19 Ashton
Ashton
—Está haciendo frío. Será mejor que nos vayamos —dijo ella.
A pesar de lo que pensaba, Ashton permaneció sentado. Los momentos de alegría —no de placer, sino de alegría— eran tan escasos como las aguas tranquilas en Mere's End. No acababa de ser capaz de ponerle fin a aquel momento por voluntad propia.
Pero tampoco seguiría por el camino que estaba tomando la conversación.
El viento que venía del mar había cobrado fuerza, frío y cargado de sal. Aun así, se quedó.
—Hábleme de su familia —le pidió.
Ella no se parecía a nadie que hubiera conocido, y Ashton sentía curiosidad por saber cómo lady Cassia había llegado a ser así.
—No hay mucho que contar —dijo ella. Siguió mirando el mar, como si este pudiera darle respuestas, aunque él sabía que no encontraría ninguna en su inmensidad. Aun así, contemplarla era algo que haría con gusto el resto del día.
—Mi madre murió de una enfermedad cuando yo tenía ocho años. Después de que nací, perdió a dos bebés, ambos durante el parto, antes de morir. Así que no tengo hermanos. Mi padre me crio.
Él dejó que el silencio se prolongara un instante más de lo necesario.
—Venimos de mundos muy distintos —dijo Ashton—. Pero tenemos eso en común.
Ella se volvió hacia él.
—Crecer sin madre. Imagino que para una mujer debe de ser más difícil. ¿Hubo muchas cosas de las que su padre no pudo ocuparse mientras usted crecía?
Lady Cassia alzó la vista al cielo, como si intentara recordar.
—Muchas veces deseé que mi madre siguiera viva para poder hacerle preguntas. Nell lleva muchos años conmigo, pero había cosas... cosas que me daba demasiada vergüenza preguntarle.
Pregúnteme a mí.
Por supuesto, jamás diría algo así. Pero Ashton podía imaginar con facilidad qué clase de preguntas le habían quedado sin respuesta, preguntas que daban vueltas en la mente de una dama demasiado recatada para formularlas en voz alta.
—¿Qué le pasó a su madre? —le preguntó ella.
Ojalá pudiera responderle. —Margot... Se detuvo a pensar en lo que había estado a punto de decir. Algo que solo les había contado a sus hermanos.
Negó con la cabeza. —Tuve a Margot. Y, como podrá imaginar, con ella había muy pocos temas prohibidos. Pero tampoco siempre sabía hacer de madre.
Había dicho más de lo habitual.
Ashton se volvió para mirar también aquello que los mantenía a flote a él y a sus hermanos. Había crecido en un pueblo pobre cerca de los muelles y siempre había supuesto que su futuro estaría ligado de algún modo al mar del Norte.
Pero ninguno de ellos habría podido imaginar de qué manera.
—No le tengo miedo —dijo ella.
Aquello captó su atención.
—Ya no, quiero decir. Antes sí, por supuesto. Todos hemos oído las historias. Pero... no creo que tenga intención de hacerme daño.
—No pienso hacerle daño.
—Dijo que era un juramento que hizo con sus hermanos.
Recordó cuando tenía doce años. Se había encontrado con una de las muchachas de Margot, tan cubierta de moretones que no había forma de ocultarlos, y ella se había negado a dar un nombre. Pero ellos habían descubierto la verdad... y habían impartido justicia a su manera.
Los tres hermanos no se dijeron nada después.
No había hecho falta. Ryker clavó el cuchillo en un poste del muelle con tanta fuerza que necesitó las dos manos para sacarlo.
Sorren no habló durante dos días. Ashton solo recordaba la decisión, tomada sin que mediara una palabra entre ellos...
Llegaran a ser lo que llegaran a ser, jamás serían como aquel hombre.
—Hemos hecho cosas malas. Peores que las que ha hecho la mayoría, sobre todo siendo tan jóvenes.
Los tres tenemos una línea que no cruzamos, aunque la mayoría de los hombres ni siquiera se molesta en trazar la suya.
Trazamos la nuestra después de ver lo que le ocurre a una mujer cuando no tiene a nadie que salga en su defensa.
El viento llenó el espacio que habrían ocupado las palabras.
Ella permaneció sentada un buen rato, asimilándolo.
—Supongo que tiene sentido. Pero... —sus ojos se encontraron con los de él y sostuvieron su mirada— no sé cómo conciliarlo. —Bajó la vista hacia su vestido—. Amors sanz crieme et sans peor, est feus sanz flame et sanz chalor —dijo en voz baja, como si hablara consigo misma.
Él no reconoció las palabras. Tampoco le hizo falta. Fuera lo que fuera que le había confiado al mar, llevaba mucho tiempo cargando con ello.
De pronto lo invadió una sensación que no sabía describir. Ya la había sentido antes, el día en que se había arriesgado y había hablado con la doncella de Cassia. Volvía a sentirla ahora y lo impulsaba a hacer algo que su mente se negaba a nombrar.
Ashton se puso de pie primero y le ofreció la mano.
Ella la miró un instante demasiado largo antes de tomarla.
El sendero de regreso a la Daisy resultó más difícil de bajar que de subir. Las piedras sueltas se movían bajo el dobladillo de su vestido y, a mitad del descenso, se le trabó un pie. Se precipitó hacia delante.
Ashton le sujetó el codo antes de que ella se diera cuenta de que estaba cayendo.
No la soltó hasta que llegaron a terreno llano.
Cassia fue la primera en apartarse.
Caminaron de regreso casi todo el tiempo en silencio. Ashton no sabía qué pensaba lady Cassia, pero con cada paso que los acercaba al pueblo percibía un cambio en el ambiente.
Podía no ser nada.
Podía serlo todo.
De cualquier modo, había sido una grata distracción de lo que se avecinaba. Era cierto que él y sus hermanos se habían expuesto al peligro al llevársela.
Pero el maldito de Grey había iniciado la batalla que estaba por librarse. Ashton no podía reprocharle que aprovechara su posición. Así que ellos también sacarían provecho de la falta de ley en aquellas tierras.
La diferencia era que de Grey actuaba sin honor. No le importaba nada salvo su propio beneficio. Ashton, Ryker y Sorren, al igual que Margot antes que ellos, solo querían sobrevivir.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó Cassia.
Mientras los tejados de Mere's End se agrandaban ante sus ojos y la Daisy aparecía a la vista, él le explicó lo que consideraba más probable.
—Esperamos tener noticias de su esposo esta tarde. Su puesto en Denby, su nuevo hogar, queda a casi dos días a caballo de aquí. Es una zona peligrosa de las tierras fronterizas y, francamente, me sorprende que la haya hecho ir hasta allá.
El sendero bordeaba el acantilado; los tojos y la hierba rala daban paso a la roca desnuda, barrida por el viento.
—A mí también me sorprendió, por lo que sé de las tierras fronterizas.
Él la miró de reojo. Ella no añadió nada más.
Lady Cassia hablaba bien de su padre y, aunque Ashton sabía poco de sir Roland, podía deducir que la decisión de hacerla ir a Denby tenía poco que ver con el bienestar de lady Cassia y mucho con las ambiciones de sir Roland. No se podía confiar en ningún hombre aliado de Silas de Grey.
Sorren se acercaba a ellos. Incluso desde aquella distancia, Ashton podía distinguirlo de Ryker por su complexión y su forma de caminar.
Ryker tenía un aplomo que nadie podía quebrantar. Sorren caminaba con la cabeza en alto y un paso más discreto, pero igual de seguro.
Cuanto más se acercaba, más seguro estaba Ashton de que había llegado la respuesta de sir Roland.
Redujeron el paso cuando Sorren los alcanzó a las afueras del pueblo.
—Mi señora. —Sorren inclinó la cabeza. Luego se volvió hacia Ashton—. Ya están aquí.
—¿Los mensajeros de Roland?
Sorren desvió la mirada hacia lady Cassia.
Ashton comprendió de inmediato lo que eso significaba y se le tensaron todos los músculos del cuerpo.
—Sí. Y también el propio Roland.