Despiadado, salvo con ella (Las velas negras de la frontera 1) 24 Cassia
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24 Cassia

Cassia

Todo estaba mal.

Abrió los ojos sin saber si ya había salido el sol. Permaneció acostada, tratando de familiarizarse con el lugar.

No estaba en su alcoba de Grantchester. Tampoco en la de Denby. Cassia estaba sola, en el Daisy, en Mere’s End.

Y su esposo estaba muerto.

Se volvió hacia el otro lado. La cama era sorprendentemente cómoda. Cassia no supo cuánto tiempo permaneció allí, en silencio, con los pensamientos dando vueltas en su cabeza como las piedras sueltas del sendero del acantilado.

Finalmente, se levantó y se puso una sencilla túnica color rosa. Era la favorita de Nell. Decía que Cassia parecía una princesa cuando la llevaba, a pesar de la sencillez del vestido.

Nell. Ya debía de estar de regreso en Grantchester. El padre de Cassia se habría enterado de lo ocurrido. Mere’s End no era un lugar que pudiera encontrar fácilmente, pero no dudaba de que lo intentaría. ¿Y cuando se enterara de que había matado a su esposo?

¿Qué pensaría su padre de eso?

¿Importaría que hubiera sido un accidente? Roland ya no estaba entre los vivos. Su familia… ¿qué llegaría a saber de lo sucedido?

¿Y qué sería de ella ahora?

Unos golpes en la puerta la sacaron de sus cavilaciones. Preguntó quién estaba del otro lado antes de abrir.

—Soy Ashton.

Cassia no tenía derecho a sentir nada que no fuera repulsión al oír su voz. Pero sintió otra cosa.

Al abrir, le sorprendió verlo con una bandeja en las manos.

—Pensé que quizá preferiría desayunar aquí en vez de bajar. Puedo acompañarla. O no.

Era una tontería no querer estar rodeada de mujeres que no hacían más que lo necesario para sobrevivir. Sin embargo, la situación la inquietaba. Cassia no sabía cómo comportarse en semejante compañía.

Así que agradeció el gesto.

—Puede quedarse.

Había estado a punto de decirle que le gustaría que se quedara, pero entonces comprendió lo absurdo que sería decir algo así después de lo ocurrido la noche anterior.

Ashton dejó la bandeja sobre la mesa baja que había bajo la ventana. Contenía un pan pequeño, un plato de queso blando, ave fría y dos vasos de cerveza aguada. Apartó para ella la única silla de la habitación; luego salió al pasillo y regresó con otra para él.

Comieron un rato en silencio.

Ashton habló primero. —Margot me dijo que habló con ella anoche, ¿es cierto?

Cassia terminó de masticar el pan. —Sí. Y me sorprendió quedarme dormida poco después.

—Dormir ayuda al cuerpo a sobrellevar un golpe muy duro. Así se protege. Por eso no me sorprende, y me alegra que haya dormido.

Vestía con sencillez: calzas oscuras y una camisa de lino blanco, abierta en el cuello y con las mangas arremangadas. Parecía estar en su elemento a bordo de The Einar.

—Mi esposo está muerto.

Al recordar el instante en que Roland soltó la manga de su vestido y comenzó a caer, le temblaron las manos alrededor del vaso.

Lo dejó sobre la mesa antes de que se le notara el temblor.

Entonces volvió a sentir el frío, el mismo frío de la piedra y el agua negra, aunque el fuego estaba encendido y la habitación era cálida.

En el rellano no había sentido frío, pero ahora estaba helada.

Él no apartó la mirada cuando ella lo dijo. —Así es —respondió—. Está muerto.

No dijo «lo siento». Ni «fue un accidente». Solo confirmó que era verdad.

Cuando volvió a tomar el vaso, descubrió que ya no le temblaba la mano. Cassia bebió un trago largo.