Despiadado, salvo con ella (Las velas negras de la frontera 1) 11 Ashton
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Ashton

Ella no hizo más comentarios, aunque él notó que Cassia se moría de ganas de hacerlo. Apenas lograba ocultar el fuego que llevaba dentro. Se preguntó con qué facilidad lo advertirían los demás. También se preguntó cómo prepararla para conocer a Margot.

Nunca había presentado a una dama a la mujer que había sido como una madre para él. Ashton casi habría podido reírse de la ironía, si la situación hubiera dado para risas.

No era el caso.

Cassia comía como una dama. Hablaba como una dama. Todo en ella revelaba su crianza. Entonces, ¿por qué Roland Heron? Lady Cassia era una mujer hermosa. Sin duda, su padre habría podido escoger entre muchos pretendientes.

—Le pido disculpas desde ahora por llevarla a casa de Margot sin avisarle. —Hizo una pausa, pensando cuánto contarle—. Me crié aquí, en la casa que ella dirige. Lo mismo que Ryker y nuestro otro hermano, a quien probablemente conocerá hoy.

Ella había dejado de comer a mitad de su explicación.

—¿Una mujer? ¿Me trajo aquí para conocer a una mujer?

A Lady Cassia le esperaba una sorpresa mucho mayor cuando llegaran, pero él se guardó ese detalle.

—No es una mujer cualquiera. Ha construido un imperio aquí, en Mere’s End, un imperio respetado al que acuden algunos de los funcionarios de más alto rango de Inglaterra y Escocia. Hombres como Leif, el capitán de The Einar.

—¿El nórdico?

Él bebió un largo trago de cerveza mientras decidía cuánto contarle. —Un jarl nórdico que gobernó las islas Orcadas hasta que las circunstancias lo trajeron al sur. Leif Einarsson llegó a Mere’s End hace seis años.

—Una mujer. Que construyó un imperio.

La observó beber, evidentemente dándole vueltas a lo que Ashton había dicho.

Margot era una mujer que desafiaba las expectativas.

Sin duda, la idea de una mujer con tanto poder le resultaba ajena a una dama a quien habían mantenido al margen del mundo y hecho creer que semejantes cosas eran imposibles.

Quizá fuera lo único útil que podía ofrecerle antes de que sus caminos se separaran.

—Aquí las mujeres toman sus propias decisiones —dijo—. Margot le dirá lo mismo.

—Habla de ella como si tuviera la última palabra. Como si mi destino estuviera en sus manos.

Tenía que sacarle esa idea de la cabeza cuanto antes.

—Su destino está en sus manos, Cassia. Margot le dirá lo mismo.

Como ya le dije, no tenemos ningún deseo de retenerla contra su voluntad más tiempo del necesario.

Y espero que, a estas alturas, crea que no permitiré que nadie le haga daño.

Tampoco tengo intención de hacérselo yo mismo. —La miró—. ¿Me cree?

No le creía. Su mirada lo decía todo.

Tampoco podía reprochárselo.

—Dígame cómo llegó a ser la esposa de un hombre como Roland Heron.

Una batalla se libraba en el rostro de Lady Cassia. Por un lado, era una cautiva. No tenía poder alguno: ni frente a su padre, ni frente a su marido, ni allí. Por el mero hecho de haber nacido en determinada familia, no era más que un peón para los hombres de su vida.

Por otro lado, él había vislumbrado fuego en sus ojos. Seguramente ella tenía pocas ganas de volver con un marido que no tenía idea del tesoro que había recibido. Del regalo que era tener por esposa a una mujer como Lady Cassia.

—Pidió mi mano y mi padre aceptó. Ahí empieza y termina mi historia.

Él lo dudaba mucho, pero no insistiría.

Se le ocurrió una pregunta que Margot probablemente haría.

—¿Y su madre? ¿Qué opinó de ese matrimonio?

Se reprochó la pregunta de inmediato. La respuesta estaba escrita en el rostro de ella.

—La perdió. ¿Era usted pequeña?

—Tenía ocho años —dijo— cuando murió.

Quiso decir algo, pero no encontró las palabras.

Ashton también había tenido ocho años. Y tampoco entonces había tenido a nadie que supiera decirle lo que necesitaba oír.