55 Cassia
Cassia
Había sobrevivido a la muerte de su madre. Había sobrevivido a Roland. Había sobrevivido a que una tripulación la capturara y se la llevara; ahora que sabía sus nombres, Cassia oía hablar de ellos cada vez más.
También sobreviviría a esto.
Al menos, eso se decía Cassia cada mañana al despertar, mientras se obligaba a sacar las piernas de
la cama, aunque lo que más deseaba era volver a acurrucarse bajo las mantas.
—Perdone, mi señora —dijo Nell al abrir la puerta, aunque Cassia le había dicho que podía prepararse sola para el día—. Su padre desea desayunar con usted.
La alcoba estaba fría pese al pequeño fuego que ardía en el hogar. Cassia se lavó con el agua que Nell le había traído y luego permaneció de pie mientras su doncella le abrochaba el vestido por detrás. Afuera, la mañana era gris y por las ventanas entraba poca luz.
—Hay algo de lo que quería hablar contigo —empezó, después de pensar detenidamente cómo abordar el asunto. Cassia no estaba segura de qué podría hacer al respecto, pero cada día que pasaba tenía más certeza de una cosa.
No podía permitir que Ashton y sus hermanos y, por extensión, Leif y la tripulación siguieran cargando con la culpa de algo que no habían hecho.
Había sacado el tema con Leif durante el viaje de regreso, pero él lo había descartado.
Pero no podía dejar las cosas así.
—Quizá prefiera hacerlo después de hablar con su padre.
Algo en el tono de su doncella hizo que Cassia se detuviera. Alzó la mirada.
—¿Sabes algo?
—Solo que llegó una carta.
Sabía más que eso. Cassia la conocía lo suficiente para darse cuenta.
—O escuchaste algo, o alguien más lo hizo y...
—Es sobre una posible nueva boda. La carta es de lord Harcourt —soltó Nell.
Cassia se quedó mirándola.
Harcourt. Un barón acaudalado, con propiedades en Yorkshire y más dinero del que la mayoría de los hombres sabrían gastar.
Más importante aún, antes de que Cassia se casara con Roland, él le había ofrecido a su padre una suma considerable si ella aceptaba casarse con él.
Su padre necesitaba dinero.
—Hace apenas dos semanas que enviudé. Sin duda él lo sabe. Y sabe lo que pienso al respecto.
—Sí —convino Nell.
—Entonces, ¿por qué?
Nell vaciló.
—Porque la oferta de lord Harcourt sigue en pie. Su padre cree que no hay razón para no acordar las condiciones ahora, aunque la boda tenga que esperar hasta que usted haya guardado el debido luto.
Cassia soltó un grito ahogado.
Nell continuó: —Al menos, eso dice la señora Avery. Su padre se lo mencionó al esposo de ella, quien...
—Sé muy bien cómo corren los chismes por Cambridgeshire y, al menos hoy, lo agradezco.
Cassia salió apresuradamente de la alcoba, seguida de Nell. Su doncella había estado a favor de aquella boda cuando Harcourt hizo su primera oferta, pero ese día guardó un bendito silencio.
Al entrar en el salón, Cassia no perdió tiempo en cortesías.
—No lo haré. Ya tuvo dos esposas...
—Ambas murieron por causas naturales.
No podía creer que su padre fuera capaz de obligarla a hacerlo. A Cassia le resultaba imposible conciliar el amor que él le profesaba con semejante exigencia.
—Ha vivido casi tantos años como tú, padre. No puedes creer que sea un pretendiente adecuado. Y estoy de luto.
No es que de verdad lamentara la muerte de Roland. Cada día que pasaba le resultaba más fácil admitir ante sí misma que había odiado a su marido por la forma en que la había tratado. No le habría deseado la muerte, pero estaba muerto y ella no podía fingir tristeza.
—No te casarías hasta que terminara el período de luto. Siéntate, querida. Le pedí a la cocinera que preparara codorniz, tu favorita. Todos estamos muy contentos de que hayas regresado sana y salva.
—No regresé para que me eligieran otro marido.
La expresión de su padre se endureció.
—No se ha elegido a nadie. Hay tiempo de sobra para eso. Y mucho que resolver antes.
—¿A qué te refieres?
—A la muerte de Roland. A la acusación contra esos hombres. —Hizo un gesto con la mano, como si Ashton y sus hermanos no tuvieran importancia—. El caso se tratará en el próximo Día de Tregua. Una vez resuelto, podremos hablar como corresponde de tu futuro.
Cassia se quedó mirándolo.
—¿Y qué se dirá sobre la muerte de Roland?
—Los guardianes escucharán el testimonio de sus hombres. No hay motivo para que te involucres.
Ningún motivo.
Pensó en Roland intentando agarrarla. En la piedra mojada bajo sus pies. En Ashton arrodillado junto al agua.
En la historia que ahora se contaba porque ella había guardado silencio.
—No estoy de acuerdo.
Él dio un bocado a la codorniz. Ya no era la comida favorita de Cassia; había dejado de serlo desde que era niña.
—Resbaló, padre. Los hombres del guardián han acusado falsamente a la tripulación de las Velas Negras. La verdad es que Roland intentó agarrarme y resbaló. La tripulación no lo asesinó, y voy a dar testimonio de ello.
Él dejó de masticar. —Cassia, no te involucrarás más en esto. Deja que la justicia...
Los sirvientes que quedaban huyeron del salón. Cassia deseó poder hacer lo mismo.
—Si se hiciera justicia, quedarían exonerados en vez de ser acusados de asesinato —dijo en voz baja, pero con firmeza.
—A Harcourt no le agradará. Si tan solo entraras en razón, Cassia.
No la había escuchado. Ni una sola de sus palabras había logrado hacerlo cambiar de parecer. Era lo de siempre. Intentar convencerlo de nuevo serviría de poco.
Para su padre, el asunto ya estaba resuelto.
Comió fingiendo escuchar a su padre y empezó a planear el viaje al Día de Tregua.
No podía viajar sola y tendría que contratar una escolta. Aun así, Cassia no se lo diría a nadie, ni siquiera a Nell.
Se le había presentado la oportunidad de ayudar a Ashton y a su tripulación, y Cassia pensaba aprovecharla.
Después decidiría por sí misma qué vendría a continuación.