Despiadado, salvo con ella (Las velas negras de la frontera 1) 29 Cassia
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29 Cassia

Cassia

—Necesitarás un nombre. Una identidad.

Cuando el Wild Boar apareció a lo lejos, justo cuando empezaba a ponerse el sol, tal como Ashton había predicho, ella preguntó:

—¿No basta con ser la viuda del alcaide adjunto recién fallecido?

Ashton sonrió. Lo había hecho más veces aquel día que en cualquier otro.

Aunque Cassia suponía que a ella le había pasado lo mismo.

Se había sorprendido imaginando a Roland en el fondo del mar del Norte, con el cuerpo hinchado y en descomposición.

Y se sentía culpable por lo que había ocurrido en torno a su muerte.

Pero lo cierto era que… Cassia había disfrutado del día.

No debería haber sido así, ni esperaba que lo fuera. Pero montar una yegua como Maude…

Con él.

Cassia se reprendió, apartó aquel pensamiento y se concentró en lo que tenía por delante. Necesitaba un nombre. Una identidad.

Esperó.

Él redujo el paso y detuvo su caballo bastante antes de llegar a la posada. Cassia acercó a Maude hasta quedar a su lado.

Él le daría un nombre. Un motivo falso para estar allí. Pero ya estaba acostumbrada a eso. Los hombres le habían dicho quién era durante toda su vida.

—¿Se te ocurre algo? —preguntó él.

Ella acarició el cuello de su yegua cansada.

—¿Sobre mi identidad?

—Sí.

Claro que se le ocurría algo. Pero… él esperaba a que ella eligiera.

—Alys —soltó—. Así se llamaba mi madre.

Él asintió.

—También necesitarás un apellido y una razón para estar conmigo en un lugar como este. Aquí hay mujeres. De hecho, la dueña de la posada es una de ellas. Pero, aparte de la dueña del Wild Boar y algunas criadas… pocas mujeres atraviesan un territorio tan peligroso sin tener un motivo.

—Podría ser vendedora de telas —dijo ella—. Una vez conocí a una mujer que vendía sus mercancías en el mercado del pueblo. Hablaba a menudo de sus viajes.

—Entonces serás Alys Mercer. Un buen nombre. Eres la viuda de un comerciante de lana de Berwick y viajas hacia el sur para saldar las cuentas de tu marido. Me contrataste para protegerte.

Aquello no estaba tan lejos de la verdad.

Alys.

Hacía años que no pronunciaba aquel nombre en voz alta.

Su padre nunca lo hacía. Había guardado las cosas de su madre, fuera de la vista, y había hecho lo mismo con su nombre.

Con el tiempo, Cassia había dejado de pedirle ambas cosas, de buscar alguna manera de recordarla cuando estaba claro que su padre deseaba lo contrario.

Tal vez no había querido que le recordaran algo doloroso.

Según Nell, los dos habían llegado a amarse, cada uno a su manera.

Y ahora era Alys, la viuda de un comerciante de lana de Berwick. Todo lo demás había sido idea de Ashton: el apellido, su «marido» y las cuentas de este, así como la razón por la que viajaba con él.

Pero el nombre era suyo.

—Estuve en Berwick, aunque apenas lo recuerdo porque fui hace muchos años.

—Pocos se tomarán la molestia de preguntarte —dijo él, frunciendo el ceño—. Salvo Magge. La posadera es… Ya lo verás por ti misma. Ven.

Entonces recorrieron a caballo el trecho que les faltaba hasta la posada, levantada entre árboles y campos. Parecía un lugar poco probable para una posada, de no ser por su cercanía al río.

Los muros eran de piedra hasta una altura inferior a la de su caballo, y de madera por encima. El techo de paja estaba oscurecido por la humedad, y de ambos extremos salía humo. Detrás de la posada había un establo y un montón de cenizas y desperdicios de cocina.

Ashton desmontó y tomó las riendas de ambos caballos. Los llevó hasta el establo, les aflojó las cinchas y los dejó beber antes de atarlos.

Cassia alzó la vista hacia el letrero de madera, que se mecía suavemente con el viento y crujía al ir y venir.

Estaba tan absorta mirándolo que no se dio cuenta de que ya no estaba sola.

Dos hombres habían aparecido por la parte trasera de la posada, pero apenas la vieron, abrieron los ojos de par en par y retrocedieron.

Pronto comprendió por qué. La voz grave de Ashton rompió el silencio para preguntarle si tenía hambre.

—Los asustaste —lo acusó mientras los hombres se alejaban a toda prisa en dirección contraria.

Cassia los vio dar un amplio rodeo para evitarlos a ella y a Ashton antes de volver sobre sus pasos hacia los establos.

Se echó a reír al darse cuenta de cuánto se habían desviado de su camino con tal de no cruzarse con Ashton.

—¿Te divierte que los «asuste», como dices?

Ella alzó la mirada hacia él. Ashton estaba tan cerca que podría tocarlo… si se atreviera.

—Quizá.

Él sonrió.

—Quizá sí. Ven. Magge te caerá bien. Y también te gustará tener una habitación cálida.

—Y cenar —añadió ella—. También tengo ganas de eso.

—Sí, de cenar también —dijo él mientras abría la puerta.

Y entonces ella entró y se encontró con una escena como ninguna que hubiera visto en su vida.