37 Cassia
Cassia
Nunca había tocado a un hombre por voluntad propia. Ni siquiera a su padre.
Si alguna vez él había sido cariñoso con su madre, Cassia no lo recordaba. Los únicos «recuerdos» que tenía de ella eran los relatos de Nell sobre una mujer inteligente, curiosa y de excepcional belleza.
Entonces, ¿por qué había extendido la mano hacia Ashton? Y ¿qué haría exactamente con ella? Retirarla de golpe sería tan revelador como dejarla donde estaba.
Así que, en vez de hacer algo, Cassia se quedó inmóvil.
Ashton no se apartó ni rehuyó su contacto. Pero tampoco se acercó. Aunque ¿por qué habría de hacerlo?
—Creo que lo mejor será quedarnos aquí mientras empieza a correr la noticia de la muerte de Roland.
—¿En esta habitación o en el Wild Boar?
Mientras hablaban, logró retirar la mano y, por fortuna, él no hizo comentario alguno. Cassia no sabía qué habría dicho si lo hubiera hecho.
Abajo, alguien arrastró un banco por el piso de madera del salón.
—Lo más seguro sería quedarnos en la habitación.
Pensó en permanecer encerrada allí, sin libros ni pergamino en el que contar su propia historia. Sola con Ashton. Se le secó la boca de solo pensarlo. Quizá debió regresar con su padre.
—Confieso —dijo él— que no esperaba una sonrisa ante semejante noticia.
La broma que guardaba para sí cobró fuerza en su mente al oírlo... ¿Estaría más segura viajando por las tierras fronterizas con uno de sus más notorios saqueadores? Sonrió, y luego la diversión se le convirtió en una risa que, una vez comenzada, no pudo contener. La asaltó lo absurdo de la idea.
Y su «seguridad» nada tenía que ver con los saqueadores.
—No hagas caso de mis tonterías —dijo cuando por fin logró dominarse. Cassia se aclaró la garganta, enderezó los hombros e intentó recobrar la compostura.
—Preferiría no hacerlo —dijo él, tan serio como siempre.
—¿No hacer caso de mis tonterías? —preguntó ella, empleando una de las palabras favoritas de su padre para describir su conducta.
—No hacerte caso a ti.
—Ah —dijo antes de poder contenerse—. Ya veo.
Miró hacia el postigo.
—¿Ashton?
—Mencionaste la aldea. ¿Podríamos ir allí... hoy? Ya sé... —Las palabras de Cassia se adelantaban a sus pensamientos—. Tendríamos que ir disfrazados. Y la noticia de la muerte de Roland acaba de conocerse. Pero ¿no será igual mañana? ¿O pasado mañana?
—¿Quieres ir a la aldea?
Más que juzgarla, buscaba asegurarse de haberla entendido, y esa diferencia confirmó todo lo que ella pensaba del hombre que tenía enfrente. Era honorable. A pesar de... bueno, a pesar de todo.
—Sí. Un libro, o quizá dos, harían más llevadero el tiempo que pasemos en esta habitación.
Él la observaba de una manera que Cassia no lograba descifrar. —¿No te parece? —preguntó, convencida de que la idea tenía mérito.
—Sí.
Aun así, estaba a punto de sonreír, pero la sonrisa no llegaba. Ashton se contenía con ella y, aunque Cassia debería agradecérselo..., sentía todo lo contrario.
Dímelo.
Pero Cassia no pronunció esas palabras. En cambio, esperó su respuesta.
—Tendríamos que disfrazarnos.
—Por supuesto.
—Y volver antes del anochecer.
—Todavía no es mediodía. Tú mismo dijiste que la aldea está a apenas una hora a caballo.
—Y no hablarás con nadie. Ni una palabra, a menos que yo te lo pida. Por tu seguridad.
—De acuerdo —dijo ella, aunque la promesa le resultó extraña. Había pasado toda la vida sin hablar. Era la primera vez que un hombre se lo pedía por consideración hacia ella.
Ashton se alejó de ella y fue hasta los postigos. No los abrió, pero miró por una rendija. Cassia no sabía qué buscaba.
—Magge tiene un vestido —dijo, todavía junto a los postigos—. De lana gris, remendado dos veces. Te conviene ponértelo encima del tuyo, no en lugar del tuyo.
Se volvió hacia ella. —Llevas un anillo.
Cassia bajó la vista hacia su mano.
—La viuda de un mercader de lana lo habría vendido —dijo él—. O lo habría enterrado con su marido.
Cassia se lo sacó del dedo, cerró el puño a su alrededor y descubrió que no sentía nada en absoluto.
—No tengo horquillas —dijo—. Ni velo. Nell se quedó con los míos.
Él no se movió de los postigos. —Las horquillas no importan. Si te peinas bien, el cabello se mantendrá en su lugar sin ellas.
Cassia se volvió para mirarlo.
—¿Sabes hacerlo?
—Me crié en una casa llena de mujeres.
—¿Y puedes peinarme?
Él guardó silencio un momento.
—Sí.
Entonces, sin decir una palabra más, Ashton salió de la habitación. Ella volvió a atrancar la puerta, solo para abrirla de nuevo antes de lo que esperaba. Esta vez, él no venía solo.
—Le va a quedar grande —dijo Magge cuando entró con Ashton en la habitación—. Pero eso es mejor que verla colgada —le murmuró a Ashton. Luego le pidió a Cassia que se pusiera de pie y la ayudó a ponerse el sencillo vestido de lana encima del suyo.
—Un par de insensatos, eso son. Ir a la aldea cuando lo mejor sería esconderse aquí. A ti va a ser más difícil disfrazarte —le dijo Magge a Ashton mientras él la acompañaba de vuelta a la puerta—. Más vale que encorves esos hombros tan anchos y mantengas la mirada baja.
Cassia no pudo ver la mirada que Ashton le dirigió, pero Magge respondió con un ademán desdeñoso, como si espantara una mosca. —Anda, pues. Les tengo cariño a tus hermanos y no quisiera ver al pobre Ryker afligido por tu muerte.
Magge soltó una carcajada ante su propia broma y se marchó tan rápido como había llegado.
Mantuvo abierta la puerta de madera un instante más para advertirle a Ashton que no entrara a caballo en la aldea.
—Camina detrás de ella, además —añadió—.
He atendido a demasiados señores y criados, y tus modales se parecen más a los de los primeros.
Dicho eso, se apresuró por el pasillo y Ashton atrancó la puerta.
—Un señor —dijo él, sacudiendo la cabeza.
Cassia estaba de acuerdo con la mujer.
—La única diferencia es que tienes mejores modales que la mayoría.
Ashton le sonrió. Una sonrisa sincera que Cassia se había ganado con solo decir lo que pensaba.
—He tratado con ellos a menudo. Lo suficiente para imitar a uno.
Ella reflexionó sobre eso, pero no creía que fuera la única razón.
—La seguridad que transmites no se puede imitar. Es otra cosa, una educación que no recibiste. ¿Se la debes a Walter Cressy, quizá?
—A él, entre otros, supongo. Ven —dijo, guiándola hasta la silla—. Será mejor terminar esto pronto y ponernos en camino.
Ella se sentó y se sobresaltó cuando él le tocó el cabello por primera vez.
Sin cepillo, Ashton le hizo la raya al medio y dividió su cabello en dos partes.
Cassia cerró los ojos. —Le he dicho muchas veces a Nell cuánto disfruto cuando me cepilla o me lava el cabello.
Es un lujo que nunca he dado por sentado.
—Quizá deberíamos conseguir un cepillo en la aldea.
—Sí —convino Cassia—. Nell lo llevaba entre sus cosas, junto con mis horquillas. He tenido que dejarme el cabello suelto y revuelto.
—Mmm... —Le pasó a Cassia una trenza por encima del hombro derecho y empezó a trenzarle el lado izquierdo. Ella hizo caso omiso de lo que sintió cuando sus dedos se rozaron un instante. O, al menos, lo intentó.
No era más que un hombre trenzándole el cabello. Nada por lo que perder la cabeza.
—Pásame la primera trenza —dijo él, que ya había terminado la segunda.
Ella se la pasó por encima del hombro y sus dedos volvieron a rozarse. Estaba tan cerca, a su espalda. Por un momento de insensatez, Cassia pensó en girarse en la silla y alzar la vista hacia él. Deseaba verle la expresión. Deseaba verlo... a él.
Basta. Estás siendo absurda.
Había terminado, comprendió entonces. Ashton ya no le tocaba el cabello. No tenía idea de cómo se mantenía recogido sin horquillas. Al llevarse la mano a la nuca, encontró el cabello enrollado, bien sujeto y apretado, pero no pudo descubrir dónde terminaba.
—Asombroso —murmuró, segura de que Nell no habría sabido hacer algo así.
—Sí —dijo él en voz baja.
Cassia se volvió en la silla, cediendo a su curiosidad. Al hacerlo, encontró a Ashton mirándola desde arriba tal como había imaginado. No tenía idea de qué decirle.
Ninguno de los dos se movió durante un lapso lo bastante largo como para que resultara evidente.
—Gracias —dijo Cassia por fin.
Él no respondió. En cambio, inclinó apenas la cabeza, como si ya hubiera empezado a asumir su disfraz y fuera de verdad el hombre que ella había contratado.
Entonces Cassia comprendió que no era su imaginación.
Ashton también había encorvado los hombros de una manera en que nunca lo había visto hacerlo.
Estaba convirtiéndose en alguien que no era.
El engaño había comenzado, y Cassia entendió también cuál era su papel.
—Ya tienes el aspecto del hombre que fingirás ser hoy. Pero ¿tienes también su voz? —lo provocó.
Ashton se quedó inmóvil.
—Soy Alys Mercer —dijo Cassia—. Enterré a mi marido el Día de San Miguel, y no me dejó más que deudas y una yegua mala. Así que no te pagaré el jornal completo hasta que venda la lana de la esquila. Tendrás que esperar, como todos los demás.
Las palabras le salieron con un acento que no era el suyo, en una voz grave, monótona y absolutamente despreocupada. Cuando terminó, Cassia apretó los labios y esperó.
Ashton se echó a reír.
No era la risa que había soltado en la habitación esa mañana. Esta vez fue más sonora. Le brotó de muy adentro.
—Por Dios —dijo—. ¿De dónde sacaste eso?
—De Nell —dijo Cassia—. Es de Lincoln.