Despiadado, salvo con ella (Las velas negras de la frontera 1) 32 Cassia
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32 Cassia

Cassia

Nunca antes había olido velas de sebo. El olor no era tan desagradable como le habían hecho creer a Cassia, pero tampoco se parecía al de su alcoba en Grantchester, ni siquiera al de la alcoba en el Daisy.

Era solo uno de tantos detalles que le recordaban que se encontraba en un lugar extraño.

Aun así, la habitación era más grande de lo que esperaba, con una cama de cuerdas y un colchón que olía a paja fresca.

Bajo la ventana había un arcón. Y los juncos del suelo se habían cambiado hacía tan poco que aún olían a hierba fresca.

Cuando Magge le entregó a Ashton una llave en lugar de dos, él se limitó a mirarla con extrañeza. Antes de que pudiera decir nada, Magge dejó claro que no se creía su historia.

—No sé qué pasa aquí, pero ella no es la viuda de un mercader de lana. Y tú nunca habías traído a una mujer. Cuéntame la verdad, o no. Me da igual. Pero mi posada está llena: saqué a dos arrieros para darles nuestra mejor habitación, y es lo único que puedo ofrecerles. Arréglenselas.

Cassia esperaba que Ashton protestara, pero él se limitó a ver alejarse a la posadera. Luego se volvió hacia ella.

—La habitación es grande y dormiré con gusto en un jergón en el suelo. Aunque también podría pasar la noche en los establos, si lo prefieres.

Fue precisamente porque se lo ofreció que Cassia decidió que no hacía falta, a pesar de lo impropio que resultaba… A pesar de que apenas llevaba tres días viuda y de que su educación le prohibía dormir en la misma habitación que un hombre que no fuera su marido.

Un hombre como Ashton.

Así que se instalaron. Cuando Ashton salió a ocuparse de los caballos, ella se tiró de las mangas de la camisa, deseando haber llevado su propia ropa de lino.

Magge había dejado una jarra de vino especiado sobre el arcón, con dos copas al lado.

Cassia se sirvió una y la llevó hasta el hogar.

Era una chimenea de piedra como era debido, lo bastante ancha para asar en ella, con una campana de arcilla y barro que recogía el humo y un banco arrimado a uno de sus lados.

No se parecía en nada a la gran chimenea de su hogar, pero era mucho más apropiada para una habitación pequeña como aquella.

Se sentó.

Como no tenía ningún libro que leer, se conformó con mirar las llamas y escuchar el crepitar del fuego, que alguien había avivado antes de que entraran en la habitación.

Magge sabía muy bien cómo mantener contentos a sus huéspedes, igual que Margot. Era curioso que, fuera del mundo al que ella pertenecía, las mujeres prosperaran en puestos de autoridad.

Al crecer en Grantchester, a Cassia le habían hecho creer que tenía muy poca autoridad. Y, sin embargo, en los últimos días, dos de las personas más seguras de sí mismas que había conocido eran mujeres.

Y luego estaba Ashton.

Unos golpes en la puerta la arrancaron de sus pensamientos.

Antes de retirar la tranca de la gruesa puerta de roble que la separaba de un pasillo en penumbra, Cassia se aseguró de que fuera él.

La tranca pesaba más de lo que parecía. La sacó con ambas manos de los soportes de hierro y la apoyó contra la pared.

Él entró. Había dejado el jubón en alguna parte.

Llevaba la camisa desatada en el cuello, las mangas arremangadas por encima de los codos y el cabello húmedo en las sienes, como si hubiera metido la cabeza en el cubo del pozo del patio.

El cordón que llevaba al cuello descansaba sobre la piel desnuda.

Cassia se quedó mirando sus antebrazos más tiempo del que pretendía.

—¿Estás segura de que debo quedarme aquí?

Cuando ella asintió, Ashton extendió el jergón entre la cama y la puerta. Cassia sonrió. Siempre la protegía.

—Hubo un alboroto afuera —dijo ella. La ventana tenía los postigos cerrados para resguardarse del frío; solo un pequeño cuadrado de tela encerada sobre el pestillo dejaba pasar la luz. Había oído gritos de hombres y el ruido de botas sobre la tierra apisonada, pero no había visto nada.

Él no dijo nada. Pero algo en su expresión le indicó a Cassia que Ashton sabía exactamente de qué hablaba.

—¿Sabes qué pasó?

—Sí.

De algún modo, ella ya sabía que él estaba involucrado. Y, si insistía, quizá Ashton se lo contaría. En cambio, decidió dejarlo estar.

¿Tenía algo que ver con ella? Algo le decía que sí…

No ignoraba la atención que había atraído abajo, en el salón.

—¿Lastimaste a alguien? —Aunque se había propuesto no preguntar, Cassia no pudo evitarlo.

—El hombre no está muerto, si es eso lo que preguntas.

No era exactamente lo que preguntaba, pero le alegraba saberlo.

—Hay vino especiado —dijo, mientras volvía a sentarse junto al fuego.

Cassia observó cómo Ashton se agachaba para terminar de acomodar el jergón: un colchón de paja y dos mantas ásperas que Magge les había enviado con un muchacho de la posada.

Era más alto y musculoso que Roland, y se movía con una soltura que su marido nunca había llegado a adquirir.

Roland había deseado tanto elevarse por encima de su posición que se había olvidado de cómo moverse cuando nadie lo miraba.

Apartó la vista enseguida cuando Ashton se incorporó y la sorprendió mirándolo. Él se dirigió al arcón, tomó la segunda copa de vino y se sentó a su lado.

—Hablé con un hombre llamado Hob. Antes recorría los caminos con su mercancía a cuestas, hasta que la cadera dejó de responderle, y desde entonces no se ha ido de esta posada.

Magge le da de comer. Él le paga contándole lo que oye.

Si alguien aparte de Magge ha oído rumores sobre la muerte de Roland, será él.

—Entonces no ha oído nada, ¿verdad? —dedujo ella por su expresión.

—Nada, a menos que te parezca útil saber que la esposa del molinero tiene un amante. ¿Te parece bien esta habitación para pasar una semana? Para entonces deberíamos averiguar algo.

Sonrió. La sonrisa le transformó el rostro entero… y luego desapareció, casi antes de que ella alcanzara a notarla.

—Sí —dijo, y lo decía en serio. Aunque, al mirar de reojo el jergón, sospechó que a él le parecía menos adecuada.

Bebió un sorbo de vino. No era tan bueno como el francés que servían en el Daisy, pero tampoco tan agrio como esperaba de una posada de las tierras fronterizas.

El silencio se prolongó, aunque no resultaba incómodo. A ella le bastaba con contemplar el fuego y escuchar a los leños protestar mientras se consumían.

De pronto imaginó a Roland protestando por aquella situación.

¿Había visto su cabeza, su mano, salir a la superficie del agua? ¿O lo había imaginado? Por primera vez, un recuerdo afloró en su mente: los ojos de su marido se abrieron de par en par al caer. ¿Sabía que iba a morir al caer?

Se le llenaron los ojos de lágrimas, las primeras que amenazaban con brotar desde que ocurrió.

Ella había provocado su caída. Y ahora Roland Heron ya no estaba en este mundo.

Y ella era viuda. Cassia se secó las lágrimas, respiró hondo para serenarse y bajó la mirada hacia el vino.

Su padre le habría ordenado dejarlo a un lado y no beberlo, como si la pena pudiera contaminarlo de algún modo.

Bebió de todos modos, mientras Ashton la observaba en silencio.

Ninguno dijo una palabra más. Terminaron el vino; luego Cassia se levantó y apagó la vela. Se metió en la cama, se cubrió con la colcha y oyó moverse la paja bajo Ashton mientras él se acomodaba en el jergón. Después cerró los ojos, rogando poder dormir.