Despiadado, salvo con ella (Las velas negras de la frontera 1) 34 Cassia
55%

34 Cassia

Cassia

De vuelta en la cama, Cassia intentó asimilar todo lo ocurrido en los últimos días.

Primero la habían enviado al norte, donde Ashton había interceptado su barco.

Después había terminado en Mere’s End y, por supuesto, había llegado la muerte de Roland.

Y ahora, mientras esperaba noticias, disfrutaba de un placer de lo más inesperado: desayunar en la cama.

Nunca se le había ocurrido que pudiera hacerlo.

Era una delicia, sobre todo porque Cassia también esperaba que un castigo divino cayera sobre ella por el papel que había desempeñado en la muerte de su esposo.

Y si las circunstancias de su muerte no bastaban para merecerlo, sin duda merecía un castigo divino por alegrarse de que ya no estuviera. Era la primera vez que se permitía formular aquel pensamiento por completo. Y aunque era cierto, jamás podría decirlo en voz alta.

De no haber muerto él, Cassia habría quedado atrapada en un matrimonio con un hombre brutal al que detestaba, lejos de su padre y de las personas que amaba en Grantchester.

Su mundo quizá había sido pequeño, pero Nell le decía a menudo que todos la querían, y tal vez fuera verdad.

En cualquier caso, extrañaba la vida que había tenido.

Debajo de ella, la posada había empezado a despertar. Oyó que alguien apoyaba un cubo con fuerza en el patio y que otra persona se reía por algo que ella no alcanzó a entender.

Por supuesto, sabía que tenía que casarse.

Pero ¿por qué su padre había elegido a Roland?

¿Por qué no había podido construir una nueva vida con alguien capaz de apreciar las historias que leía en sus libros?

¿Alguien que también anhelara aventuras?

O, al menos, alguien que la tratara con bondad. Pensó de inmediato en Ashton.

Y justo entonces, él llamó a la puerta.

Dejaría todo aquello a un lado por un solo día. Los pensamientos, la culpa… ¿Acaso no merecía un solo día de paz? ¿De felicidad?

Levantó la tranca con ambas manos, con menos torpeza que la noche anterior, y Ashton entró con una bandeja de comida. Cuando ella intentó cerrar la puerta y volver a atrancarla, Ashton dijo: —Déjala así.

Cassia se volvió y vio que él la observaba. Supo de inmediato que algo andaba mal.

—No puedes desayunar en la cama si ya no estás en ella —bromeó él, algo poco habitual en Ashton. Cassia se apresuró a volver a la cama, se acomodó y encontró junto a ella una bandeja con pan blanco, cerveza y ave fría. Ashton volvió a atrancar la puerta.

—Dime qué pasa —exigió ella, que en toda su vida nunca le había exigido nada a un hombre. Ni siquiera reconoció su propia voz.

Arrancó un trozo de la hogaza. El pan era blanco y fino, muy distinto del pan oscuro y tosco que los arrieros habían comido en el salón la noche anterior.

—Come primero. Magge envió la hogaza de pan blanco, aunque yo no se la pedí.

—¿Eso importa?

—Ya decidió qué eres.

—¿Quieres un poco? —preguntó ella, ofreciéndole el pan.

—Ya desayuné.

Era evidente que él no iba a contarle lo que había ocurrido abajo, o al menos no mientras ella comía, así que Cassia le hizo otra pregunta.

—¿Tus hermanos son tan bondadosos como tú?

La risa de Ashton llenó la habitación. Una risa franca, nacida de lo más hondo. Una risa de puro deleite. Cassia se descubrió sonriendo al oírla, aunque no había esperado que su pregunta lo hiciera reír.

Mientras masticaba el pan, aguardó sin dejar de mirarlo.

—Bondadoso. Me han llamado muchas cosas, pero ¿bondadoso? Ryker y Sorren se reirían de esa descripción aún más que yo.

—Tal vez, pero es verdad. —Bebió un sorbo de cerveza de su jarra.

Él se recostó en la silla, estiró las piernas frente a sí y cruzó un tobillo sobre el otro. Cassia podía imaginar que a otros les resultara bastante intimidante. A ella le había ocurrido al principio.

Pero ya no.

—Los dos tienen su lado bondadoso —respondió él por fin—. Pero no es lo primero que diría de ellos.

Como imaginaba que volvería a verse obligada a pasar tiempo con Ryker y Sorren, insistió.

—Entonces, ¿cómo los describirías?

—Imprudentes —dijo sin vacilar—. Ryker piensa poco en las consecuencias de sus actos, sobre todo en cómo podrían afectarlo más adelante. A menudo le decimos que acabará haciendo que lo maten, o que nos maten a todos.

—¿Y Sorren?

—Implacable. —No necesitó pensarlo—. Ryker olvida una ofensa para la mañana siguiente. Sorren seguirá guardándole rencor al ofensor cuando cumpla cincuenta años.

—Siempre quise tener hermanos —dijo Cassia entre bocados—. Mi madre perdió dos bebés antes de morir. De algún modo, no podía evitar llorar por un hermano y una hermana que nunca tuve. Tienes suerte de tenerlos.

Ashton ladeó la cabeza, como si sopesara sus palabras.

—Suerte —repitió. Sin duda no era una palabra nueva para él, pero la pronunció como si lo fuera.

—Hay un libro en la biblioteca de mi padre que me encantaba.

Un hombre lo escribió en una celda mientras esperaba su ejecución, por eso siempre me ha parecido extraño que pudiera hablar con autoridad sobre la buena fortuna.

—Cassia arrancó otro trozo de la hogaza—.

Escribió que la Fortuna tiene una rueda y la hace girar sin malicia, porque nunca prometió mantenerla inmóvil.

Los que están arriba bajan. Los que están abajo suben.

No es crueldad. Es simplemente la manera en que gira una rueda.

—¿Crees en esas cosas?

—¿Tú no?

—No. Somos dueños de nuestro destino. Cada decisión que tomamos tiene repercusiones.

—Entonces, ¿no crees en la voluntad de Dios?

Él se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas: —Creo que nuestras decisiones tienen consecuencias. Cuando un hombre debe elegir, puede sopesar lo que le costará antes de decidirse. La Fortuna no le concede esa cortesía.

No dijo nada más.

Cassia esperó. Él no había terminado, pero ella había pasado la vida sentada a mesas donde los hombres iniciaban conversaciones y las dejaban en el aire. Sabía lo que quedaba sin decir.

—Estás sopesando algo ahora mismo —dijo.

Ashton no apartó la mirada.

—Sí —dijo—. Así es.