10 Cassia
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Cassia
No sabía adónde mirar primero.
No se parecía a ninguna ciudad que Cassia hubiera visto. Ni siquiera Londres, adonde una vez había acompañado a su padre y donde le habían advertido que no llamara la atención —un lugar que, en efecto, la había aterrorizado—, podía compararse con aquel sitio.
Mere's End.
Aunque nunca había oído hablar de ella, Cassia conocía bien la vida en las tierras fronterizas.
Aquella franja de tierra, que no era ni inglesa ni escocesa, pertenecía a quien la dominara en un momento dado; es decir, nadie la conservaba por mucho tiempo.
Era un lugar al que los hombres huían y del que rara vez escapaban, donde dos coronas miraban hacia otro lado de común acuerdo y la ley era lo que decidiera el hombre más fuerte de la sala.
Y luego estaba el nuevo cargo de su esposo.
Mientras pasaban frente a un edificio tras otro, cada uno más deteriorado que el anterior, Cassia procuraba pensar en cualquier cosa menos en las ominosas palabras de su captor acerca de alguien que quería conocerla.
¿Cómo había terminado en semejante aprieto?
Recordó el entusiasmo de Roland por su nombramiento.
Esa había sido la única razón por la que se había casado con ella: eso y su dote.
El nuevo título le granjearía el respeto del que antes carecía.
Como tercer hijo, había tenido pocas perspectivas, pero ser nombrado alcaide adjunto de la Marca Oriental significaba que su nombre ya no caería en el olvido.
—Ahora soy alcaide adjunto —había dicho, con el pecho henchido de un orgullo tan desmedido que no dejaba lugar para nada más.
Aquella noche la había poseído con más rudeza que nunca.
—Sigue mirándola así y este será tu último día.
La dureza en la voz de su captor, Ashton, devolvió a Cassia al presente.
Se volvió para ver a quién se había dirigido, pero todos los pescadores le parecían iguales.
Las calles estaban llenas de marineros, muy pocas mujeres y hombres de aspecto tan rudo que hasta la tripulación de The Einar parecía gente de buena cuna a su lado.
—Leif dijo que vendrá cuando termine de asegurar The Einar —dijo Ryker mientras seguían por un callejón estrecho. A Cassia le costaba seguirles el paso sobre los adoquines irregulares.
—Tendremos que reunirnos para hablar de posibles represalias —dijo Ashton. Pero Cassia notaba que estaba distraído, al parecer por ella.
Ryker y Ashton siguieron hablando, aunque era Ryker quien llevaba la conversación. Ashton parecía responder solo cuando era absolutamente necesario.
Ella se concentró en su expresión para evitar mirar a su alrededor.
Su rostro podría haber estado tallado en piedra. Permanecía perfectamente inmóvil, como si el mundo que lo rodeaba no fuera más que una distracción que había dejado de interesarle hacía mucho tiempo.
Desde que él había dicho aquellas palabras, la pregunta pugnaba por salirle de los labios. Y aunque desde pequeña le habían enseñado que el silencio era su defensa contra el mundo, no pudo evitar hacerla.
—¿A quién voy a conocer?
Ninguno de los dos habló. Los hombres intercambiaron una mirada.
—Adelántate. Cuéntale lo que pasó aquí hoy. Nosotros iremos enseguida —le dijo Ashton a Ryker.
Sin más comentarios, Ryker se dio la vuelta y desapareció callejón abajo.
Ashton suspiró, como si Cassia y su pregunta fueran una carga. A ella le habría gustado recordarle que podría haberse ahorrado esa carga si no la hubiera tomado cautiva.
En cambio, se mordió la lengua.
Él se detuvo tan bruscamente que el hombre que venía detrás chocó contra él.
Aquel hombre estaba curtido por el mar que acababan de surcar; tenía la piel tostada por el sol y surcada de arrugas.
Aunque probablemente no había visto más de treinta veranos, quizá tantos como Ashton, aparentaba ser mucho mayor.
Se volvió hacia Ashton, al parecer dispuesto a decir algo sobre el choque, pero alzó la cabeza y miró al acompañante de Cassia.
Murmuró unas disculpas y retrocedió antes de alejarse de ellos casi a la carrera.
¡Qué extraño!
Tras doblar una esquina tras otra en Mere's End, llegaron por fin a un edificio con un letrero de madera sobre la puerta. En él, una nutria sostenía una jarra, y debajo estaba tallada la palabra Cuthbert's.
—Cuando entremos, primero la llevaré a la parte de atrás. —No la miró—. El resto del tiempo, quédese a mi lado.
—Porque soy su cautiva —dijo ella.
Ya había sido demasiado atrevida. Hubiera preferido no decirlo.
—Por su seguridad —añadió él en voz baja.
La condujo por un pasaje estrecho al costado del edificio, poco más que un hueco entre dos muros, hasta un pequeño patio trasero.
Allí había una estructura de madera, una especie de letrina, tosca pero privada.
Él esperó afuera sin que ella se lo pidiera, dándole la espalda mientras vigilaba el callejón.
La esperaba cuando salió, y entraron juntos en el edificio.
La taberna tenía el techo bajo y estaba en penumbras; olía a humo de leña y a sebo.
Ardía un fuego al fondo, y los juncos crujían bajo sus pies.
La sala estaba llena de voces masculinas, menos estrepitosas de lo que ella esperaba: conversaciones que rozaban la discusión sin llegar a convertirse en una.
Desde una mesa junto a la ventana del frente se veía Mere's End. La ocupaban dos hombres que bebían cerveza, pero, cuando ellos se acercaron, ambos se levantaron sin decir palabra y se alejaron tan deprisa como el desconocido del callejón.
Ashton le indicó que se sentara primero.
Un gesto propio de un caballero. Y, sin embargo, aquel hombre no era ningún caballero.
Antes de que pudiera comentar el extraño comportamiento de Mere's End y sus habitantes, apareció una sirvienta con pan, un cuenco de algo caliente y un vaso de cerveza que dejó frente a Cassia sin preguntarle.
—Coma —dijo Ashton—. Después le diré a quién está a punto de conocer.