Despiadado, salvo con ella (Las velas negras de la frontera 1) 22 Cassia
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22 Cassia

Cassia

Alguien la había envuelto en una manta de lana.

No recordaba casi nada del camino desde el desembarcadero, solo fragmentos. El sendero mojado. La voz de Margot, baja, cerca de su oído. Una puerta y, después, un fuego junto al que se había sentado.

Recordaba el frío. No se debía a la caminata ni a la bruma del mar en el que había caído su esposo. El frío había llegado después, durante el ascenso, y desde entonces no la había abandonado.

Su vestido yacía donde se lo había quitado, hecho un montón junto al hogar.

Roland estaba muerto.

Le daba vueltas a aquella palabra, como a una frase en latín, esperando que revelara su significado.

Viuda.

Era viuda.

Habría que decírselo a su padre. En algún lugar se celebraría una misa, oficiada por un sacerdote que nunca había conocido a Roland y diría que había sido un buen hombre, aunque no fuera cierto.

Esperó a que la invadiera el dolor. Era lo que correspondía, y la habían criado para hacer lo que correspondía.

Hasta ahora, no había llegado.

En su lugar, le venía el recuerdo del agua. La silueta oscura de Roland hundiéndose en ella. El sonido, que no había sido fuerte.

Y su cabeza.

Volvía una y otra vez a la imagen de la cabeza de Roland asomando a la superficie, con Ashton encima de él. ¿Le había tendido la mano? Por más que lo intentaba, Cassia no lograba recordar la respuesta.

Ashton lo sabría. Había estado allí mismo, inclinado y lo bastante cerca para verlo todo.

No le había tendido la mano.

Antes, cuando el sendero se había vuelto pedregoso y ella había tropezado, Ashton le había ofrecido la mano y la había sostenido del brazo sin que se lo pidiera.

Pero a Roland no se la había ofrecido.

La caída había sido culpa suya. No fingiría lo contrario, ni siquiera allí, a solas, donde nadie podía oír sus pensamientos. Roland la había tomado del brazo; ella se había soltado, él había tropezado y caído al mar.

Podía ir a preguntarle a Ashton. Y él le respondería. No mentía… Eso era algo que Cassia había aprendido, incluso cuando la verdad lo perjudicaba.

Pero ¿quería saber la verdad?

Que tal vez no quisiera saberla era algo que jamás podría confesarle a su padre, ni a un sacerdote, ni a la criada que pronto llamaría a la puerta y recogería su vestido del suelo.

Margot había regresado una vez. Se había quedado en el umbral, mirando a Cassia, tratando de descifrarla.

—Pensé que tal vez seguiría despierta. Intente al menos cerrar los ojos.

—¿Cómo podría? Mi esposo está muerto. Soy viuda.

—Sorprende lo que una es capaz de hacer —había respondido—. Duerma, mi señora.

Y se había marchado.

Ahora Cassia yacía en una cama que no era suya, en una casa regentada por una mujer que vendía aquello por lo que los hombres estaban dispuestos a pagar, en un pueblo donde su esposo se había ahogado aquella noche.

Y, sin embargo, no tenía miedo.

Su último pensamiento, cuando por fin la venció el sueño, fue que quizá debería haberlo tenido.