Despiadado, salvo con ella (Las velas negras de la frontera 1) 53 Cassia
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53 Cassia

Cassia

—Te acompañaría más lejos si no hubiéramos llamado ya tanto la atención.

Cassia lo entendía. Durante el día que había viajado con Leif y sus dos hombres, habían atraído más miradas de las que cualquiera de ellos habría deseado.

El sol se había puesto hacía mucho y nadie andaba despierto. Ni su padre, ni Nell, ni el portero, ni la cocinera. Todo en la mansión de Grantchester estaba como lo había dejado, salvo que... de algún modo, parecía más pequeña.

—Por supuesto. Gracias por acompañarme a casa —le dijo al capitán del barco, pensando, como había hecho durante todo el día, en Ashton, que no había sido capaz de acompañarla él mismo.

Aun así, no podía quitarse de la cabeza la imagen de él junto a la borda mientras el pequeño grupo cabalgaba tierra adentro y el barco se hacía cada vez más pequeño a sus espaldas.

—Lady Cassia.

Ella volvió la atención hacia el capitán.

—Permaneció junto a la borda hasta que perdimos de vista la costa. Llevo seis años navegando con él. Nunca lo había visto hacer eso por nadie.

Era la primera vez que hablaba de Ashton desde que habían desembarcado. Aunque Leif no era muy dado a hablar. En eso se parecía a Ashton.

O quizá era solo que todo le recordaba a Ashton: el hombre que la había tomado cautiva mientras insistía en que no era su prisionera.

El hombre que le había enseñado a decir lo que pensaba.

El hombre que le había enseñado a besar de verdad. Y cuánto placer podían darse un hombre y una mujer.

El hombre al que amaba.

Cassia probablemente habría podido ponerle nombre mucho antes de partir, pero cada paso que la alejaba de él la convencía de que era cierto. Había leído sobre el amor. Había esperado encontrarlo en su matrimonio, como lo habían encontrado sus padres.

En cambio, Cassia había tenido que resignarse a un matrimonio sin amor.

Entonces había conocido a Ashton.

El amor se sentía exactamente como lo describían los libros que había leído. Imposible. De niña, había creído que esa palabra significaba inalcanzable. Ahora entendía que significaba algo más cercano a insoportable.

El portón de la mansión estaba abierto ante ella, sin guardia, exactamente como lo había dejado.

—Gracias —le dijo a Leif—. Por contármelo.

—Estuve casado una vez.

Aquello sacó a Cassia de sus pensamientos.

—¿Estuviste casado? Yo... sabía que eras un jarl y que... bueno...

—Que me obligaron a huir de mi hogar, a renunciar a mi título y a verlo arder.

Así es. Pero para entonces no era más que un montón de piedras para mí.

Después de que mi esposa murió de fiebre, pocas cosas me importaban.

Si no hubiera tenido que cuidar de mi gente, quizá me habría ido con ella por voluntad propia.

No podíamos tener hijos —se encogió de hombros al ver aparecer a dos figuras—.

Los muchachos me dieron una segunda vida.

Pero, si me lo hubieras dicho el día que la enterré, no te habría creído.

A veces nos aguarda un destino que todavía no podemos ver.

—Los baúles ya están junto a la puerta —le dijo a Leif uno de los hombres, el irlandés a quien Cassia apenas había conocido el día anterior, cuando Ashton le anunció que Leif la acompañaría a casa—. Nadie nos vio.

—A estas horas ya estarán acostados —les aseguró Cassia—. Mi oferta sigue en pie. Me gustaría que se quedaran...

—No, muchacha —dijo Leif entre risas—. Este no es lugar para hombres como nosotros, no si queremos conservar la cabeza.

Reacia a separarse de lo único que aún la unía a Ashton, le costó encontrar palabras de despedida. Después de pensarlo, Cassia decidió que ella y Ashton ya habían intercambiado la única despedida adecuada para dos personas que habían compartido lo que ellos.

Ninguna.

Una mirada. Un gesto con la mano. No había palabras que bastaran.

—Los dejaré marchar, entonces —dijo—. Gracias, señores, por acompañarme.

Se inclinaron ante ella como si Cassia fuera la reina de Inglaterra. Habría sonreído, pero no estaba segura de ser capaz. Nunca había sentido el corazón tan pesado.

—Si alguna vez necesitas a las Velas Negras, usa esto. —Leif tomó una pequeña ficha tallada que llevaba colgada de un cordón al cuello y se la entregó. Solo le quedaban dos.

—¿Qué es? —preguntó ella, segura de que era más que un recuerdo, sobre todo al ver que los ojos del irlandés se abrían de par en par durante el intercambio.

—Algo que puedes mostrarle a cualquier barco que navegue sin bandera, en cualquier puerto de esta costa. Las noticias nos llegan más rápido de lo que imaginas.

Por lo visto, Leif no esperaba a que le dieran las gracias dos veces. Se volvió hacia los árboles, con sus hombres detrás, y desapareció en la oscuridad como si nunca hubieran estado allí.

Cassia permaneció demasiado tiempo en el mismo sitio, hasta que el frío la obligó a entrar.

Al parecer, los hombres de Leif habían llamado más la atención de lo que creían.

Su padre fue el primero en llegar hasta ella.

—Hija mía. —La estrechó entre sus brazos antes incluso de que ella se quitara la capa. Le temblaban las manos.

No se lo esperaba.

Uno por uno, empezando por Nell, los sirvientes la abrazaron como lo había hecho su padre.

—Ven, entra. Debes de estar helada. Nell, diles que aviven el fuego en su habitación —le dijo su padre a la pobre mujer, que no había dejado de llorar desde que Cassia entró—. Ven, ven.

No le preguntó qué había ocurrido. No le preguntó si estaba herida o hambrienta, ni si deseaba hablar de ello siquiera.

Le dio de comer, aunque Cassia ya había comido por el camino. Le dijo a Nell que no hablara de ello con ella, aunque Cassia no podía imaginarse hablando de otra cosa que no fuera el mundo que acababa de dejar atrás.

Así que Cassia se dejó llevar.

Durante todo el trayecto desde la costa, Cassia había ensayado lo que diría.

Qué contarle a su padre, qué contarle a Nell.

Qué partes se guardaría para sí. Pero, en vez de preguntarle, su padre completó la historia con los detalles que conocía.

Lo que Nell le había contado. Lo que había averiguado mientras la buscaba. Todo menos la verdad.

La habitación parecía cerrarse a su alrededor... pequeña y familiar.