18 Cassia
Cassia
Ella no tenía nada que decir al respecto.
¿Por qué tendría que importar...? ¿Por qué le importaba...? Cassia prefería no pensar en ello. En cambio, se volvió hacia el mar del Norte, cuyas aguas se arremolinaban ante ella.
Hasta entonces, solo había viajado en barco unas cuantas veces. Siempre cerca de la costa, nunca tan lejos como hasta donde ahora se perdía su mirada. Allí, bajo las aguas, podían vivir cosas inconcebibles; sobre ellas, podía suceder lo impensable.
Había leído sobre alta mar en los libros, pero no conocía de ella más que esas palabras. Aun así, le habría gustado aventurarse hasta allí, aunque solo fuera para saber qué se sentía al navegar sin tierra a la vista.
—¿Regresamos? —preguntó él.
—Todavía no.
Lo dijo sin mirarlo. Aunque el estómago le indicaba que le vendría bien comer, prefería seguir al aire libre.
Al divisar una roca plana, lo bastante grande para que ambos se sentaran, se detuvo, a punto de preguntarle si podían descansar un momento.
Pero, antes de que pudiera hacerlo, Ashton le tendió la mano y la guio hacia aquel asiento improvisado.
Cassia trepó a la roca y se sentó, acomodándose las faldas.
No hablaron. Después de todo, ¿qué podía decir ella?
Estaba sentada junto a un hombre que la había secuestrado y ahora esperaba que otro, un hombre al que detestaba, viniera a reclamarla. La única aventura que Cassia conocería en los días venideros estaba guardada en un baúl, de vuelta en su alcoba.
Una alcoba dentro de una casa de guisos, para colmo. Sin poder evitarlo, se rio de lo absurdo de todo aquello.
Ashton se sentó a su lado y la miró perplejo, como era de esperarse.
—Este lugar es tan hermoso. —Cassia mantuvo la vista al frente—. Y, sin embargo, también es peligroso.
—Sí. Pero no se rio por eso, ¿verdad?
Se había reído porque odiaba llorar. Ya lo hacía bastante, demasiado últimamente.
—No, no fue por eso. Me daría miedo navegar mar adentro. —Señaló hacia la distancia—. Pero lo haría de todos modos.
Ashton cambió de postura y, con una pierna doblada bajo él, se volvió más hacia ella que hacia el mar.
—Una cualidad admirable, pues la mayoría evita aquello que teme.
—¿Hay algo que le dé miedo? —La pregunta se le escapó antes de que pudiera contenerla.
—Sí.
No añadió nada más. No es que a ella le sorprendiera. Pero una parte de Cassia sentía curiosidad por saber qué podía temer un hombre como él.
—Entonces, ¿ha navegado por ahí? ¿Cómo es?
Ashton guardó silencio un momento. —Una vez, Leif me llevó más allá del cabo.
No teníamos tripulación ni carga. No había nada a lo que aferrarse salvo la madera.
—Hizo una pausa—. Era la primera vez que llegaba tan lejos sin nada que hacer más que sentir el movimiento del barco.
Me mareé antes de que regresáramos. Nunca me dejó olvidarlo.
—¿Cuánto hace de eso? ¿Fue cuando llegó por primera vez a Mere's End?
—Unos seis años, más o menos.
—Debió de ser difícil para él: ser un jarl y luego, por circunstancias ajenas a su voluntad, perderlo todo.
Ashton pareció reflexionar sobre ello. Contempló el mar junto a ella y al fin dijo: —Si Leif estuviera aquí, diría que perdió mucho, pero ganó aún más.
Nos enseñó a los tres más de lo que jamás podremos retribuirle.
Ryker, sobre todo, se acostumbró al mar de inmediato.
Nunca se había sentido tan a gusto en tierra.
—¿Usted era un saqueador fronterizo?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que tuve edad suficiente para sostener una espada sin que me temblara la mano.
Ella esperó que suavizara sus palabras. No lo hizo.
—Maté a mi primer hombre hace doce veranos. No recuerdo su rostro. Pero sí recuerdo que no suplicó.
Cassia no pudo apartar la mirada.
A él no parecía perturbarlo aquel recuerdo.
Mientras estaban sentados en la roca, el viento había cobrado fuerza; ahora era tan frío que les escocía la piel.
—Tenemos suerte. Puede que De Grey haya bloqueado nuestras rutas comerciales, pero el mar nos ha abierto muchas más.
—¿Por qué? ¿Por qué se dedica a eso?
Era su pregunta más impertinente hasta entonces, pero Cassia se negó a retirarla. No le debía nada. Aquel hombre se la había llevado contra su voluntad. Cassia agradecía que fuera amable con ella, pero a esas alturas ya debería estar instalada en una nueva casa señorial.
Eso si «instalada» significaba sentirse sola, estar en peligro y más cerca de su esposo...
—No tenía muchas opciones. Algunos nacen al norte de la frontera, con parientes en sus clanes a quienes recurrir. Otros nacen al sur, con una corona que al menos pueden llamar suya. Los hombres y las mujeres como yo, los que nacemos en la frontera... no tenemos ni lo uno ni lo otro.
—Ni lo uno ni lo otro. —Cassia sopesó aquellas palabras—. ¿Es motivo de pesar o de libertad?
La expresión de Ashton no cambió. —Ambas cosas. Depende del día.
—¿Y hoy?
Él le sostuvo la mirada un instante más de lo debido antes de responder. —Hoy se siente como ambas cosas a la vez.