5 Ashton
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Ashton
Apesar de los invitados inesperados, el abordaje y el posterior cobro del impuesto marítimo se desarrollaron según lo previsto. Aunque Leif permaneció en The Einar, el resto de la operación se ejecutó a la perfección.
Ahora que uno de los invitados inesperados estaba encerrado a buen recaudo en la bodega del capitán, Ashton bajó la vista hacia la otra, que yacía inerte entre sus brazos.
Pesaba poco, pese a las capas de ropa que la señalaban como una dama, una noble o ambas cosas. Y parecía respirar con normalidad. Reacio a dejarla sobre la mugrienta cubierta, le pasó el otro brazo por debajo de las rodillas y la alzó por completo.
Ella no se movió.
No había esperado que echara a correr.
Eso era lo que seguía rondándole la cabeza, incluso ahora, mientras ella colgaba inerte de sus brazos y su cabello suelto le rozaba la manga.
No había corrido hacia la pasarela de abordaje ni hacia el mar abierto.
Había corrido hacia la criada... una mujer que le doblaba la edad, le llegaba apenas a la mitad de la altura y le gritaba en inglés a un hombre que la superaba con creces en peso.
Bajó la vista hacia ella.
Se había mantenido dueña de sí con notable entereza para ser una mujer que acababa de vomitar por la borda de un mercante delante de hombres desconocidos. Ashton había visto a marineros curtidos reaccionar de formas que preferirían morir antes que admitir, y por mucho menos.
Ella, en cambio, había doblado el paño.
Lo había doblado. ¿Qué se hacía con una mujer que se enfrentaba a los hombres de The Einar y a la mirada fulminante de Ryker vomitando el desayuno por la borda para luego doblar el paño con tanto primor?
—Corrió hacia la criada.
Ryker se acercó a él. Ashton no hizo ningún comentario: ya se había dado cuenta.
Leal, incluso ante el peligro. Hermosa, aunque de un modo muy distinto al de cualquiera de las mujeres que había conocido en el establecimiento de Margot.
Las mujeres de allí a veces usaban kohl y tinturas para realzar su belleza.
Esta no necesitaba nada de eso. Tenía facciones delicadas, labios carnosos y pestañas más oscuras que su cabello castaño rojizo. Su belleza era más sutil.
—¿Qué haremos con ella?
Los párpados de la mujer temblaron, como si una parte de ella hubiera percibido la pregunta de Ryker.
Ashton también había estado pensando en eso.
—Usarla como moneda de cambio podría salirnos caro.
Ashton sabía que a Ryker le importarían poco las consecuencias. Un regalo, por así decirlo, había caído a sus pies, y sin duda se resistiría a devolverlo.
—Todo tiene un precio. Viene con nosotros —dijo Ryker.
Podría discutir, pero él mismo había llegado a la misma conclusión. En cuanto la mujer abrió los ojos, comenzó a forcejear para soltarse de sus brazos.
—Si sigue haciendo eso —dijo Ashton con calma—, me veré obligado a echármela al hombro.
Ella dejó de forcejear y miró de uno a otro.
Al parecer, no había oído su conversación. Ashton no dudaba de que, si la hubiera oído, aquella amenaza le habría importado bien poco.
—¿Cómo se llama?
Ella parpadeó y luego pareció meditar la pregunta.
Tenía los ojos grises, advirtió él, del color de la niebla marina, y brillaban por las lágrimas que aún no había derramado.
Por suerte, Sorren no estaba con ellos. Nunca había sabido resistirse a las lágrimas de una mujer. Probablemente habría ordenado que la bajaran de inmediato.
Y eso era algo que Ashton no podía hacer. Sabían menos del nuevo alcaide adjunto de la Marca Oriental, sir Roland, que del propio alcaide. Pero, puesto que se trataba de un cargo por nombramiento, Ashton solo podía suponer que los dos hombres se conocían bien.
En pocas palabras, era muy probable que el marido de la mujer fuera tan canalla como Silas de Grey.
No podían desperdiciar aquella oportunidad.
—¿Cómo se llama? —preguntó de nuevo.
Ryker se alejó y los dejó solos junto a la borda. Ashton aguardó una respuesta. La mujer lo miró con considerable recelo.
—Lady Cassia de Grantchester —soltó uno de los hombres del mercante a espaldas de Ashton.
No se dignó siquiera a reconocer que el marinero había hablado. Ashton ya había deducido quién era la mujer, y aquel hombre solo lo había confirmado.
—¿Por qué su marido no le consiguió un barco propio? Supongo que se dirige a Berwick para reunirse con él.
Algo cruzó fugazmente su expresión. ¿Fastidio? ¿Repugnancia? Ashton no estaba seguro. Tampoco sabía si iba dirigido a él o a Roland. Pero podía imaginarlo.
—Solo nos pagaron para llevarla a Berwick —dijo uno de los hombres de la escolta.
Asqueado por la deslealtad del hombre, Ashton se volvió por fin hacia él.
—¿No le pagaron lo suficiente para mantener la boca cerrada?
El hombre, con el rostro marcado por cicatrices y el valor por los suelos, no dijo nada más. Con suerte, seguiría callado.
Ashton volvió a mirar a lady Cassia.
Cassia.
Un nombre que le sentaba bien.
Y ahora era su cautiva. Ashton tenía pocas ganas de mantenerla prisionera, pero las circunstancias no le dejaban otra opción.
—La llevaré con su marido.
No era mentira. Con el tiempo, haría precisamente eso.
—Venga. Por aquí.
Como era de esperar, ella no obedeció.
—No podemos seguir hasta Berwick sin ella —se quejó otro marinero, también con las manos atadas a la espalda por obra de Ryker.
Ashton retrocedió lo suficiente para mantener a la vista a Cassia y a los tres marineros más cercanos a ella.
No dijo nada. El silencio del capitán le indicó que ya había aceptado la pérdida: un marino veterano que sabía cuándo cambiaba la marea en su contra no vociferaba; esperaba.
Aquel había dejado de vociferar hacía rato.
—Por aquí, milady. —Volvió a señalar la pasarela tendida entre los dos barcos—. Iré justo detrás de usted para velar por su seguridad.
En silencio, deseó que obedeciera. Los ojos de ella se desviaron hacia el camarote del capitán, donde Nell seguía encerrada.
—Se la devolveremos sana y salva —dijo, tanto para tranquilizar a la criada como a su señora—. Tiene mi palabra.
—No voy a abandonarla.
—Si estuviera en su lugar —dijo, sabiendo que ella apenas tenía otra opción—, me preocuparía por mi propio destino, no por el de mi criada.
Ante eso, ella reaccionó de golpe e intentó pasar corriendo a su lado.
Con un suspiro, Ashton la alzó, se la echó al hombro y avanzó hacia la pasarela. Varios de los hombres a sus espaldas gritaron en protesta, pero él los ignoró a todos.
La decisión estaba tomada. Podría decirles que ella estaría a salvo.
Él, Ryker y Leif se encargarían de ello.
Preferirían reducir a cenizas las capitales de Inglaterra y Escocia antes que hacerle daño a una criada inocente.
Pero aquel mensaje llegaría muy pronto al marido de lady Cassia.
Por ahora, dejaría que pensaran lo que quisieran.
Cuando ella siguió forcejeando, se limitó a decir: —A menos que quiera que los dos terminemos en las aguas heladas de ahí abajo, quédese quieta.
Ella obedeció.
Lo consideró una pequeña victoria, aunque sabía que la obediencia de aquella dama sería un placer pasajero.