31 Ashton
Ashton
—Muchos me han hecho esa pregunta —dijo Ashton, algo divertido—. He dado muchas versiones distintas. ¿Cuál te gustaría oír?
Cassia se había acomodado y parecía no notar la atención que aún recibía de los clientes del Wild Boar, o no sentirse incómoda por ella. Ashton sí la notaba. Todas y cada una de las miradas.
—La verdad —respondió ella sin más, y bebió un sorbo.
Parpadeó; sus espesas pestañas enmarcaban unos ojos inocentes que asomaban por encima de una jarra casi demasiado grande para sus manos.
Aunque, pensándolo bien, el Wild Boar recibía a muy pocas mujeres como clientas—.
Puede que haya vivido protegida. Pero una mujer protegida también sabe leer.
Ashton se divertía cada vez más. Pero se negó a demostrarlo, no fuera a pensar ella que no la tomaba en serio.
—Te creo. Vi tu baúl de libros. Dime, entonces, ¿qué has leído que te haya dado alguna pista sobre la crianza que crees que recibí?
Cassia estaba a punto de responder cuando una sirvienta volvió con una rebanada de pan que servía de plato y ave fría.
—No pretendía insultarte de ningún modo. Ni presumir que sé cómo fue criarse en el Daisy. Solo quise decir que no soy tan delicada como todos insisten en creer.
¿Alguna vez había tenido una conversación semejante? No tuvo que pensarlo mucho.
No.
La mayoría de las mujeres que había conocido no tenían título ni habían vivido protegidas en modo alguno.
—¿Quieres que te diga la verdad sin adornos?
Estaba seguro de que no.
—Quiero que no me trates como me trataban mi padre y mi esposo. Como si fuera un cristal que pudiera quebrarse si un hombre respirara demasiado fuerte cerca de mí.
Ashton probó el ave. Estaba mejor de lo que cabía esperar tan al norte de la costa. El Wild Boar estaba lo bastante cerca del agua para que el pescado y las aves llegaran frescos, y Magge jamás le había servido a un huésped nada que ella misma no comiera.
—La verdad sin adornos te ofendería. Ningún caballero se atrevería a hablarle de eso a una dama.
Cassia alzó la barbilla y lo miró con una expresión que desafiaba cada palabra que él acababa de pronunciar.
—No soy ninguna dama, sino simplemente Alys, la viuda de un humilde mercader de lana.
Una mujer que llevaba las cuentas de su esposo, recorría sus almacenes y oía todas las groserías que decían sus hombres cuando creían que no los escuchaba.
He oído cosas peores que cualquiera que tú pudieras decirme.
—Ya veo. —No era una pregunta.
—Ponme a prueba y lo verás.
Ashton la observó por encima del borde de su copa. Hablaba en serio. Eso era lo que no dejaba de sorprenderlo: que casi todo lo que decía lo decía en serio, pese a haber pasado la vida rodeada de personas que no lo hacían.
—Hay una palabra —dijo.
—¿Perdón?
—Cuando una de las muchachas de Margot se siente incómoda con un hombre, tiene una palabra. —La observó—. La dice y todo se detiene. Sea lo que sea que esté pasando. Hasta dónde hayan llegado.
—¿Y el cliente?
—Cualquier hombre que la oiga y no se aparte...
—¿Sí? —preguntó ella.
—Tendría que atenerse a las consecuencias. —Eso era todo lo que Ashton diría por ahora—. La palabra es «piedad». Dila y me detendré.
Ella ladeó la cabeza, como si sopesara sus palabras. Como si no le creyera.
Así que él le contó lo que quería saber, empezando por lo más corriente.
Le habló de cómo, de niño, corría hasta los muelles a comprar pescado, cerveza y pan para el Daisy.
De cómo creció sin intimidad alguna y aprendió el habla de los muelles y de los marineros.
De su trato con toda clase de personas: nobles, mercaderes de paso e incluso miembros del clero.
Fue la primera vez que ella soltó un jadeo de sorpresa, pero no la última. Sin embargo, Cassia nunca le pidió que se detuviera. Ni siquiera cuando le contó cómo fueron cambiando sus reglas. Cómo cada uno de ellos acabó haciendo cumplir las normas del Daisy.
Y, por último, le contó lo que había aprendido de las muchachas de Margot cuando era joven. Sabía que le estaba contando más de lo que debía. Ella era una dama, una viuda reciente... Pero Cassia le había pedido la verdad, y él se la dio.
—Son expertas en el arte de dar placer y, aunque Margot les prohibía a sus muchachas tener nada que ver con nosotros, eso no las detuvo. —Ashton se encogió de hombros—. Fue motivo de muchas discusiones.
Les sirvieron más cerveza y retiraron los restos de la comida. Solo cuando quedaron en el salón ellos dos, Magge y tres clientes rezagados, alguno de los dos mencionó la posibilidad de retirarse por esa noche.
Esa noche le había hablado de su infancia más que a nadie, con excepción de Ryker y Sorren.
Los tres habían llegado a ese punto por caminos distintos, y ninguno era dado a hablar del asunto.
Que ella hubiera logrado hacerle contar todo aquello en una sola noche era algo en lo que tendría que pensar más tarde.
—Tengo... muchas preguntas. Pero no soy lo bastante valiente para hacer ninguna —dijo ella.
Ashton se levantó y Cassia hizo lo mismo.
—Eres más valiente de lo que crees —le dijo—. Y cuando te animes a preguntar, te responderé.
Lo decía en serio, pero tardó un momento en darse cuenta de qué más le había ofrecido.
Ella aún no le había hecho la única pregunta que importaba: la del hombre que había caído al mar y no había salido.
La pregunta que él acababa de prometer responder.