. El ojo morado logró lo que el aparato no había podido conseguir.
El silencio transformó la humillación en una nueva forma de dignidad. En aquella isla encontré un refugio.
Después de clase, el jefe de estudios nos sentó en su despacho. También aquí los gritos de los niños eran capaces de atravesar la puerta cerrada.
—Contadme qué es lo que ha ocurrido esta mañana.
—Nada — dijo el otro —. Nos hemos in sultado en el recreo y hemos quedado después del colegio para pegarnos.
Él hablaba a mi lado; sobre la mesa, sus antebrazos cubiertos de vello oscuro. Yo miraba de frente; las manos recogidas en dos puños, escondidas entre mis piernas.
—¿Tú qué dices, Vicente? —me preguntó el juez del caso.
¿Qué se supone que tenía que decir? La verdad era insoportable.
—No para de insultarme. Todos los días se mete conmigo sin que yo le haga nada.
—Él también me insulta a mí.
—Lo hago para defenderme. No le insulto si él no me insulta.
El jefe de estudios decidió que no importaba quién hubiera empezado la pelea, ni quién hubiera terminado con el ojo morado: los dos éramos igual de responsables, igual de culpables.
Dos no se pelean ni uno no quiere. Por eso, los dos tendríamos el mismo castigo.
Nos dijo que no nos expulsarían porque sabía que en el fondo éramos buenos chicos.
Aquella tarde aprendí que no podía confiar en nadie.
Que nadie podría confiar en mí. Desde entonces decidí olvidarme del colegio, de Fernando, de la clase de gimnasia, de mis amigos.
También había sido mi culpa. Me prometí que un día me iría de allí y que nunca volvería.
Que jamás contaría nada. Como decía mi padre: el pasado, pasado está.