1994 — 1996
La pelea comienza y enseguida la mejilla derecha descansando sobre el suelo, el cemento salpicado de un carmín apagado y violento, el recuerdo del tropiezo contra la fuente del mercado —mis manos en la cara: primero tibias, luego calientes, después rojas—.
Siento unos latidos en la garganta, pero sobre todo siento el estómago muy arriba.
Trago saliva: un hilo de espuma desaparece por dentro.
El cielo se hace cada vez más pequeño, más estrecho.
—Buah, tío, menuda hostia le has dado. No sabe ni dónde está.
Desde hacía tiempo sabía que nos mudaríamos a este pueblo.
Aquí seríamos felices; aquí, por fin, viviríamos al lado de la carnicería.
Todavía recuerdo el día en que mi padre me enseñó por primera vez la maqueta de la Plaça del Jardí a través del escaparate de la inmobiliaria —«no quiero pasar fumando; mejor lo vemos desde aquí»—.
Dentro, un hombre que parecía un maniquí vestido con traje y corbata contemplaba de perfil la pantalla de su ordenador.
La escena me resultó tan artificial como los edificios y las personas en miniatura que observábamos a través del cristal.
—¿Ves esa de ahí? Esa será nuestra casa. Todavía la tienen que construir, pero ya verás qué pasada. Cuando lleguemos irás a un nuevo colegio, harás otros amigos, conocerás a alguna amiguita. En nada irás al instituto. Te encantará.
Después de quince años, dos hijos y una hipoteca pagada antes de tiempo, abandonamos nuestro piso de Valencia; el único que habíamos conocido como familia.
Lo hicimos sin celebraciones ni despedidas oficiales, sin visitas: cada uno en su casa y Dios en la de todos.
Unos días antes, con las notas en la mano y la certeza de que podía mantener un secreto, me había despedido de mis compañeros de clase sin contarles que no volvería después del verano.
Imaginé sus caras de sorpresa en septiembre cuando no me vieran correr por el patio; cuando, al pasar lista por las mañanas, ningún apellido ocupara el hueco entre Fernández y Garrido.
Me preguntaba si se acordarían de mí cuando nadie más levantara tan rápido la mano, cuando pusieran motes a otros niños en el recreo, cuando los fines de semana jugaran a baloncesto contra otros equipos.
Al principio me preocupó que pudieran olvidarme; luego me angustió que pudieran enfadarse conmigo.
Me propuse convencer a mis padres para que un día me dejaran volver, pero sabía que conseguir algo así me llevaría tiempo.
Mientras tanto, tendría que aceptar mi nueva realidad: ya no vivía en la ciudad, ya no iba a ese colegio, ya no estaba allí.
Desde el suelo me reincorporo solo un poco, lo justo para sentarme —el culo apoyado, las piernas dobladas, un tobillo sobre el otro, la frente sobre las rodillas, las manos cubriendo el ojo que duele, que parece que no puede abrirse hasta que, ahora sí, un poco al menos, lo hace—.
Allí está él. El pendiente de su oreja izquierda es un anillo dorado que le acompaña en los abrazos, más bien empujones, que se da con sus amigos.
La joya brilla por momentos en medio de una frase que me cuesta comprender.
—¿Ya tienes bastante o quieres más? —me habla a mí. En su cara se dibuja una mueca de alegría impostada que intenta parecer adulta. Sacude las piernas como si estuviera calentando, como si estuviera a punto de salir corriendo.
¿Más? Lo que quiero es irme de aquí y no volver, gilipollas. Lo que quiero es que de mayor te pudras trabajando en el campo mientras yo voy a la universidad lejos de aquí.
—Deja de mirarme así, Conejo de mierda.
Detrás de su hombro, los colores vivos de la ropa tendida contrastan con las fachadas descascarilladas de los edificios.
Pienso en la playa en verano, en el apartamento.
El suelo gris es el mar sucio en el que nos bañamos; el grupo está en un cruce, lejos de la orilla.
El agua me cubre la nariz. Quisiera que todos estos chicos se juntaran todavía más.
Olerlos de cerca, que me olieran por dentro.
El aire sopla en esta dirección y avanza hacia nosotros —despacio, compacto, juguetón—: es una cadena de niños cogidos de la mano que ahora se detienen.
Reparo en el horizonte verdoso y chato más allá de las viviendas: el aroma a estiércol nos alcanza y eso me tranquiliza.
«Aquí puedes caminar por donde quieras —había dicho mi madre—, como si quieres irte hasta la huerta a dar un paseo».
El espacio por explorar había aumentado, pero vivir fuera de la jaula trajo consigo nuevas amenazas.
—Déjalo ya, tío. Pobre chaval. A este paso el Conejo no se atreve a volver .
Tenía el paladar tan estrecho y los dientes tan adelantados que apenas podía cerrar la boca.
A veces parecía vivir en Babia; otras, como tratando de contar algo que no me atreviera a decir.
Antes de empezar las clases insistí a mi madre en que fuéramos al dentista. Pensé que el aparato me protegería.
—Si mañana prefieres dejarlo en casa no pasa nada, cariño. Los primeros días son siempre un poco raritos.
La noche antes de ir al nuevo colegio le dije que quería vestirme igual que en la comida de Navidad, con los pantalones vaqueros largos, los zapatos negros y el jersey verde con la palabra Lacoste tejida gigante sobre el pecho.
—Ni se te ocurra ponerte eso —me contestó ella—; con el calor que hace vas a pillar la pallola.
No le hice caso. Al día siguiente, en el patio, mientras esperaba al final de la fila para subir al aula, vi las pantorrillas desnudas de los otros niños y pensé en sus palabras.
De pie, rascándome los muslos por dentro de los bolsillos, sintiendo los sobacos recalentados por debajo del jersey de algodón grueso, ver cómo aquellos desconocidos se saludaban entre sí me recordó a mis mejores amigos en Las Águilas.
Eché de menos llevar el uniforme, pero me dije que sería fácil adaptarme, que pronto terminaría por formar parte del grupo; quizá incluso de liderarlo.
Buscaba a mis futuros aliados con la mirada y me esforzaba en cerrar la boca para no enseñar los dientes, ignorando la presión de los hierros contra la cara interna de mi piel.
Durante las primeras semanas yo también comencé a llevar pantalones cortos.
No me importaba parecer ridículo. En el aula puse en práctica todo lo que había aprendido hasta entonces: levantaba la mano ante cualquier oportunidad de intervenir —«yo lo sé: la raíz cuadrada de ciento veintiuno es once»—; corregía a mis compañeros para ganarme el aprecio de los profesores —«a Jorge le ha faltado añadir la ese de la tercera persona del singular»—; ponía en duda a los profesores para ganarme la admiración de mis compañeros —«se dice callaos, señorita, no callaros»—.
Fuera del aula quise apuntarme a baloncesto, pero en aquel colegio los chicos jugaban a fútbol sala y las chicas a voleibol.
Me costaba comprender qué significaba ser el nuevo.
Un día, en medio de una clase en la que no dejaba de levantar la mano, nuestra tutora quiso ayudarme.
—Ya sabemos que lo sabes todo, Vicente. ¿Qué te parece si dejas hablar al resto de tus compañeros?
Después de las primeras semanas comenzaron a llamarme Steve Urkel, un insulto que traté de interpretar como un halago. En unos meses pasé de ser Vicente a que algunas personas me llamaran Urkel a que un animal doméstico y orejudo borrara cualquier rastro de mi nombre.
—Ahí te quedas, Conejo —la mueca alegre se le ha tensado—.
Cuando quieras, ya sabes —el temblor de su voz me anima a explorar sus ojos hundidos, escondidos en dos cuevas por debajo de su frente.
En el fondo de ese refugio distingo una forma de pánico que ya conozco. Entiendo que también es su primera vez.
Decido bajar la vista y esperar. Poco a poco las voces se alejan; poco a poco el orgullo me llena el pecho.
Tengo suerte. ¿Cuántos se habrían atrevido a plantarle cara?
No podrán decir que soy un cobarde, una chica, un mariquita.
—¿Estás bien? —alguien desciende hasta mi altura: su mano calienta mi rodilla derecha, sus ojos me encuentran—. Toma, se te han caído las gafas.
—No las quiero —contesto sin levantar la cabeza. Mi voz es un gemido: una ola de vergüenza se me resbala por las mejillas—. Déjame en paz —le digo, y miro de reojo antes de volver a esconderme. ¿Por qué una chica?
—Eres el hijo de Domi, ¿verdad? Mi madre le compra a tu madre.
A esas alturas ya me había acostumbrado a que la gente parase a mis padres por la calle para repetirles las mismas preguntas. Sí, ya nos hemos mudado, respondían. Esto es un antes y un después, aseguraban. Nos ha cambiado la vida, añadían. Y luego seguíamos caminando.
En casa, mi madre comenzó a preocuparse por lo que hacíamos en público (aquí hay ojos en todos lados) , por cómo íbamos vestidos (pero cómo vas a salir así a la calle) , por nuestras compañías (te han visto con unos niños más mayores cerca del cementerio) .
Normalmente solo se enteraba ella (y no le digas nada a tu padre) , pero esta vez no habría forma de esconderse.
—¿Dónde vives? Voy contigo.
Mientras caminamos me cuenta que se llama Vanessa, con dos eses.
No le digo que Vanessa me hace pensar en Sabrina ni en la Comtessa.
En pocos metros aparto las manos de la cara y aprieto con fuerza las asas de la mochila a ambos lados del pecho; los pulgares recorren arriba y abajo las cintas rojas de nailon.
Por dentro de la boca, invisible al resto, mi lengua recorre uno a uno el relieve de mis dientes metalizados.
Están todos. Arqueo la espalda y me estiro hacia arriba.
Allí, la luz de cada día insiste en acompañarnos.