Despiadado, salvo con ella (Las velas negras de la frontera 1) 40 Cassia
65%

40 Cassia

Cassia

Al principio, Cassia no lograba ubicarse. El espacio parecía más pequeño de lo habitual. Se volvió y se recostó de lado. Entonces recordó: ella y Ashton habían compartido la cama, con la colcha enrollada todavía entre los dos.

Por primera vez en su vida había dormido en la misma cama que un hombre. Después de casarse, cuando Roland tomó lo que, según él, «le correspondía por derecho», se marchó a su propia alcoba. Ella siempre se había alegrado de eso.

Pero a Ashton… ella misma le había pedido que se quedara. Y él se había quedado.

No se atrevía a moverse, pues sabía lo ligero que era el sueño de Ashton. Era como una liebre, de la que se decía que dormía con los ojos abiertos porque casi todo el mundo la consideraba una presa.

En cambio, alzó la barbilla y lo espió por encima de la colcha enrollada. Era la primera vez que lo veía con la guardia completamente baja. Los rasgos severos de su rostro parecían más suaves ahora. Seguía siendo igual de apuesto. Solo que… no tenía un aspecto tan temible.

Intentó imaginárselo de niño, pero le costó. Cassia se prometió preguntarle a Margot por su infancia, ya que era difícil sacarle palabra sobre ese tema.

—¿Disfrutas de la vista?

Ella volvió a acostarse de inmediato. ¡Él había tenido los ojos cerrados todo el tiempo! Avergonzada, no dijo nada.

—¿Cassia?

Se arriesgó a pensar que él apreciaría su sinceridad, como el día anterior.

—Sí —admitió.

Él soltó una risita, un sonido tan poco frecuente que ella se incorporó para mirarlo. La colcha le llegaba a la cintura y Ashton seguía con el pecho desnudo. En verdad, tenía una figura magnífica…

—Tenías los ojos cerrados.

—Desperté en cuanto te moviste hacia mí.

—¿Y fingiste dormir?

—Simplemente no vi la necesidad de abrir los ojos todavía. Más que nada, tenía curiosidad por ver qué harías.

Ella no estaba muy segura de qué quería decir con eso, pero, en lugar de preguntárselo, sacó las piernas por un costado de la cama, tratando de no pensar en su beso. Como si pudiera pensar en otra cosa.

Antes de dormirse, se había vuelto de espaldas a él y había cerrado los ojos, reviviendo la sensación de sus labios sobre los suyos hasta quedarse dormida. Luego soñó con eso.

Había sido, sencillamente, la experiencia más maravillosa de su vida. Una que jamás habría imaginado posible.

—Te dejaré a solas si cierras la puerta con la tranca cuando salga.

Se volvió de golpe, sorprendida al ver que ya llevaba puestos los calzones y la camisa y que se estaba poniendo las botas.

—Te vistes con tanto sigilo como finges dormir.

—Muy pocos en Mere’s End duermen profundamente, y la mayoría de los que lo hacen nunca despiertan.

Antes de conocerlo, Cassia no lo habría creído. ¿Pero ahora? Estar siempre alerta debía de ser un hábito importante en el mundo en que vivía Ashton.

—¿Desayunarás abajo? —preguntó. Por alguna razón, tenía más hambre que en cualquier otro momento del viaje.

—¿Sin ti? No. Traeré un pan recién hecho para los dos y agua tibia. ¿Necesitas algo más?

En realidad, no necesitaba nada más. Cassia necesitaba mucho menos de lo que jamás habría supuesto.

Si hubiera sido más valiente, le habría pedido que la abrazara otra vez. En sus brazos se sentía… a salvo. Pero, por supuesto, sabía adónde conducía esa intimidad, y Cassia no tenía muchas ganas de volver a pasar por aquello.

—No. No me falta nada. Pero tengo ganas de empezar el primero de los dos libros.

Ashton pareció a punto de decir algo, pero se limitó a terminar de vestirse y salió de la alcoba.

La alcoba de ambos. ¿Cuándo había pasado a ser algo más que un lugar donde se ocultaban del peligro?

Cassia atendió sus necesidades y se vistió. Descubrió que disfrutaba de hacerlo sola.

Vestirse por sí misma era poca cosa, pero toda la vida la habían disuadido de hacerlo.

¿Quién decía, después de todo, que las damas debían tener doncellas?

¿Y por qué se había decretado que las mujeres fueran consideradas propiedad de sus maridos?

¿Por qué Ashton y sus hermanos tenían que luchar para sobrevivir, mientras otros poseían más de lo que podrían necesitar en tres vidas?

Una vez, en un libro llamado Policraticus, había leído que un príncipe que gobierna solo para sí mismo no es un príncipe, sino un tirano, y que la ley lo obliga tanto como al hombre más humilde de su casa.

Tendría unos quince años cuando leyó aquello por primera vez.

Ya entonces se había preguntado si la ley también obligaba a los maridos.

Pero sabía que era mejor no preguntárselo a su padre. Ahora deseaba haberlo hecho.

Cassia se acercó a los postigos sin atreverse a abrirlos, aunque ansiaba sentir el sol en la cara. En esa época del año, rara vez asomaba entre las nubes. Se conformó con el poco movimiento que alcanzaba a vislumbrar en el patio de abajo.

Finalmente fue hasta la silla y apenas había leído unas líneas cuando alguien llamó a la puerta. Se dirigió hacia ella y empezó a levantar la tranca, pero entonces recordó las palabras de Ashton.

Solo debía dejar entrar a Ashton y a Magge.

—¿Quién está ahí? —preguntó. Supuso que sería Magge, pues Ashton no había anunciado su presencia.

No hubo respuesta.

Volvieron a llamar.

Ashton habría respondido. Magge también. Así que sabía que no era ninguno de los dos. Y Cassia no volvería a hablar para revelarle su presencia a quienquiera que estuviera al otro lado de la puerta.

Se quedó junto a ella y escuchó. Nada. Quienquiera que fuese, no se había marchado o lo había hecho con tanto sigilo que ella no lo oyó. No sabía qué era peor.

Cuando sonó otro golpe, Cassia dio un respingo.

—¿Alys? —llamó Ashton.

Gracias al cielo. Quitó la tranca y, tal como había prometido, Ashton entró con una bandeja de pan recién horneado. Esta vez no era pan blanco.

—Alguien llamó a la puerta —le dijo antes de que él pudiera sentarse.

Ashton se quedó inmóvil. —¿Quién?

—No lo sé. Pregunté quién era, pensando que serías tú o Magge. Pero solo hubo silencio y otro golpe, que ignoré.

—¿Cuándo? —preguntó él mientras dejaba la bandeja sobre la pequeña mesa bajo los postigos, cuya superficie estaba marcada por los cercos de un centenar de tazas.

—Hace apenas unos instantes. No más de lo que tardé en cruzar dos veces la alcoba.

Ashton se acercó al arcón y sacó su espada. El día anterior le había dicho que un hombre contratado solo llevaría un cuchillo. Aun así, tomó la espada.

—No le respondas a nadie. Ni siquiera a Magge.

Y entonces se quedó sola.

Aunque el olor del pan era tentador, Cassia descubrió que había perdido el apetito mientras imaginaba qué estaría haciendo Ashton abajo. ¿Averiguaría quién había llamado? ¿Mataría a esa persona? ¿Saldría herido?

Que le importara más la respuesta a esa última pregunta que a las demás le reveló a Cassia lo que su mente se negaba a aceptar: llevaba cinco días viuda y ya deseaba a otro hombre. Incluso se preocupaba por él.

Y, como no había nadie para presenciarlo, tuvo que reconocer que ya lo deseaba y se preocupaba por él cuando Roland aún vivía.

Abajo, el salón había quedado en silencio.

Cassia dejó el pan que no había comido y volvió a colocarse junto a la puerta. Esta vez no aguzó el oído para escuchar si llamaban. Esperó oír una voz conocida.