Despiadado, salvo con ella (Las velas negras de la frontera 1) 8 Cassia
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8 Cassia

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Cassia

Esperaría la primera oportunidad para escapar.

Cassia había vivido protegida toda su vida.

Se había criado en la pequeña aldea de Grantchester, con alguna que otra salida al mercado, pero, por lo demás, recluida en la casa señorial.

En los libros, sin embargo, había recorrido el mundo tres veces.

Sabía cosas que sus circunstancias jamás le habrían permitido aprender de otro modo.

Y tenía algo muy claro: un prisionero que actuaba demasiado pronto era un prisionero que fracasaba.

La puerta se abrió.

Él estaba frente a ella, y Cassia no sabía qué pensar de aquel hombre. ¿Era un asesino despiadado, como sugerían las historias sobre él y su tripulación? ¿O era un hombre cuya promesa de no hacerle daño se había cumplido hasta entonces?

—El mar está en calma, por si prefiere subir a cubierta.

Lo prefería. Antes de que interceptaran su barco, Cassia había disfrutado del aire salado y del balanceo constante y apacible del mar bajo sus pies. Casi podía olvidar que aquel viaje la llevaba de regreso con su esposo.

Pero no se atrevía a moverse. Fuera del camarote había hombres de aspecto aún más feroz, a quienes no tenía ningún deseo de recordarles que estaba allí. Prefería arriesgarse con este.

—Prefiero quedarme aquí —mintió.

Ashton cerró la puerta y ocupó el mismo asiento de antes. Se movía como los hombres que han pasado años a bordo de un barco: con soltura y sin prisa, sin ocupar más espacio del necesario.

—No sabíamos que usted ni su doncella iban a bordo —dijo—. El traslado de su escolta fue algo incidental.

Se expresaba bien para ser marinero.

—El traslado de mi escolta. Una forma elegante de describir mi secuestro, señor.

Se negó a ceder al miedo que bullía en su interior y mantuvo el mentón en alto.

—Usted es una huésped temporal. Si así lo desea, cuando lleguemos a puerto mandaremos llamar a su esposo. La devolveremos sana y salva con él.

—Preferiría... —Se detuvo. Nada en ella deseaba reunirse con Roland.

—Hablé con su doncella.

Cassia se quedó inmóvil.

—Sé que su esposo no la ha tratado con delicadeza.

¿Había hablado con Nell? ¿Cómo era posible? Había supuesto que ya habían acompañado a Nell de vuelta a casa, que estaba a salvo y lejos de allí, que Cassia estaba completamente sola en todo aquello.

Él se expresaba bien y era perspicaz: había percibido que no todo marchaba bien en su matrimonio. No era lo que habría esperado de un miembro de la tripulación de las Velas Negras.

—¿No corrió peligro al volver a ese barco para hablar con ella?

Él no dijo nada.

Cassia nunca se había sentido cómoda con el silencio. Era un defecto que su padre le había señalado más de una vez, y ahora sentía con fuerza el impulso de llenar aquel silencio con algo, con cualquier cosa, con tal de no tener que permanecer en él.

Sin hacer caso de lo que él había dicho antes, preguntó: —Si piensa devolverme a mi esposo, ¿por qué me ha tomado prisionera?

—Usted no es mi prisionera, lady Cassia —respondió él. Hizo una pausa—. Es una garantía hasta que sepamos qué significa el nuevo cargo de su esposo para nuestros hombres. Nada más.

Prefería eso a una mentira.

—Una garantía —repitió—. ¿Contra qué?

—Eso todavía no lo tengo claro.

Al menos no fingía lo contrario.

—¿Y cuando lo tenga claro?

Él apretó la mandíbula, apenas un poco. Era la primera grieta que ella advertía en su actitud despreocupada.

—Entonces sabremos qué hacer con usted.

Llamaron a la puerta con golpes secos y apremiantes. Ashton se levantó y llevó la mano al cinturón antes incluso de erguirse por completo.

—¿Qué ocurre?

La voz al otro lado sonó baja y tajante. —El capitán te necesita. Ahora. Hay jinetes en el promontorio. Llevan los colores del guardián.

Ashton volvió la mirada hacia ella una vez, con una expresión indescifrable, y luego se marchó, dejando la puerta abierta y oscilando a sus espaldas.

Estaba sola. La puerta estaba abierta.

Cassia no se movió.