21 Ashton
Ashton
Habían dejado Mere’s End atrás, en lo alto del acantilado. Roland había llegado por agua, hasta el único tramo de piedra que no pertenecía a nadie, así que no les había quedado más remedio que ir a su encuentro.
El sendero que bajaba del acantilado estaba mojado de principio a fin, y empeoraba cerca de la base. Primero había roca, luego roca pulida por el desgaste y, al final, el embarcadero.
Alguien lo había construido en tiempos que ya nadie en la aldea recordaba. Piedras que se adentraban en el agua, unos cuantos postes de madera, negros de podredumbre, aún en pie donde antes amarraban las embarcaciones. Ahora casi no se usaban. El mar llevaba años recuperando lo que era suyo.
Ashton miraba dónde pisaba.
Luego miraba los pies de ella.
La última luz del día se apagaba. Lo poco que quedaba no alcanzaba más allá del extremo de piedra donde terminaba el embarcadero y empezaban las aguas profundas. Los recibió el olor a sal y a brea de una embarcación cercana.
La barca de pesca se mantenía apartada del extremo del embarcadero, sujeta por una cuerda, con un farol en la proa.
Ashton contó a los hombres. Cuatro sobre la piedra, dos junto a la barca.
—Más cerca de mí —susurró mientras los cinco avanzaban sobre la piedra. Caminaban muy juntos, con Cassia entre ellos. El paso era estrecho. Cerca del extremo, apenas cabían dos personas lado a lado.
—Tenga cuidado. El mar es profundo y no perdona, ni siquiera tan cerca de la orilla —dijo Ashton.
—Ya me lo dijo antes —respondió Cassia.
Lo dijo sin el ímpetu que había mostrado en el encuentro anterior. Esta Cassia estaba demasiado preocupada para irritarse.
Cuando se acercaron lo suficiente para distinguir los rostros, Ashton lo reconoció sin dificultad.
Estaba al frente, como era de esperar. Roland se erguía imponente, envuelto en una capa de buena lana, confeccionada para llamar la atención y acorde con su cargo de alcaide adjunto.
Un líder de hombres, o eso quería hacer creer, seguramente.
Así que ese era el hombre que la había comprado, que le había hecho daño y había llamado matrimonio a todo aquello…
Ashton se había preguntado qué aspecto tendría.
No tenía nada de particular. Un hombre bien vestido sobre un embarcadero podrido.
Ashton registró dónde estaba cada uno, cuál se movería primero y a qué distancia del agua estaban los pies de cada uno. Luego compuso una expresión impasible, resistiendo el impulso de cerrar el puño o echar mano de su espada.
Sorren fue el primero en hablar.
—Como puede ver, su esposa está entre nosotros. Ilesa.
Todas las cabezas se volvieron hacia Cassia. Mientras los demás le prestaban atención, Ashton contó las armas que llevaban los hombres.
—Por derecho, como esposo suyo, he venido a reclamar a lady Cassia de Grantchester. Y…
—¿Como esposo y no como alcaide adjunto? —se burló Ryker, sabiendo muy bien que, si Roland hubiera invocado ese título allí, todos ellos ya estarían muertos. Solo seguían con vida porque había venido como esposo de Cassia y no como guardián.
—Consideraré este episodio un malentendido muy desafortunado y supondré que detuvieron el Aldgate sin saber qué valiosa carga llevaba.
Así que esa era su manera de actuar. Cortés. Dueño de sí mismo. Una despreciable excusa de marido.
Ashton empezaba a comprender por qué Silas de Grey lo había elegido. Los dos hombres estaban cortados por la misma tijera.
—O bien —añadió Roland—, ¿exigen dinero para devolverla? ¿No fue tanto un malentendido como una maniobra más ruin?
Ashton reprimió el impulso de poner los ojos en blanco, aunque probablemente Roland ni siquiera pudiera verlo. La luz del farol que llevaban iluminaba poco; la luna, menos aún.
Ya estaba harto de los juegos de aquel hombre.
—Usted habla de extorsión, de dinero y de un malentendido —dijo Ashton—. Nosotros no hemos mencionado nada de eso.
—Son ustedes quienes juegan. Los conozco a todos y cada uno —dijo Roland, mientras su fachada impecable seguía resquebrajándose—. Incluido su capitán.
Leif había venido solo para echar una mano si hacía falta.
Jamás le hablaría a Roland. Había traído consigo una regla del norte y nunca la había quebrantado…
No dirigiría la palabra a los ingleses. Una vez había llevado hombres a combatir contra ellos y enterrado a demasiados de los suyos como para gastar ahora aliento en uno.
Roland no se tomó bien el silencio de Leif.
—Exijan un precio o terminen con esto. De cualquier modo, quiero que me devuelvan a mi esposa.
Entonces miró más allá de los hermanos, hacia Cassia, como si el asunto estuviera resuelto y solo faltara que ella se moviera.
—Ven aquí —le dijo.
Durante casi toda la bajada, Cassia había mantenido la vista fija en sus pies sobre la piedra mojada. Ahora alzó la mirada.
—No —dijo.
No alzó la voz; se limitó a pronunciar la palabra.
—No iré —añadió.
Los hermanos cerraron filas a su alrededor. Al parecer, aquello enfureció a Roland más que el secuestro de ella: por primera vez desde que se habían reunido, su compostura empezó a resquebrajarse.
La marea se arremolinaba entre las piedras bajo sus pies. Detrás de Roland, la barca de pesca golpeó una vez el extremo del embarcadero y volvió a quedar en silencio.
Ashton se tensó, exasperado por la idea de que Roland se creyera con derechos sobre ella.
Roland recorrió el último tramo de piedra. Agarró a Cassia del brazo y tiró de ella, dispuesto a llevársela quisiera o no.
Ella se zafó con un giro.
Fue un gesto pequeño: una mujer que se mantenía firme y rechazaba la mano de un hombre que creía poseerla.
Roland dio un paso para no soltarla, pero pisó las algas negras y resbaladizas, que no le ofrecieron apoyo alguno.
Ashton sujetó a Cassia por el otro antebrazo antes de que Roland cayera al agua.
Poco importaba si ella habría podido mantener el equilibrio. Ashton no iba a correr riesgos.
Roland cayó al agua y los oscuros remolinos se cerraron sobre él.
Ashton soltó a Cassia y llamó a Ryker para que la sostuviera cuando los hombres de Roland empezaron a avanzar.
Sorren les cortó el paso y ellos se detuvieron.
Ashton se agachó para escudriñar el agua oscura.
Roland salió a la superficie cerca del borde, cerca de donde Ashton estaba arrodillado.
La mano del alcaide adjunto emergió del agua y se estiró en busca de la piedra, de cualquier cosa a la que pudiera aferrarse.
Ashton la miró, pero no se movió.
Roland se hundió por segunda vez y volvió a salir más abajo, con la boca ya llena de agua salada. La ropa lo arrastraba al fondo. El agua era fría y profunda, y nada le importaba el cargo que Roland acababa de recibir.
Sus hombres estaban demasiado lejos para alcanzarlo, y el mar era más rápido que ellos.
Nadie se movió.
Ni los hermanos ni los hombres de Roland, que vieron hundirse la mano de su señor por tercera vez sin siquiera intentar agarrar la cuerda de la barca de pesca. Fuera lo que fuera que les hubieran pagado, no había sido suficiente.
El agua se tragó lo último que quedaba de él.
Cassia miró fijamente el lugar donde había estado su marido y luego a Ashton. Bajó la vista hacia la mano de él, que seguía a su costado.
Él esperó la pregunta.
Pero no llegó.